Si no como presidente de la Comisión de Seguridad y Protección Civil del Congreso Estatal, sí por ser el coordinador del Partido Encuentro Social –el partido del Gobernador– es que el diputado Marcos Zapotitla Becerro tendría la suficiente influencia política como para conseguir que mejore el penal de Atlacholohaya. Para eso tendría que lograr la destitución del coordinador estatal de Reinserción Social, Jorge Israel Ponce de León, “ante las fallas evidentes en el sistema penitenciario”. Lo pidió tras participar en “un recorrido de inspección” de representantes de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Morelos y funcionarios de la Comisión Estatal de Seguridad por el área médica del Centro de Readaptación Social de Atlacholoaya. En su declaración habría “respaldado” al titular de la Comisión Estatal de Seguridad, José Antonio Ortiz Guarneros, ya que de éste solicitó la renuncia, aunque advirtió que a un año de haber comparecido ante el Legislativo local no ha habido avances en el sistema penitenciario. ¿Por fin? Crítica la situación que de meses atrás priva en el mal llamado Cereso, la constante ha sido de riñas con saldos mortales. En marzo pasado murieron dos reos y un custodio, pero lo que inicialmente no dijo la autoridad es que dos presos lograron huir, según fue publicado veinticuatro horas después. Evidentes las incapacidades y presunto el móvil económico por los negocios intramuros que caracterizan a todo centro de reclusión, el Gobierno del Estado reaccionó haciendo traslados de presos a otras prisiones. Pero no despresurizó Atlacholohaya y, soterrada, la tensión se muestra latente. El comentario trae a cuento una historia que contrasta las condiciones del ayer y hoy. En el predio del Parque Ecológico San Miguel Acapantzingo por siete décadas estuvo la Penitenciaría de Atlacomulco. “La Peni”, le llamaban los cuernavacenses. El portón daba a la avenida Atlacomulco, alto como el muro perimetral que albergaba tanto a culpables como a inocentes, compartidos los propósitos de redención y las ansias de libertad que algunos anticiparon, huyendo. Guerrerense de origen y dedicado por años al robo a establecimientos comerciales, Pedro Bello Jaramillo se evadió hasta en dos ocasiones; lo hizo en los setenta, mucho antes de que “El Chapo” Guzmán fuera famoso. Durante meses cavó pacientemente desde su celda. Apuntaló el “túnel” con tablas de unos treinta centímetros que obtenía subrepticiamente en la carpintería, esparcía puños de tierra que sacaba de los bolsillos del pantalón mientras daba largas caminatas en el patio. Incluso, ideó un “extractor de aire” usando las aspas de una licuadora con los polos invertidos. Terminado el túnel, aprovechó que una tarde llovía a cántaros para escurrirse reptando. Alcanzó la libertad saliendo por un boquete pegado a la barda del lado Este, al cual tuvo la precaución de tapar con una piedra para que no fuera visto por los vecinos que caminaban rumbo a las vecindades de la zona, entre otras, la de Los Charros. Fue hasta el pase de lista de la mañana del día siguiente cuando los custodios se dieron cuenta de que Pedro ya no estaba. Pasados unos meses, la portada del periódico “La Prensa” dio cuenta del asesinato de un ex comandante de la Policía Judicial de Morelos apellidado Quezada. Pedro se vengó de una antigua afrenta, lo “cazó” cuando llegaba a su casa en el estado de México, lo dejó irreconocible, le roció el rostro con una ráfaga de metralleta. Mas como quien mal anda, mal acaba, cierto día Pedro terminó muerto en una ciudad del Bajío. Lo aniquiló casualmente un modesto policía de crucero al que se le hizo sospechoso, le ganó el saque de la funda cuando paseaba en una calle cualquiera y le disparó antes de que el delincuente irredento alcanzara a reaccionar... Hoy, comparada con la cárcel de Atlacholohaya, la “peni” que fue cerrada dos décadas atrás resultaría un jardín de niños. (Me leen después).

Por José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com

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