Juan salió de la Penitenciaría de Atlacomulco, un lunes de diciembre a mediados de los ochenta. El vientecillo de la mañana invernal le pegó en el rostro, deshilachada la cachucha que le cubría la cabeza de calvicie prematura. Nadie fue a recibirlo, pues a nadie tenía en Cuernavaca. Por un instante pensó regresar, desandar sus pasos y pedir que lo encerraran nuevamente. Para el mediodía, adentro haría el calorcito saboreado por los internos que andaban en short, no uniformados con pantalón y camisola de tono gris como en otros penales de otras ciudades. Estuvo un largo rato parado en la banqueta, viendo a tipos trajeados y con portafolios entrar y salir de los juzgados ubicados en un costado del portón. Sonrió. Se acordó del chiste que decía que no hay crudo que no sea humilde ni pendejo sin portafolios. Pensaba qué hacer; confundido, no acertaba a dónde dirigirse. Admitió: tenía miedo a lo desconocido, había estado veinte años encerrado y nada le parecía igual. Había mucha gente, y coches pitando, tantos que lo aturdieron. “Eran más que antes. Sentí que si cruzaba la calle me atropellaban. Solamente salí una vez a la calle. Estaba malo y me llevaron al Hospital Civil en la avenida Morelos. El traslado fue en una camioneta cerrada, sin ventanas, así que lo único que vi fueron doctores y enfermeras, ni calles ni coches. Pero eso fue hace muchos años”. Pegada la espalda a las fachadas de casas y edificios, cruzando las calles corriendo fue como por fin pudo llegar al centro. Todo había cambiado, o eso le parecía: los edificios, los comercios, la gente. Hacía tiempo que los billetes habían mudado de color, diseños y valores; ahora eran de miles de pesos y la gente hablaba de millones. “Yo llevaba uno de veinte mil que un ‘compa’ me regaló cuando supo que iba a salir”. La calle de Atlacomulco, el puente de Amanalco, la cuesta de Salazar, el Palacio de Cortés, la Plaza de Armas y el Jardín Juárez lucían igual, pero a él no le significaban lo mismo. Los muchachos y las muchachas vestían de otro modo, y distinto también se le hacían sus maneras de hablar. El vendedor de helados ya no estaba donde le compraba cuando niño, abajo de un Laurel de la India. Notó dos restaurantes que nunca antes vio, y se emocionó con los coches de modelos fantásticos que sólo había visto en las revistas que entraban de contrabando a la “Peni”. Todo le era desconocido; dos décadas prisionero le habían cambiado la visión de la vida y de las cosas. Acusado del delito de homicidio, se bebió la sentencia completita. “Maté a aquel cabrón en defensa propia, pero el Ministerio Público cambió los hechos, los puso al revés y el juez me condenó a veinte años. El difunto era guardaespaldas de un diputado. Después pude haber salido por buena conducta, pero no tuve dinero para el abogado”. Para su buena suerte, la terminal de los autobuses Flecha Roja estaba donde mismo, pero Juan debió esperar a tener más de veinte mil pesos viejos, o sea, veinte de los de ahora. “Anduve ‘canasteando’ en el ALM. Ahí conseguía para comer y ahí mismo dormía, en el suelo, donde más, hasta que junté para el pasaje y me fui a mi pueblo”. Antes fue un domingo a despedirse de su amigo, el día de visitas en la vieja Penitenciaría. Le faltaba todavía cinco años para salir, así que le prometió volver a visitarlo pero no pudo cumplirle y nunca lo volvió a ver. Juan no tenía esposa, ni hijos ni parientes cercanos. “Caí preso muy joven, apenas tenía diecinueve y no estaba casado. Tuve una pareja en la peni, pero duró poco; salió libre y se olvidó de mí”. Veinte años después que regresó a Cuernavaca me contó esta historia. Casual el encuentro en un café del Zócalo, resumió: “Vine nomás ‘ora sí que de visita pero me fallo. Mis compas ya no están, murieron o ya tienen libertad, y la cárcel donde estuve ya no existe;  dicen que hicieron una nueva. Voy a comprar unas cosas que necesito y de volada me retacho al pueblo. Puse un negocito de papelería, me casé, tengo dos hijos y mi esposa me ayuda en el changarro. De ‘aquello’ ya me olvidé. Cometí un error. Maté en defensa propia, el juez no me creyó y la pagué muy caro”… Juan no se llamaba Juan, pero pongámosle así. Lo vi rehabilitado, tenía una familia. Me dijo a manera de despedida: “¿Sabes qué? Nada hay como la libertad. La libertad es el mejor regalo de navidad. A mí la vida me la dio en diciembre y eso no lo olvido”… Cercana la Navidad, era o es costumbre que por estos días los gobernadores liberaran a presos bien portados que como Juan no tienen para pagarse un abogado… ME LEEN MAÑANA.  

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]

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