Inseguridad pública por la violencia creciente del crimen –narcotráfico, extorsión, secuestro– y la persistencia de la delincuencia común –robo a casas habitación, a comercios, etc.–… o cómo atacar estos que son los problemas más angustiantes de México y Morelos. Con balas, inevitablemente, encargadas de ello las fuerzas de seguridad en una lucha que dura ya trece años a partir de la estupidez de Felipe Calderón que le dio el garrotazo al avispero, y ahora la implementación lopezobradorista de programas sociales –pensiones a personas de la tercera edad, becas a estudiantes y a desempleados, etc.– más la acción vital de generar empleos.  Durante el primer trimestre de 2019, la tasa de desempleo en México alcanzó 1.9 millones de personas, es decir, 3.5% que representó un .2% más que en el mismo periodo del año anterior y 1% superior al  último trimestre de 2018, según cifras de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo. Esto de acuerdo a cifras del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, en tanto que en Morelos la Tasa de Desocupación registró en abril-junio seis décimas más que en el trimestre inmediato anterior. Números áridos y acaso “aburridos” pero infortunadamente ciertos y contundentes, como apremiante ha sido el reclamo social por soluciones. Afortunadamente hay modos de hacerlo, por ejemplo, las llamadas ferias de empleo que, si hubiera condiciones para ello, deberían ser permanentes y realizadas en todos los municipios. Presidido por Rafael Reyes Reyes, el Ayuntamiento de Jiutepec ofrecerá una segunda feria del empleo, mañana en el estacionamiento de un “super” ubicado en el boulevard Cuauhnáhuac. Ofertará 750 plazas de trabajo en cuarenta empresas con este propósito registradas, 520 más que en la primera feria laboral efectuada en marzo pasado y en el mismo municipio. Un tema que para el conocimiento de las nuevas generaciones y los funcionarios de origen fuereño da lugar a esta historia: Rumbo a Jiutepec, unida a la capital por la carretera de sólo dos carriles, la Ciudad Industrial del Valle de Cuernavaca (CIVAC) esperaba la instalación de más empresas. Cerrada en el sexenio carrilloleista, Química Mexama había estado como la pionera, y cerca de fines de los sesenta lista para comenzar a operar la planta de coches nipones cuya primera generación de trabajadores llamaban “la Dasun”. (Decían: ¿dónde trabajas? “¿En la Dasun?”, aludiendo los modelos “Datsun”). A punto de arrancar la ensambladora, los obreros eran capacitados en un apartamento del edificio Benedicto Ruiz, rentado ex profeso en setecientos pesos mensuales. Así que a poco empezó la producción, si mal no recuerdo con el modelo “Blue Bird”. De que la empresa Nissan Mexicana llegó a Morelos se están cumpliendo cuarenta y ocho. Un acontecimiento preñado de historia, ligado Morelos al país del sol naciente en el cumplimiento de 448 años de relación binacional. Testigo de situaciones y protagonista de hechos que dieron paso a la creación de CIVAC, el desaparecido cronista de Cuernavaca, Valentín López González –nos dejaría el 10 de septiembre de 2006– se sabía de memoria esta historia: Mucho antes de que en junio y luego en septiembre los presidentes municipales tomaban posesión del cargo los unos de enero, lo hizo Valentín el primer día del año de 1964. Don Emilio Rivapalacio, quien había sido el oficial mayor de la Presidencia de la República con Adolfo López Mateos, se preparaba para tomar posesión de la gubernatura, en mayo del mismo año. La recaudación de impuestos bajaba hasta desplomarse apenas empezaba la temporada de lluvias. Los agricultores destinaban el poco dinero que tenían a la compra de semillas para sembrar, y las zafras, que terminaban con las primeras lloviznas paralizaban la actividad de los ingenios de Zacatepec, Oacalco, Casasano y Cocoyotla. Así, el dinero no llegaba a las tesorerías del estado y los municipios, y era necesario crear un polo que generara una derrama económica, fábricas donde los obreros cobraran un salario cada semana y la instalación de empresas que requirieran insumos y pagaran impuestos. Licenciado en economía e ingeniero agrónomo, Rivapalacio concibió una solución al problema: fundar un parque industrial. A ello se abocó, trajo un equipo de economistas del Banco Nacional de México que más tarde manejaría un fideicomiso para la nueva zona fabril y a poco tiempo ya estaban aquí las inversiones de las primeras factorías, principalmente Nissan Mexicana para ensamblar autos. Desde entonces, nada siquiera parecido en materia de generación ha ocurrido hasta hoy. Y en el plazo breve tampoco sucederá… (Me leen mañana).

 

José Manuel Pérez Durán
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