Si la vida da muchas vueltas, la Historia no se queda atrás. El espinoso tema viene a este espacio por la conmemoración del 258 aniversario del nacimiento del generalísimo José María Morelos y Pavón, el sábado 30 de este mes. Pero no es la biografía y obra de Morelos de la que nos vamos a ocupar. En esta ocasión se trata de un personaje menor en la historia patria, más bien oscurecido por la sombra del padre y por sus inclinaciones conservadoras, malinchistas. Es en la grandeza de la obra social, jurídica y militar de José María Morelos donde radica el cuestionamiento de este último sábado de septiembre: ¿Qué razones llevaron al hijo del general Morelos, Juan Nepomuceno Almonte, a promover que México fuera gobernado por extranjeros? Si el padre peleó por romper con la dominación española, ¿por qué el hijo se convirtió en partidario de la sujeción a un país europeo? La biografía de Juan Nepomuceno se puede resumir así: de niño, insurgente y de adulto, imperialista.
Juan Nepomuceno Almonte nació en algún pueblo de Valladolid un 15 de mayo de 1803. Fue militar, político y diplomático mexicano, veterano de la Batalla de El Álamo y partidario del emperador Maximiliano I. Por ser hijo natural del sacerdote José María Morelos y Pavón y de Brígida Almonte, el padre no pudo, no quiso o no le convenía ponerle su apellido, por lo cual fue bautizado con el materno. El niño Nepomuceno acompañó a su padre en algunos combates durante la guerra de independencia, incluido el Sitio de Cuautla. Ante los constantes peligros de la guerra, en 1814, cuando tenía once años es enviado a Nueva Orleans, Lousiana, Estados Unidos, donde un año después recibe la noticia de la ejecución de su padre, el 22 de diciembre de 1815. En Nueva Orleans aprende inglés y trabaja como dependiente en un comercio. Regresó a México al consumarse la independencia en 1821.
Entre 1822 y 1824, los conocimientos del inglés permiten a Almonte formar parte del cuadro de ayudantes del líder Tres Palacios, en Texas, cuando todavía era territorio mexicano, y es enviado a Londres acompañando al embajador José Mariano Michelena. Las negociaciones con los británicos formalizan un acuerdo comercial y de amistad que conducen al primer tratado internacional de la historia mexicana. Por esos méritos, el hijo del general Morelos fue designado embajador de México en Estados Unidos, puesto en el que se desempeñó durante los años cincuenta.
Juan Nepomuceno Almonte fue uno de los oficiales que ayudó a Antonio López de Santa Anna durante la Guerra de Independencia de Texas. Participó en la Batalla de El Álamo, siendo uno de los oficiales que apelaron el perdón, sin éxito, de los 7 defensores capturados con vida, entre los cuáles se encontraba Davy Crockett. También estuvo en la batalla de San Jacinto y participó en la guerra mexicano-estadounidense.
Sin miedo a admitirlo, los mexicanos casi no tenemos memoria histórica. Tendemos a olvidar que la pérdida de Texas llevó a la guerra de saqueo de 1846-1848 de Estados Unidos contra México, intervención en la que ocurrió la historia-leyenda de los Niños Héroes y la batalla de Churubusco. Dicha ocupación terminó con la “compra” bajo amenaza de La Mesilla en 1853, es decir, a la pérdida de más de la mitad del territorio nacional.
Con sesenta años a cuestas, en 1863 Juan Nepomuceno fue parte de la comitiva de conservadores que ofrecieron a Maximiliano de Habsburgo la Corona Mexicana. En reconocimiento a su entusiasmo malinchista y conservador, Almonte ocupó la Regencia del Imperio entre el 13 de julio de 1863 y el 20 de mayo de 1864, y desde entonces hasta el 28 de mayo fungió como Lugarteniente del Imperio.
Seguramente por ser hijo de quien era, Benito Juárez no lo mandó fusilar, como hizo con otros proimperialistas afines a Maximiliano. Comparado con su padre, otra interpretación de la vida de Juan Nepomuceno es que en este caso se cumple al revés el dicho: “hijo de tigre… no necesariamente sale pintito”.
En 1867 Nepomuceno fue enviado a Europa en busca de apoyo para el derruido Imperio. Dos años más tarde moriría en París. Sus restos estarán en algún panteón parisino, con la misma maldición de los polvos de Porfirio Díaz: condenados a no regresar nunca a su tierra natal… (Me leen el lunes).
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