“Una vez cumplida la ceremonia en la escuela, llegó la hora de la comida. Dentro y fuera del Cuartel se acondicionaron cuanta silla se pudo conseguir, vigas y murillos con piedras de soporte en cada extremo completaron los asientos, tablones de corrales y mesas salidas también de aquella casa y de ésta otra, fueron insuficientes para dar cabida al mismo tiempo a los comensales. Las tandas de platos se sucedían unos tras otros. Las jovencitas de Tlaltizapán, Anenecuilco y Ayala que habían asistido con la esperanza del baile, primero tuvieron que acomedirse a servir, recoger platos y otras más, por instrucciones de doña Juana Albear, jefa de cocina del Cuartel General, a lavar con lejía y polvo de piedra pómez los cientos de platos de barro para seguir sacando los guisados.
“A los postres y con una copa de coñac, el General pidió a su secretario Antonio Soto y Gama dar, en su nombre, el agradecimiento a hombres y mujeres asistentes, y a quienes trabajaron en la organización del banquete y el baile. Contrario a lo esperado por los integrantes del Estado Mayor y otros asesores como Gildardo Magaña y Paulino Martínez, en esta ocasión el iracundo orador anarquista fue cauto y parco, pero sin perder su emocionada elocuencia. Casi nada de aquel Soto y Gama incendiario y anarquista quién, durante la Convención de Aguascalientes, un año atrás, exigió a los asistentes quemar la bandera nacional, lo que casi le cuesta ser ahí baleado por villistas y carrancistas:
–Señoras y señores: me pide el señor General sea yo su conducto para agradecer tanto agasajo, tanto trabajo realizado para llegar a este bonito festejo. El señor general Emiliano Zapata Salazar me pide resalte el asunto que para él, como jefe de la Revolución en Morelos, es muy importante. Más que el festejo por el cumpleaños del General, él considera que este agasajo es para todos ustedes, señoras y señores. Para cada señorita y joven, para cada niño y niña, para cada anciana y anciano que lleva dentro de sí, un morelense, un guerrero y guerrera de Tamoanchan y que con su sacrificio, con su lucha, hicieron posible llegar a estos felices días en que Morelos es de ustedes: de los zapatistas, de sus pobladores. Y a todos ustedes, es a quienes este domingo ocho de agosto, celebramos. ¡Que Dios los bendiga hijos a hijas de la Madre Tierra de Morelos! Es todo cuanto quiere decirles el señor General Zapata, quien sólo es su hermano, su hijo. Él los obedece porque ustedes zapatistas son los amos de su propia tierra que trabajan con sus manos…
Concluyó Antonio Díaz Soto y Gama: “Servido mi General”. La mayor parte de la gente aplaudió con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta”.
Es lugar común para los persistentes detractores del sistema establecido y para los nostálgicos de los grandes hombres, exclamar diatribas del tipo “¡si el Presidente Juárez viviera..!”, “¡si el Tata Cárdenas estuviera..!”. Especialmente aquí en Morelos, la consigna recurrente es al mismo tiempo hombría propia y resguardo en la figura del macho emblemático: “Si mi General Zapata viviera no permitiría tantas chingaderas..!”. Prevalece tal convicción, sobre todo entre agrupaciones campesinas y comunidades suburbanas y rurales que toman legítima o ilegítimamente el carácter del General como ejemplo a seguir en la intransigencia contra los poderes instituidos. No por nada, el héroe de Anenecuilco fue emboscado arteramente, quedada su obra como la más legítima e íntegra de todos los caudillos revolucionarios, aunque hoy no falten lidercillos en mala copia del auténtico caudillo...
La estatua ecuestre del general Emiliano Zapata Salazar quedó en la plaza de armas de Cuernavaca… (Me leen el lunes).
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