Contados a partir de 1869, cuando nació el estado de Morelos, en 2024 será la primera ocasión en que esta entidad no tenga gobernador, sino gobernadora. Para entonces habrán pasado 135 años de gobiernos exclusivamente de hombres, el primero de ellos, Pedro Sáinz de Baranda, en abril de 1869 en que fue creado el estado de Morelos por el presidente Benito Juárez García. ¿A quién le tocará ser, históricamente, la primera gobernadora de Morelos, a Lucía Meza Guzmán o Margarita González Saravia? La senadora Lucía Meza fue la más fuerte aspirante del partido Morena a la candidatura de gobernadora, pero al ser eliminada mandó al diablo al partido guinda. Excluida del proceso interno de Morena so pretexto de tener vínculos con el fiscal general de Morelos, Uriel Carmona Gándara, “Luci” Meza reaccionó defeccionando de Morena, y sólo 24 horas después de que dio a conocer su carta de renuncia trascendió como la candidata a gobernadora del Frente Amplio conformado por el PRI, PAN y PRD. Un precandidato masculino podría surgir del partido Movimiento Ciudadano que preside Dante Alfonso Delgado Rannauro, y un par más de los partidos chiquitos, todos éstos sin posibilidades de triunfo. Viene a cuento la reflexión: Una de las leyes del poder dicta que éste nunca se entrega, ni se obtiene por las buenas o al azar. El poder se arrebata. No sólo en la cultura política de México, sino de todas las latitudes y tiempos, el poder político derivado del mando –ya sea obtenido a la fuerza o con el disfraz de la democracia– es, invariablemente, producto de una lucha encarnizada. Hagamos memoria: primero la mexicanísima “grilla”, luego los magnicidios (Colosio, Kennedy) y después los complots de estado (Cárdenas, López Obrador).
El poder es consustancial a la naturaleza humana, por lo que tiene de egoísmo, narcisismo y megalomanía. Los extremos de estos rasgos llevan a arrebatarlo de cualquier forma. En México se ha pasado del asesinato artero (Salinas) a la “ingeniería electoral” (Calderón) para hacerse del poder político...
La conclusión da pie a un breve recuento de lo que han sido los fraudes electorales, a partir, por ejemplo, del cuartelazo que en noviembre de 1876 colocó a Porfirio Díaz en la Presidencia de la República. Fallecido Benito Juárez, la ley de entonces mandaba que el presidente de la Suprema Corte de Justicia ocupara interinamente la Presidencia, cargo que tenía don Sebastián Lerdo de Tejada, para después convocar a elecciones constitucionales. Pero el ambicioso caudillo oaxaqueño no se esperó y ocupó el Palacio Nacional, obligando a Lerdo a huir a Veracruz. A las dos de la mañana del 21 de noviembre, el defenestrado presidente salió de la Ciudad de México, perseguido por los leales del futuro dictador; quien, para no dejar riesgos en el camino, envió a su personero asentado en el puerto jarocho el telegrama con la tristemente famosa frase de “¡mátenlos en caliente!”, deshaciéndose de los lerdistas y más enemigos políticos, y de paso, eliminando de por vida, mediante un exilio en Nueva York, a Lerdo de Tejada. Impuestos a pura horca y cuchillo sus incondicionales en los gobiernos estatales, Díaz se asumió como auténtico cacique al país. No se desconoce que el porfiriato trajo la estabilidad, pero también una runfla de ingleses, franceses, españoles y estadounidenses que se hicieron multimillonarios a costillas de los recursos naturales y la explotación de las poblaciones. La “estabilidad política”, impuesta por la corrupción, que añora el prianismo… (Me leen mañana).
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