Es el estado de México la entidad donde suceden más asaltos a pasajeros de combis, específicamente en los municipios de Ecatepec, Nicolás Romero, Tlalnepantla, Cuautitlán Izcalli y Naucalpan. Allá y en Morelos las redes sociales difunden videos que suelen viralizarse. En uno de tantos, un delincuente encañona a una niña para obligar al papá a que le entregue los objetos de valor. Otro video capta el momento en que un pasajero se atreve a confrontar a los asaltantes… y el saldo es de dos muertos. En uno más, hastiada la gente de la inseguridad en el transporte público, un ladrón sube a una combi con la evidente la intención de desvalijar a los pasajeros… y éstos aprovechan un momento en el que el malhechor se descuida para propinarle una golpiza brutal. Aplausos.
En Morelos, y con más en los municipios conurbados del valle de Cuernavaca, el hampa lleva años empoderado. Los asaltos están a la orden del día, sabido por ruteros y usuarios que los atracos menudean en el Puente del Pollo, El Polvorín, la avenida Morelos, la colonia Carolina, la Estación, avenida Plan de Ayala, la glorieta de La Luna, etc., etc. Los hechos de violencia contra transportistas parecen ir a la baja, pero esto no significa que los asaltos hayan dejado de ocurrir, además de que se ha vuelto costumbre que la mayoría de los casos no son denunciados en la Fiscalía, por lo engorroso del trámite.
Son incontables los pasajeros de rutas que han tenido la mala suerte de ser asaltados. Les roban teléfonos celulares, cientos, pues los robos son cotidianos a lo largo y lo ancho de Morelos, así que podría haber un mercado negro de estos aparatos en la Plaza de la Tecnología del centro de Cuernavaca, o en tianguis de objetos usados como los de Xococotla y Chamilpa. En una película de repetición sin fin, los despojan del efectivo que llevan, a los choferes les quitan el dinero de “la cuenta”, los maleantes descienden de las unidades y desaparecen. Por lo regular se trata de parejas que actúan a todas horas y en cualesquier lugares; son jóvenes, violentos y rápidos, se llevan botines de unos cuantos pesos y celulares, se reparten el producto del botín que dilapidan en drogas y a los dos o tres días atracan otra ruta. Hace años que viene sucediendo, raras veces son atrapados por la autoridad y, reincidentes, los facinerosos tardan más en entrar a la cárcel que en salir y volver a las andadas.
Los pasajeros se han vuelto precavidos. Antes de abordar un microbús o combi se encomiendan a Dios, los hombres ocultan sus teléfonos móviles en los calcetines, las mujeres los esconden en los corpiños, se dejan unas monedas en las carteras y en los bolsos. Saben que mucha gente ha sido víctima de los asaltos, en medio de la indefensión absoluta y la necesidad de que deben transportarse al trabajo, la casa, las escuelas… y protegerse como Dios les da a entender. Al ser este un fenómeno delincuencial producto del desempleo, la descomposición social y la corrupción de autoridades, afecta a cientos de miles de personas de bajos recursos. Esperando en vano la solución, el clamor es desesperado: ¡hasta cuándo!... (Me leen mañana).
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