Las cañadas de la antigua Cuauhnáhuac son majestuosas a la manera de los volcanes que sobresalen en el horizonte. Su maravilla radica en una orografía hundida pero escondida por el inevitable y devastador crecimiento urbano. ¿Cuántas veces hemos transitado a pie o en automóvil y no percibimos su benéfica existencia, a la cual debemos el clima que hizo mundialmente famosa a la capital del estado de Morelos? Pasamos encima de ellas, las hemos llenado de desagües, las hemos utilizado como basureros, habitamos sus riberas desalojando flora y fauna, en fin, casi hemos acabado con semejante bendición. Desde las goteras del Chichinautzin hasta más allá de Temixco, el gran valle de Cuernavaca tiene alrededor de sesenta barrancas, convertida la capital en ciudad de eterna primavera por la regulación del clima gracias a sus cañadas. Una de las más importantes es la de Amanalco que en la conquista sirvió de defensa natural contra Hernán Cortés.
El ambicioso hispano logró atravesarla por el vado de lo que ahora es el Puente del Diablo, aunque el grueso de su tropa lo hizo a la altura del actual puente de Amanalco, derribando un gran árbol para utilizarlo como pasarela. La escena fue inmortalizada por Diego Rivera en el mural del hoy Museo Cuauhnáhuac. En la última década del siglo pasado, Amanalco fue parcialmente rescatada; se construyó el andador de trescientos metros acondicionado como paseo turístico. Cerrada al público hace varios años, la entrada era al lado de la vecindad La Coronela y la caminata se prolongaba hasta abajo del puente Porfirio Díaz, en donde se admira el denso follaje y la tranquilidad que se siente al bajar, ahogados los ruidos del trajín de la ciudad al punto que sólo se escuchan los cantos de las aves y el agua que corre entre las piedras. Debajo del puente –una maravilla de ingeniería de finales del siglo XIX– se advierte la magnitud del valor natural y ambiental de las barrancas.
En una descripción técnica, las cañadas capitalinas forman un gran cono de deyección que parte de la arista sur de la Sierra de Zempoala y se proyecta unos 20 kilómetros al sur, afuera de los límites del municipio de Cuernavaca y hasta Acatlipa, ya en Temixco. Las barrancas son también el paso de ríos permanentes y temporales, algunos cruzan la ciudad y se van uniendo poco a poco formando el río Apatlaco, el afluente del Amacuzac en la zona sur de la entidad. La presencia de las barrancas, junto a las corrientes de agua de los ríos y la vegetación, provoca el clima agradable para Cuernavaca y parte de Temixco, principalmente, en donde el gradiente térmico no muestra grandes oscilaciones durante el año.
La semana anterior se anunció la restauración del Paseo Barranqueño, por medio de un convenio entre el Gobierno del Estado y el Ayuntamiento de Cuernavaca y con recursos económicos del Fideicomiso Ejecutivo del Fondo de Competitividad y Promoción del Empleo. A Alfonso Sandoval Camuñas los cuernavacenses le debemos la construcción del Paseo Ribereño. Muerto por un paro cardíaco el 13 de enero de 1998, la semana pasada se anunció la rehabilitación del tramo de la barranca de entre la ex vecindad de Los Lavaderos y el Puente Porfirio Díaz. Lo que da motivo al columnista para resaltar una vez más el tema de las barrancas, estimadas por los cuernavacenses y desconocidas por los funcionarios fuereños.
En “idioma” cuernavacense se puede decir: gracias a “Poncho”, aunque algún regidor pretenda colgarse la medallita del rescate de nuestra barranca central. Por derecho de oriundez y residencia, y por ser la primera autoridad de Cuernavaca, es al alcalde Antonio Villalobos a quien corresponde proponer al cabildo ponerle el nombre de Alfonso Sandoval Camuñas al sendero barranqueño que construyó el inolvidable “Poncho”… (Me leen después).
Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
