En los mismos pasos que, detalles más detalles menos, andaba Don Porfirio cuando lo hicieron renunciar con el levantamiento armado de la Revolución Mexicana que culminó con la promulgación de la Constitución de 1917, la revuelta de 1910 fue un movimiento que trastocó el orden de cosas existentes para dar paso a un nuevo régimen.
Igual como se escucha hoy cada día con mayor insistencia, en aquellos días, para sustituir el autoritarismo porfiriano, fue necesario diseñar instituciones que le dieran sustento al régimen revolucionario.
Fue así que surgió la idea de un partido político revolucionario.
A principio de 1929 estaban vigentes las facciones revolucionarias, entre las que se encontraban carrancistas, villistas, obregonistas, zapatistas y otras más, rejegos sus cabecillas a entrar a la etapa de las instituciones políticas.
Finalmente, en marzo de 1929 el “jefe máximo”, Plutarco Elías Calles, impuso el Partido Nacional Revolucionario, el PNR.
Al PNR pertenecieron civiles y militares que habían luchado en la primera revolución social del siglo XX, a favor de los principios de no reelección, democracia y justicia social.
Nueve años más tarde, después de la ruptura entre el general Calles y el presidente Lázaro Cárdenas, hubo una purga en las directivas del partido (hoy les llaman reestructuraciones), para incluir a varias centrales obreras del país que habían estado fuera del partido; además, Cárdenas, para liquidar la sombra de Elías Calles, cambió el nombre por el de Partido de la Revolución Mexicana (PRM).
El PRM se transformó en un partido de masas, y se le tachó incluso de socialista por su lema de “por una democracia para los trabajadores”.
Reclamados por la clase media, se abrieron espacios políticos y, al concretar la alianza del pueblo trabajador con los grandes sindicatos, se agrupó a los campesinos, a las organizaciones populares y también la unión en un sólo organismo de federaciones y frentes de jóvenes revolucionarios.
En 1946, el PRM se convirtió en el PRI con dos objetivos básicos y pragmáticos, más que ideológicos, que se conservan vigente, según la moda economicista en boga en Estados Unidos: preservar la hegemonía gubernamental y la creación de un nuevo modelo económico abiertamente capitalista que debía industrializar a México.
Este sistema económico funcionó en el contexto del fin de la Segunda Guerra Mundial y los inicios de la Guerra Fría, además de que en la política internacional los gobiernos priistas optaron por una posición al lado de las “democracias”, es decir, de conformidad con los Estados Unidos pero sin perder la soberanía nacional, lo que sí sucedió a partir de los gobiernos tecnócratas de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo hasta el vergonzoso entreguismo de Vicente Fox y Felipe Calderón, los protagonistas de la ”docena trágica panista”.
Durante las primeras cuatro décadas de gobiernos emanados del PNR, PMR y PRI, el país logró altas tasas de crecimiento económico, en una época a la cual se le conoce como “El milagro mexicano”.
La estabilidad política y económica fue el origen de esta era a la que, por cierto, los mexicanos nacidos en los años setenta sólo conocemos de oídas.
De ahí en adelante, México padeció una crisis tras otra, y merced a una débil oposición el dominio del PRI fue absoluto en todo el país.
Hoy, noventa y un años después de que el 4 de marzo de 1929 fuera creado, el PRI agoniza; enfermo en fase terminal de corrupción, parece encaminar a prisión al ex presidente Enrique Peña Nieto que no por nada sufre la peor pesadilla… (Me leen después).
Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
