Eres taxista. A las diez de la mañana llevas cuatro horas manejando y hace cinco que te levantaste. Hora del almuerzo rápido: una orden de tacos de canasta, un “chesco” y listo. En la sobremesa, conversas con los amigos sobre cualquier cosa: del partido de fútbol que jugaste el domingo y ganaste, del patrón que es ojete y nunca ha querido darte Seguro Social.

De nuevo a “camellar”, y a lidiar con las cosas de siempre: el chico fresa que conduce un carrazo deportivo y te mienta la madre porque no te puede rebasar, el bache viejo que sacude tu taxi, el policía de tránsito que te cacha hablando por el celular y te hace la señal de que te va a infraccionar. Quieres irte a casa pero aún no puedes. Dan las cuatro de la tarde, todavía no sacas lo de “la cuenta” del patrón, lo de la gasolina y tu parte, pero ya no te falta mucho. Vas haciendo cuentas cuando te aborda un chavo.

Lo ves rápidamente: está tuerto, tiene unos veinte años. Lo que no sabes es que se encuentra armado. Te pone la escuadra en la cabeza, ordena que le entregues el dinero, todo lo que traes, cuatrocientos cincuenta pesos que te quita enojado; te arrebata el celular y las llaves del taxi, arranca el radio y se lo lleva, no sin antes aventar a quién sabe dónde el llavero que te dio tu mujer. Huye. Nada puedes hacer más que empezar a caminar hasta conseguir prestado un celular para avisarle a tu patrón que nuevamente te asaltaron. Antes hablas al 911. La operadora te pregunta para dónde y en qué se fue el asaltante. Contestas encabronado: “No sé, creo que rumbo a Temixco en un taxi que pasó a recogerlo”.

Te resignas. Después de hablarle a tu patrón deberás ir a la Fiscalía a presentar la denuncia, y ya será de madrugada cuando por fin llegues a tu hogar, dulce hogar A la mañana siguiente, la rutina pero ahora en otro taxi mientras la Fiscalía le regresa a tu patrón el Tsuru que dejaste abandonado porque no tenías las llaves. Los ves: no fallan, apostados en la glorieta de la avenida Palmira arriba de la cuesta del Internado, también en Gobernadores, a pocos metros de la salida al Paso Exprés donde escondieron la estatua de Zapata para que no se vea, en otros puntos de la ciudad y en los andenes del mercado Adolfo López Mateos. Son los agentes de vialidad con sus patrullas relucientes y sus motocicletas rugientes.

Vigilan el tráfico, detectan vehículos sospechosos, hacen su chamba. Eso parece, pero no cuando ves que sólo paran a vehículos modestos de modelos atrasados, carros sedán y camionetas pick up o de pasajeros. Observas a los automovilistas documentos en mano, hablando con los patrulleros y motociclistas, alegando, manoteando, discutiendo, suplicando.

Piensas sonriendo: “eso pasa desde los tiempos en que amarraban a los perros con longaniza”. La tarde es salpicada por los ruidos de la ciudad: automovilistas tocando desaforados el claxon, bolitas de taxistas platicando en doble fila. Lo mismo de siempre. Anochece, ya juntaste para la cuenta y la gasolina, y de aquí a que te vayas a dormir lo que reúnas será para ti. Consideras que estás bien, tienes un par de deudas que pagarás poco a poco: el abono de la tele, los mil pesos que te prestó el compadre y quisiste pagarle pero no te los quiso recibir.

¿Regresarte a tu pueblo de Guerrero? No. Por algo te viniste, y los parientes que te quedan allá poco a poco están migrando. Piensas que rico no eres, pero tú y tu familia tienen lo necesario. Sonríes, te dices a ti mismo: “soy feliz”. En ese momento desiertas las calles y el corona virus sigue ahí… (Me leen después).

 

JOSÉ MANUEL PÉREZ DURÁN

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