Su aspecto la delata como una mujer en situación de calle. Las manecillas del reloj en el restaurante con mesas en la banqueta protegidas del sol por un tejaban de láminas de cartón marcan la una de la tarde. Poco tiempo pasará para que el calor que ya aprieta se torne insoportable. El hombre que la observa calcula que tiene unos cincuenta años, pero en realidad no pasa de cuarenta y es su aspecto lo que la avejenta. Diana viste andrajos, gris la falda que alguna vez fue banca, percudida por el tiempo y la mugre. Calza tenis de marca viejos y rotos, así que el sujeto con pinta de empleado bancario que está sentado a la mesa del café cercano deduce: seguramente se los regalaron”. Piensa: “si viste como vagabunda, es una pobre vagabunda”.

Pero se equivoca, y es el mesero quien lo saca de su error. Diana es vagabunda pero pobre no, le aclara mientras vierte la segunda cerveza en el tarro helado. En el barrio cuentan que tiene dinero y vive en casa propia, a la vuelta de la esquina. La conocen desde años atrás, no le hace mal a nadie, deambula por la placita bordeada por comercios de giros diferentes: la frutería, la carnicería, panadería, zapatería, papelería. Va y viene, sube y baja de día y de tarde, pero nunca después de las siete de la noche. Los dueños y los empleados de los comercios de la zona conocen su rutina. Les consta que detesta el tapabocas, que sólo lo usa a ratos, y que más tarda en ponérselo que en quitárselo. Resume el mesero del chaleco lustroso a fuerza de planchadas en casa: “Es la única lata que da”…

De uno de los hombres en situación de calle que sobrevive en el centro de la ciudad colonial dicen que cuando era joven fue un sujeto muy rico. Hijo único de un comerciante acaudalado, Julio heredó cuentas bancarias de seis ceros. La fortuna que el destino le puso en las manos parecía inagotable, pero la dilapidó en las mesas clandestinas de poker y en sus viajes a Las Vegas. Ahora está arruinado… y hace tiempo que parece habérsele zafado un tornillo. Julio también odia el tapabocas, no cree en el covid. “No existe”, repite una y otra vez. De hecho, hace meses que dejó de viajar en “ruta”. Se jacta: “el chofer quería que me lo pusiera, lo mandé a chingar a su madre y desde entonces vengo y voy caminando a la casa donde duermo”. Julio es un buen conversado. Ameno, poseedor de un nivel alto de cultura, usa las palabras correctas. Temas no le faltan, habla de sus viajes no sólo a Las Vegas, también a Europa, del ayer y del hoy, pero nunca de que el juego lo arrojó a la vida de la calle. La política no le interesa, asegura: “es la peor porquería”.

Para Julio lo personal es estrictamente privado. Porque sobre de él no habla nunca, su pasado es un misterio. Los que lo conocen –y conocerlo es un decir– ignoran si tuvo mujer e hijos; solamente saben que muchos años atrás llegó procedente de una ciudad del norte y se quedó a vivir en la casa abandonada donde hasta ahora vive. ¿Tiene luz? ¿Duerme en cama o en el suelo? De eso tampoco habla… ¿Les puede dar el cólera virus a las personas en situación de calle? “Hasta el momento en México no se tienen casos reportados de personas en situación de calle contagiadas por Covid-19, lo que ha llamado la atención de científicos y diversas organizaciones civiles. ¿La gente que vive en la calle no se contagia de COVID-19?, ¿son más resistentes a las bacterias y virus? Son sólo algunas de las interrogantes que inquietan a los investigadores ante la falta de registros por SARS-CoV-2 entre las personas que no habitan en un hogar”. Así se publicó hace un año, en el periódico “El Financiero”. Pero otra cosa son los números de estos días: aproximadamente 4,1 millones de muertes en el mundo y 237 mil en México. ¡Maldita enfermedad!… (Me leen después). 

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com 


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