En Xoxocotla no saben a ciencia cierta cuántos de sus paisanos han muerto por el cólera virus; los datos son confusos. El presidente del Concejo Municipal, Leonel Zeferino, señala que la Secretaría de Salud reconoce siete fallecimientos por Covid-19 pero que el propio Consejo ha expedido 49 actas de defunción.

La misma información refiere un recorrido realizado el martes en el cementerio (lo cita como el nuevo panteón) “donde se han enterrado a 80 personas”. ¿A cuántos xoxocotlenses ha matado el cólera virus? Aparente o realmente no hay actas de defunción que precisen las causas de los decesos, y el nuevo panteón no es administrado por el Consejo Municipal, sino por el Señorío de Xoxocotla, una figura de autoridad emanada del sistema de usos y costumbres. Este es el quid, y para entenderlo habría que conocer a Xoxocotla y su gente. Dos perlitas: Delicado de salud fue reportado un automovilista al que por poco matan pobladores de Xoxocotla, el sábado 12 de octubre de 2019.

Quemado el coche que manejaba, luego nada se supo sobre cómo evolucionó, pero sí que en el momento de la barbarie casi lo matan a golpes, furiosa la multitud que se agolpó en la carretera Alpuyeca-Jojutla a la altura del balneario Apotla donde poco antes el automovilista había atropellado a dos lugareños que se desplazaban en una mototaxi, matando a uno y lesionando a otro.

Rescatado el cafre por elementos de la Policía Morelos que providencialmente se hallaban cerca del sitio del accidente, las redes sociales aseguraron que conducía ebrio y trabajaba en la Secretaría de Obras Públicas de Cuernavaca… El domingo 23 de enero de 1989, dos grupos se disputaban el puesto de ayudante municipal. El bloque mayoritario estaba en contra del candidato del a la sazón alcalde Ignacio Pichardo Carrillo. Los ánimos se caldearon, tuvo que entrar al pueblo la Policía Rural, hubo dos muertitos y el director de la corporación, Venustiano Vázquez Vázquez, fue cesado y puesto preso en la desaparecida Penitenciaría de Atlacomulco. La mañana del lunes siguiente, el gobernador Antonio Riva Palacio salió de Cuernavaca rumbo a Xoxocotla, sin escolta, acompañado únicamente por su ayudante “Chucho” al que ordenó dejara su arma en la Casa de Gobierno.

El calor hervía cuando Riva Palacio y Jesús entraron por la calle principal de la localidad indígena, rodeados a lo largo del trayecto hacia el pequeño zócalo por hombres y mujeres enojados, enardecidos, así que el diálogo se tornó áspero. Riva Palacio hizo acopio de paciencia y aguantó vara.

Fieles a su costumbre, los “xoxocotlos” le hablaron de “tú” al gobernador, y no le pidieron, le ordenaron que hiciera un recorrido por la población, caminando la pequeña multitud con el sol pegando a plomo. De regreso al zocalito, Riva Palacio pudo al fin consensuar un acuerdo: habría una nueva elección de ayudante municipal, y los deudos de los difuntos serían indemnizados.

Uno de los xoxocotlenses caídos bajo las balas de la Rural era un joven hijo de Armando Soriano, y éste, uno de los líderes tradicionales de la comunidad… Esta anécdota ilustra el peculiar modo de ser de los xoxocotlenses: cierto fuereño pasó por el tramo carretero donde años después pondrían “topes”. Atropelló un cerdo con su camioneta, bajó del vehículo y en un santiamén se vio rodeado por un grupo de lugareños con caras de pocos amigos. El dueño de la camioneta aceptó pagar el marrano, lo hizo y le ordenó a su empleado que lo subiera a la batea para llevárselo, puesto que ya era suyo. Pero en ese momento lo detuvo un paisano, aclarándole: “Pagates el cuerpo, no el alma”. Y el sujeto de la camioneta tuvo que retirarse sin el animalito… (Me leen después).

 

José Manuel Pérez Durán

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