Aquella noche, el joven estudiante dejó la casa de su novia para dirigirse a la suya. Caminó calle abajo para abordar su automóvil pero no llegó. Interceptado por tres sujetos armados, fue subido a un taxi, uno le ordenó que se acostara en el piso del asiento trasero y dos le cubrieron el rostro con una chamarra. Escuchó: “No hagas nada”. Sintió el brincoteo de los “topes”, los altos de los semáforos y luego el piso parejo de alguna carretera. Una hora después entraron a terreno accidentado. “Una brecha”, pensó. El conductor paró, lo bajaron y, antes de que le vendaran los ojos y sentir que le aprisionaban con una cadena el tobillo izquierdo, lo arrojaron sobre lo que debía ser un camastro. Lo “consolaron” diciéndole que si su familia cooperaba y pagaba el rescate podría regresar a su casa. Le fue imposible dormir: se lo impidieron el miedo y las voces de sus captores que provenían del cuarto vecino. Hablaban de la visita que al día siguiente les haría “el jefe”, y calculó que era el mediodía cuando le llevaron dos tortas. Hacía calor. Embozado con un pasamontañas, uno de sus dos “cuidanderos” le aconsejó: “Acostúmbrate a la venda. Así vas a estar”. Con el paso del tiempo le dio igual que fuera de día o de noche, y sólo el canto de un gallo que llegaba de lejos y el silencio de sus vigilantes, al parecer dormidos, la avisaban que pronto amanecería. Nunca vio “al jefe”. Lo escuchaba llegar cada dos o tres días para darles instrucciones a los criminales que lo custodiaban. Le repetían que no se preocupara, que se estaba negociando el rescate, pero que si su familia no pagaba la suma que quería “el jefe” lo tendrían que matar. No supo cuántos días habían pasado cuando el sujeto de la voz más joven con el que había alcanzado cierto grado de comunicación entró al cuartucho y le dio la mala noticia: “Tu familia no quiere pagar. Si mañana no viene ‘el jefe’ será la señal de que no han pagado… ¡y te daremos piso!”. Las horas que siguieron se le hicieron eternas. Nunca ansió y al mismo tiempo temió tanto escuchar el canto del gallo. Cuando por fin lo oyó empezó a temblar, y a pedir con todas sus fuerzas a Dios que apareciera “el jefe”. Le ardían los ojos tapados y le dolía el tobillo aprisionado, estaba sucio, no se había bañado, tenía puesta la misma ropa de la noche cuando lo “levantaron”. Confiaba que su familia pagaría, pero lo llenaba de pavor la idea de que la suma reclamada estuviera fuera del alcance de su padre, que los secuestradores no le creyeran y que él terminara muerto. Eso pensaba en el momento en que sintió que entraba uno de sus vigilantes. Le dijo: “¡Ya la hiciste, chavo! ‘El jefe’ no vino pero se comunicó. Te vas a ir a tu casa. Ponte esta ropa”. Enseguida le quitó la cadena para que pudiera sacarse el pantalón y cambiarse. Supo que era de noche cuando, después de haberlo subido al que por el ruido del motor reconoció era el mismo taxi en el que lo habían “levantado”, lo dejaron en el campo. Advertido de que estarían vigilándolo, le ordenaron que esperara diez minutos para quitarse la venda. Aterrado, obedeció, y sólo hasta calcular que había pasado media hora se la arrancó. Vio luces de coches a unos quinientos metros, caminó y llegó a una carretera donde un automovilista se compadeció a llevarlo a su casa. Entonces lo asaltó un tropel de sentimientos confusos. Se sentía vivo, pero no sabía no que su vida ya no sería como antes de aquella noche de pesadilla... Han pasado treinta años, ya tiene más de cincuenta pero hasta hoy tiembla cada vez que escucha a un gallo cantando. En esto pensaba cuando se enteró del secuestro de una familia en Santa Rosa Treinta. Las letras desfilaron ante sus ojos azorados: “Cinco personas armadas mantuvieron en cautiverio a dos adultos y a dos menores en su vivienda, donde asesinaron y enterraron al dueño, en el poblado de Santa Rosa Treinta, municipio de Tlaltizapán. Tenía 38 años el hombre que fue asesinado y enterrado de manera clandestina en el jardín de su casa, donde él y su familia estuvieron secuestrados por varias personas armadas durante una semana”. Leyendo que a dos menores y a dos mayores manos criminales los mantuvieron secuestrados en su casa y mataron a uno de los adultos, se acordó del canto del gallo y volvió temblar… (Me leen mañana).

José Manuel Pérez Durán
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