En el lecho de las barrancas hay de todo, o casi: colchones despedazados, muebles desvencijados, cacharros de cocina, ratas, miles, más que perros y gatos en las calles de la superficie; pájaros canoros y silentes, búhos, tejones, tlacuaches, ardillas, culebras, sapos, en fin.

Otro mundo.

Lógico, además, que con el paso de los años la violencia ha arrojado uno que otro cadáver al fondo selvático, frescos o viejos, ocultos por la maleza, sumergidos, invisibles desde arriba.

Y basura, mucha, miles de toneladas, montañas de desechos acumulados por el tiempo y la desidia de sucesivos gobiernos.

Pero también y sobre todo, un paraíso que suele olvidársenos.

Regularmente en Cuernavaca llueve de noche y muy seguido a cubetazos.

Iluminado el horizonte por los relámpagos, parecería que el cielo se va a caer, que caen sapos del cielo mientras el agua baja a raudales en las calles empinadas de pronto convertidas en ríos caudalosos que descargan en otra bendición, las barrancas, así que rara vez tenemos inundaciones.

A la mañana siguiente vuelve a brillar el sol, los pájaros se sacuden el agua de las plumas, cantan felices y la gente se imagina que las plantas también están cantando, alegres, reanimadas por la humedad y los rayos solares.

Un paraíso que suele olvidársenos, pero que entraña riesgos.

Para los que no y para quienes sí lo saben, nuestro clima templado se debe –o más bien tristemente dicho se debía– a la orografía en que está asentada la ciudad.

Amanalco, Analco, la De los Caldos, Del Diablo, El Tecolote, Salto Chico y Salto Grande son cañadas o tramos de ramblas que hacen las veces de “productoras de humedad”.

El microclima de las oquedades que mayoritariamente cruzan a Cuernavaca de norte a sur, se da por la presencia de una flora abundante todo el año, por la permanencia de los cuerpos de agua –lastimosamente muy contaminados– y la renovación temporal de unos y otros con la época de lluvias.
 Programas de recuperación de las barrancas ha habido desde que tenemos uso de memoria, por ejemplo, construcción de plantas tratadoras de agua en los márgenes para bloquear las aguas negras de las viviendas, reubicación de casas de familias en paupérrimas condiciones y crear varios andadores o paseos barranqueños.
 La idea de los andadores es ambiciosa, nada nueva pero no descabellada.
 Sería trabajo de uno o dos trienios, pero, bien aprovechadas, las barrancas de Cuernavaca se convertirían en un atractivo turísticamente sustentable, y quizá con una intensa reforestación y limpieza del agua, retornaría el clima templado de la “eterna primavera”.

 Además, resulta urgente rescatar El Salto de San Antón y otros tramos.

 El olor a caca (perdón, pero a eso huele) ahuyenta a los visitantes despistados y a nativos descuidados que se atreven a darse una vuelta por el lugar.

 Tanto se ha hablado de las barrancas, que, si muy pocos creen en los dichos de la gente común, menos en los decires oficiales.

 Cuentos antiguos, como que van a ser limpiadas o en sus bordes construidas las plantas de tratamiento de aguas residuales que sean necesarias.

 ¿Cuánto cuestan tres, cuatro plantas depuradoras de agua? ¿Cuánto un drenaje cuyas aguas negras y de coliformes no vayan a dar a El Salto? Pero si históricamente poco les ha importado a los cuernavacenses, menos a los funcionarios fuereños.

 Como ha dicho el atrilero en otras entregas: hay más temas que el Covid… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com

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