Del asesinato de Ernesto Guevara se cumplieron 55 años el domingo pasado. Debieron pasar más de cuatro décadas para que los reporteros Ildefonso Olmedo y Juan José Toro, del periódico “El Mundo”, entrevistaran a Mario Terán Salazar, el sargento del Ejército de Bolivia que mató al Che en la escuela de la comunidad serrana La Higuera. Escribieron que, después de haber estado 47 años en las sombras, Terán se hallaba frente a ellos. Con las piernas hechas pedazos por heridas de bala, el guerrillero tirado en el piso le dijo a Terán: “Póngase sereno, usted va a matar a un hombre”. Narró Terán: “Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Yo no me atrevía a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande. Sentía que se me echaba encima y cuando me miró fijamente me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido podía quitarme el arma. Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che cayó al suelo con las piernas destrozadas, se contorsionó y comenzó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en un hombro y en el corazón”.
Capturado el Che por el ejército de Bolivia y ejecutado por una orden de la CIA el 9 de octubre de 1967 en el aula de la escuela La Higuera, fue enterrado de manera clandestina en el aeropuerto de Vallegrande, debiendo transcurrir casi tres décadas para que sus restos fueran encontrados y llevados a la ciudad de Santa Clara, Cuba. ¿Por qué ahí? Porque en Santa Clara, el último bastión del dictador Fulgencio Batista, al frente de un grupo de guerrilleros de no más de trescientos hombres, el 28 de diciembre de 1958 Ernesto Guevara derrotó al ejército del gobierno cubano. Aún cuando era superado en número de tropas triunfó, se hizo con un tren de pertrechos militares y apenas lo supo Batista huyó como rata hacia la República Dominicana, la noche del 1 de enero...
“Casa natal del Che Guevara”, señala un letrero en la intersección de las calles Entre Ríos y Urquiza del centro histórico de la ciudad de Rosario, Argentina. Paso por ahí en automóvil un mediodía de enero de 2017, volteó a mi derecha y alcanzo a ver el edificio de estilo neo francés, coronado por lo que desde abajo identifico como una de esas pizarras que ya he observado en el barrio Recoleta de Buenos Aires. A mí y mi mujer Stella, el verano argentino debería estar matándonos de calor que gracias a Dios refresca un chipi-chipi. Sin embargo, pocas horas pasarán para que la radio y la televisión avisen que una sucesión de tormentas ha inundado un trecho grande de la autopista que el día anterior me llevó de la capital argentina a la ciudad natal del Che. El letrero de la fachada informa que en un departamento de ese edificio nació el niño Ernesto Guevara de la Serna, y la versión entre rosarinos detalla que su mamá Celia De la Serna lo parió en una clínica de la esa ciudad y vivió unas semanas en el dicho edificio. Embarazada de ocho meses, Celia y su marido Ernesto Guevara Lynch viajaban en barco por el río Paraná desde la provincia de Misiones hacia Buenos Aires, pero con lo que no contaban fue que la agarraron los dolores de parto y tuvieron que desembarcar en Rosario. El destino del Che era nacer en Rosario… (Me leen mañana).
Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]
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