Del asesinato de Ernesto Guevara se cumplieron 54 años el sábado pasado. Debieron pasar más de cuatro décadas para que los reporteros Ildefonso Olmedo y Juan José Toro, del periódico “El Mundo”, entrevistaran a Mario Terán Salazar, el sargento del Ejército de Bolivia que supuesta o realmente ejecutó al Che en la escuela de la comunidad serrana La Higuera. Escribieron que Terán se hallaba frente a ellos después de haber estado 47 años en las sombras, que, con las piernas hechas pedazos por heridas de bala, el guerrillero tirado en el piso le dijo a Terán: “Póngase sereno, usted va a matar a un hombre”. Narró: “Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Yo no me atrevía a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande. Sentía que se me echaba encima y cuando me miró fijamente me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido podía quitarme el arma. Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che cayó al suelo con las piernas destrozadas, se contorsionó y comenzó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en un hombro y en el corazón”… Señala un letrero en la intersección de las calles Entre Ríos y Urquiza del centro histórico de la ciudad de Rosario, Argentina: “Casa natal del Che Guevara”. Paso por ahí en automóvil un mediodía de enero de 2017, volteó a mi derecha y alcanzo a ver el edificio de estilo neo francés, coronado por la que desde abajo identifico como una de esas pizarras que ya he observado en el barrio Recoleta de Buenos Aires. A mí y a mujer Stella el verano argentino debería estar matándonos de calor que gracias a Dios aligera un chipi-chipi. Pero pocas horas pasarán para que la radio y la televisión avisen que una sucesión de tormentas ha inundado un trecho grande de la autopista que el día anterior me llevó de la capital argentina a la ciudad natal del Che. El letrero de la fachada informa que en un departamento de ese edificio nació el niño Ernesto Guevara de la Serna, y la versión entre rosarinos detalla que su mamá Celia De la Serna lo parió en una clínica de la esa ciudad y vivió unas semanas en el dicho edificio. Embarazada de ocho meses, Celia y su marido Ernesto Guevara Lynch viajaban en barco por el río Paraná desde la provincia de Misiones hacia Buenos Aires, pero con lo que no contaban fue que la agarraron los dolores de parto y tuvieron que desembarcar en Rosario. Diez minutos bastan para que Marcelo Turcato, primo de Stella, nos ponga en su Renault frente al Monumento Nacional a la Bandera, a orillas del Paraná, en donde el general Manuel Belgrano enarboló por primera vez la bandera albiazul. Librada por los hombres de éste en el llano cercano una batalla crucial de la guerra por la independencia de la Argentina, la asociación de ideas me lleva a pensar en el sitio de Cuautla que por la misma época pero a ocho mil kilómetro de distancia rompieron las huestes del generalísimo José María Morelos, en mayo de 1812. Capturado el Che por el ejército de Bolivia y ejecutado por una orden de la CIA el 9 de octubre de 1967 en el aula de la escuela La Higuera, fue enterrado de manera clandestina en el aeropuerto de Vallegrande, debiendo transcurrir casi tres décadas para que sus restos fueran encontrados y llevados a la ciudad de Santa Clara, Cuba. ¿Por qué ahí? Porque fue en Santa Clara, el último bastión del dictador Fulgencio Batista, donde al frente de un grupo de guerrilleros de no más de trescientos hombres el 28 de diciembre de 1958 Ernesto Guevara derrotó al ejército del gobierno cubano. Aun cuando era superado en número de tropas triunfó, se hizo con el tren de pertrechos militares y apenas lo supo Batista huyó como rata hacia la República Dominicana, la noche del 1 de enero. Otra excursión a la Argentina, en enero de 2014 me había llevado a conocer la casa-museo donde de niño vivió El Che, en la pequeña ciudad de Alta Gracia, provincia de Córdoba. (Me leen después).
Por: José Manuel Pérez Durán jmperezduran@hotmail.com
