Si mal no recuerdo, Álvaro Carrillo conducía un Falcon color crema el 3 de abril de 1969 cuando se accidentó en la autopista México-Cuernavaca, y falleció. Regresaba de Chilpancingo, de la toma de posesión del gobernador Raymundo Abarca Alarcón. El auto del compositor oriundo de San Juan Cacahuatepec, Distrito de Jamiltepec en la costa oaxaqueña, era un Falcon. Lo vi por breves momentos afuera de la oficina de la Policía Federal de Caminos, en El Polvorín. El recuerdo me asaltó el lunes, enterado de que ese día por primera vez se celebró en Morelos el Día Estatal de las Personas Afromexicanas, lo cual fue posible gracias a la lucha del movimiento afro de Morelos donde, de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), viven más de 38 mil afrodescendientes.
Más o menos cerca del pueblo natal de Álvaro Carrillo está Coajinipilapa, Gro., el pueblo al que el autor entrañable compuso chilenas como “El negro de la Costa” y el tiempo convertiría en un tremendo compositor de boleros, entre muchísimos otros, Amor mío, Sabor a mí, El lunar, El andariego, Luz de luna, Sabrá Dios, Seguiré mi viaje y La mentira, que se siguen escuchando en México y en otros países. De sus intérpretes clásicos destacan Pepe Jara, los tríos Los Panchos y Los Duendes, entre muchos otros.
Más o menos cerca de la tierra natal de Álvaro Carrillo está el pueblo de Cuajinipilapa, donde según el INEGI habitan unos 260 mil afromexicanos, siendo precisamente esta peculiaridad lo que inspiró la composición de la chilena “El negro de la Costa”. El periódico “El Faro de la Costa Chica”, editado en Marquelia, a cien kilómetros de Cuajinipilapa, y otras fuentes periodísticas del propio “Cuaji”, ofrecen una multiplicidad de elementos valiosos, como la existencia del Museo de las Culturas Afromestizas “Vicente Guerrero Saldaña”, de la Asociación de Profesionistas de Cuajinicuilapa (hoy Comité Pro-Museo Cuaji, A.C.), que impulsó la conformación de este recinto para documentar su pasado, sus batallas y sus raíces. Extraídos de publicaciones y pláticas del pueblo, los siguientes datos muestran el temperamento de la gente de Cuajinipilapa, pícaro, jocoso, deliciosamente cínico:
“Alberto Ghiglia, párroco y padre religioso de los católicos cuijleños, se puso cabrón y afrentó a los cofrades de San Nicolás Tolentino, cuando llevaron una de las imágenes del santo propiedad de su cofradía a misa de seis de la tarde. Antes de entregarlo a una familia para que lo hospedara y honrará durante el año, como es la tradición, regañó por segunda ocasión a la encargada de ese culto, aparentemente por no tomarlo en cuenta para aderezar el altar del santo. Flores, adornos, tendidos y manteles, entre otros, le causaron molestias, pues no fueron de su agrado. En ocasiones se exhiben alhajas que le ofrecen al Tolentino. Hace un par de años, cuando Ghiglia llegó a esta parroquia, al serle preguntada su opinión sobre estos actos, algunos de plano calificados como paganos del culto a San Nicolás los Vaqueros y el Toro de Petate, bailaron dentro de la iglesia al son de su música. No lo tomaron en cuenta para aderezar el altar del santo. Flores, adornos, tendidos y manteles, entre otros, le causaron molestias pues no fueron de su agrado. En ocasiones se exhiben alhajas que le ofrecen al Tolentino”…
La literalidad de la publicación, traviesa, jocosa, recuerda el contexto del “último lance del padre contra las paganerías de los criollos adoradores del Toro de Petate”, en el que “algunos feligreses devotos del Tolentino especulan que su conducta tronante obedece a su sospecha de que integrantes de esta cofradía lo denunciaron ante sus superiores por pecadillos no minúsculos, de esos de la carne y el cuerpo”…
Resumiendo, ¿cuándo un museo que honre a los afromexicanos en Morelos?...
MERECIDO el reconocimiento a mi amigo Jorge López Flores por su trayectoria en medios de comunicación...
(Me leen mañana).
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