El seudo licenciado Nicéforo Salgado ostenta el récord de hacer antesala. Y como él, muchos. Tantas horas pasó durante tantos años rogando por un empleo en el gobierno. Repartió currículums a diestra y siniestra en dependencias oficiales, los subió a la Internet y lambisconeó a uno que otro político que estaba en el poder. Así se le fueron los años, buscando sin encontrar, sobreviviendo con chambitas eventuales. Burócrata por vocación, nada que no fuera vivir fuera del presupuesto sabía hacer.
Nicéforo sufría de amargura. Repudiaba a los funcionarios “insensibles” a los que les pedía, pero no le daban chamba. Se quejaba con amigos y parientes:
–Son una bola de gandallas que se reparten los puestos en familia.
Desesperado, un día rompió en llanto, suplicando un empleo.
–Ayúdame a conseguir una chamba, aunque sea de asesor…
Sabiendo que no lo era, Nicéforo mentía asumiéndose como un profesionista capaz y honesto. Él, que había aprobado la carrera de panzazo, con calificaciones de seis; él, que en el poco tiempo que estuvo en gobierno se creó la reputación de corrupto, desde el cargo modesto jefe de departamento hasta director “de algo”; él, que quince años atrás se pavoneaba mirando por encima del hombro y exigía:
–¡Dígame “señor licenciado, no solamente señor”.
De aquella época de bonanza le quedaban dos cosas: un traje viejo y otro más antiguo. Nunca fue espléndido, y menos hoy que naufragaba en la inopia, convertido en el típico gorrón que desaparece de las sobremesas apenas llega el mesero trayendo la cuenta. Pretextaba: “no traigo efectivo, voy al cajero a sacar dinero”. Y los de la mesa no lo volvían a ver sino hasta la siguiente comida de las que quién sabe por qué artes se enteraba. Cualquiera que fuera el tema de la conversación, Nicéforo rogaba que le urgía volverse a enchufar en el presupuesto. Alardeaba: “yo nací para la política”, pero no admitía sus limitaciones evidentes. Ansiaba un “hueso”, y le aterraba la idea de continuar desenchufado de la ubre del presupuesto, sentía que, sin el poder que de hecho nunca tuvo más que en su imaginación, moriría de tristeza. Su obsesión era volver a tener un trabajo en la burocracia… hasta que al fin lo consiguió. No fue de lo que él creía, pero la chambita de ayudante del asistente del ayudante del subdirector le regresó el alma al cuerpo, colocado al fin en la nómina de un ayuntamiento alejado de la capital.
–¡Todo menos estar otra vez en la banca! –se apresuró a justificarse con su mujer, llamándola al celular en cuanto su amigo –al que había acosado durante tres semanas para que lo recomendara con el alcalde pueblerino–, le preguntó si aceptaría trabajar como gato del ayudante del gato.
Nicéforo volvió a sentirse “el señor licenciado”, con la primera quincena se compró un traje usado, jurando que durante de poco tiempo se compraría un coche ahora que ya tenía trabajo y el plan de recurrir a las transas. A sus amigos de la capital les presumía ser el asesor del “señor presidente”, y hasta cambió su modo de andar. Ya no arrastraba los pies, ahora caminaba como flotando entre nubes, erguido, fachoso. Nuevamente volvió a mirar por encima del hombro a los que consideraba “de abajo”. Un viernes reapareció en la comida finsemanera de las que se había ausentado aduciendo una “tremenda carga de trabajo”. Alardeó mintiendo:
–El señor presidente municipal me consulta todas las decisiones importantes. Le soy indispensable. Quiere que esté con él todo el día con él, asesorándolo en asuntos de todas clases.
Una vez entrado en copas se le soltó la lengua. Para el verdadero Nicéforo “el señor presidente” no era más que “un político de pueblo con mucha suerte y mucha ignorancia”.
Dijo en la sobremesa de güisquis y cubas:
–Es tan bruto, que con trabajos lo aguanto. No sabe nada de política ni administración. Es un pendejo con suerte…
Temprana la mañana del lunes siguiente Nicéforo se hallaba en la puerta de entrada del Palacio Municipal, listo para empezar la semana, esperando al chalán del asistente del subdirector jurídico del alcalde pueblerino. Cuando lo vio llegar con la agenda bajo el brazo y el celular en el estuche de la cintura, corrió a encontrarlo.
–¡Buenos días, jefecito! ¿Cómo pasó el fin de semana? Estoy seguro de que muy bien; se lo merece. A las personas inteligentes como usted siempre les va bien –saludó meloso…
–Te tengo dos noticias –le contestó–: una buena y otra mala. La buena es que hoy no regresarás a tu casa en camión, pues me acompañarás a llevar la camioneta del señor presidente municipal a un taller de Cuernavaca. La mala es que uno de los borrachos de la comida del viernes a quien tus amigos no te presentaron ¡es compadre del señor presidente! Estás despedido!
¿A cuántos Nicéforos conoce el lector?... (Me leen mañana).
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