Hubo un tiempo en que las noches de septiembre eran una delicia. Había seguridad. Era tradición caminar de madrugada a la feria de Tlaltenango. La caminata arrancaba por ahí de las dos de la madrugada. Personas de todas las condiciones sociales, sobre todo de los barrios tradicionales del centro –Zarco, Clavijero, Amatitlán, etc.– se dirigían a la iglesia subiendo por Morelos y Zapata. Combatían el frío tomando atole champurrado, humeante, calientito, acompañado de tamales verdes, rojos y de dulce. Antes de que amaneciera, le cantaban “Las Mañanitas” a la Virgen y enseguida se metían a misa.
Suspendidos los “gritos” del 15 de septiembre de 2020 y 2021, apagados por la pandemia del Covid-19, el grito de este septiembre no será un murmullo en la Plaza de Armas de Cuernavaca, que sin embargo seguirá esperando la fiesta grande de los años felices. Era cuando la explanada de frente al Palacio de Gobierno rebozaba miles de personas contentas, felices grandes y chicos, jóvenes y viejos, conviviendo en un ambiente de entusiasmo desatado y sano. Estridentes las cornetas de cartón, abundante el tricolor del confeti y pegajoso el polvo de los cascarones de la batalla colectiva, la plaza solía ser bañada por la lluvia que sin embargo no cancelaba el festejo. Ah, y además sin los tapabocas de los años del covid que enmascararon a la gente que, ironías de la vida, aprendió a sonreír con los ojos.
Prohibida años más tarde la venta de elotes en las noches del “grito”, un septiembre de hace décadas quedó para la anécdota, contada entonces por cuernavacenses mordaces. Hacinada la muchedumbre en la explanada que mira el Palacio de Gobierno, jóvenes “traviesos” del gentío de abajo lanzaron una lluvia de elotazos a los políticos de arriba que, acodados en los balcones y presumiendo en las manos copas de champaña burbujeante, se esforzaron por esquivar los proyectiles lanzados desde abajo. El ambiente de gritos y risas enmarcó la voz afeminada del alcalde que leía el acta de Independencia, cuando de entre la muchedumbre alguien gritó fuerte y claro: “¡habla como hombre, cabrón!”, y las carcajadas se oyeron hasta Las Palmas.
Décadas más tarde, hubo un alcalde por demás pintoresco, Rafael Vargas Zavala, padre del actual edil del mismo nombre pero de diferente partido, Rafael Vargas Muñoz, quien se volvió nacionalmente famoso luego de que el uno de octubre de 2003 se cruzó el pecho con la banda presidencial para lucirla en la ceremonia de su toma de posesión, y como el señor Presidente Municipal Constitucional de Huitzilac que era, ignorando o tal vez conociendo pero soslayando el protocolo, decidió que, si presidente era, ¿por qué no terciarse el pecho con una banda igual que el presidente de la República? Días después del “grito”, no faltó un malora del pueblo que le preguntó: “¿por qué te la pusiste?”. A lo que contestó, socarrón: “¡Y por qué chingaos no!”. Un año más tarde, en un café del centro de Cuernavaca le comentó al columnista que pocos días antes había rendido su primer informe y estuvo a punto de volver a ponerse a banda, pero desistió porque, dijo, “los panistas la hacen mucho de pedo”. (Panista era el gobernador Sergio Estrada Cajigal, preso hoy día en Quintana Roo y acusado del delito de violencia familiar, igual que cierto “político” seudo morenista que, imputado del miso delito no está en prisión). La banda, alardeó Vargas Zavala, la mandó hacer en la Ciudad de México, e incluidos el bordado del águila y los bordes dorados le costó tres mil quinientos pesos de entonces. Hoy, tal vez su hijo, el también alcalde, conserve la banda, pero es imposible que la noche del “grito” se la ponga. La lluvia de elotazos seria de antología… (Me leen mañana).
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