Para una gran mayoría de mexicanos, los 5 de febrero no son más que el pretexto para no ir al trabajo, lo que, dicho sea de paso, nos hace falta después de la cuesta de enero. De la Constitución Mexicana (o lo que queda de ella), el miércoles es su cumpleaños; es centenaria. Según la tradición de este espacio, de recurrir a las efemérides para refrescarnos la flaca memoria, es oportuno pasar revista a algunos aspectos actuales, y otros históricos, alrededor del documento que, junto con la Bandera Nacional y el Himno Nacional, nos identifican como la Nación Mexicana. Además, para que el día de asueto no se nos pase desapercibido en el sano esparcimiento.
Los “cachorros de la Revolución” – considerados a sí mismos “herederos” de la gesta heroica, así fueron llamados los presidentes de la República que gobernaron a México en la época postrevolucionaria en los años cuarenta– presumían que la Constitución Mexicana de 1917 era la más completa y la de mayor sentido social del mundo. Ellos inauguraron también la era de los presidentes civiles (abogados todos ellos) y prácticamente no tocaron la Constitución. De hecho, no veían necesidad de hacerlo: el Partido Revolucionario vuelto Instituciones lo era todo y lo podía todo. Desde Miguel Alemán Valdez (1946-1952) hasta Gustavo Días Ordaz (1964-1970), pasando por Adolfo Ruíz Cortínez (19521958) y Adolfo López Mateos (1958-1964), el discurso presidencial identificó a la Nación con el PRI a través de la Constitución como la “conquista de la justicia social del pueblo México”. Palabras, palabras menos. La vox populi diría entonces que en efecto nuestra Carta Magna es de las mejores a nivel mundial… pero también la menos respetada, por no decir manoseada y violada. Pero eso sí: en la Constitución, cada vez más parchada y remendada, por ningún lado se materializa la esencia y espíritu del Constituyente de 1917: la justicia social y la equitativa distribución de la riqueza nacional.
Dado a los excesos grandilocuentes e histriónicos, José López Portillo (1976-1982) se adjudicó el membrete de haber sido “el último Presidente surgido de las filas ideológicas de la Revolución Mexicana”. Tres décadas antes, Miguel Alemán Valdez inauguró la época del desarrollo con crecimiento e hizo hasta lo imposible por favorecer a inversionistas extranjeros.
En otra de las paradojas, muy frecuentes en la historia patria, el asueto lo festejamos por igual en Morelos, pero en la redacción del documento no participó un solo morelense, al menos no en forma oficial. Esto se debió a dos circunstancias: Morelos dejó de existir como estado, y se le suspendieron las garantías constitucionales desde los primeros años de la persecución federal contra los zapatistas. Al usurpar el poder, en febrero de 1912 Victoriano Huerta desapareció por decretó a Morelos y nombró jefe político a Juvencio Robles, apodado “La Antorcha de Oro” por su reconocida piromanía que lo llevó a incendiar pueblos en rumbos numerosos de la castigada entidad.
No podían participar facciones o individuos que fueran contrarios al constitucionalismo (o sea, don Venustiano), y en Morelos se cumplían esas dos condiciones: Emiliano Zapata y los zapatistas (y con ellos casi todos los habitantes de Morelos) eran enemigos acérrimos del carrancismo-constitu-cionalismo y, como diríamos ahora, “no fueron requeridos” ni mucho menos invitados a participar de la conformación de la nueva Carta Magna.
Pese a la ausencia legal y oficial de los zapatistas-morelenses, en las sesiones del Constituyente que iniciaron el 1 de diciembre de 1916 en el Teatro Iturbide de Querétaro, hubo personajes de otros estados identificados con el Plan de Ayala, como los radicales sindicalistas y agraristas Heriberto Jara, Francisco J. Mújica y Luis G. Monzón. Ellos y otros villistas empujaron los postulados del Plan de Ayala del zapatismo que finalmente formaron parte del artículo 27 constitucional... (Me leen mañana).
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