Los concesionarios chillan, patalean, claman que les sea aprobado el enésimo tarifazo. Pero no hablan de cambiar sus carcachas por unidades nuevas. En agosto, el presidente de la Federación Auténtica del Transporte, Dagoberto Rivera Jaimes, “amenazó” con esperar la entrada del gobierno de Margarita González Saravia para plantearle “el ajuste” al pasaje, o sea, el aumento. Lo “exigieron” a la administración de Cuauhtémoc Blanco Bravo, afortunadamente para los usuarios sin lograrlo, al mismo tiempo que el exfutbolista le dejó una bomba de tiempo a Margarita. Entonces los ruteros se portaron “comprensivos”, diciendo que darían un “voto de confianza” a la primera Gobernadora en la historia de Morelos, antes de “exigirle” el incremento de la tarifa de las “rutas”. Repitieron la excusa del aumentos en los precios de refacciones y gasolina, pero nada dijeron de sacar de circulación a los microbuses y combis carcachas, el tema que han venido evadiendo hace muchos años.

La historia mil veces contada: De los 40 centavos que costaba un pasaje en las postrimerías de los años cincuenta y 45 en los sesenta, escaló a 50, 60 y 70 centavos, para cinco años después llegar hasta $ 1.50, como consecuencia de la primera devaluación del peso en el gobierno de Luis Echeverría Álvarez.

Se acercaba el final de los ochenta cuando el pulpo camionero dio la última boqueada. Databa de fines de los setenta, monopolizado por el zar del transporte, Jesús Escudero, un multimillonario con autobuses de pasaje urbano en Acapulco y gente, se decía, del cacique del priismo guerrerense Rubén Figueroa Figueroa. En Morelos, Escudero les compró autobuses y concesiones a los dueños de las líneas de camiones urbanos y suburbanos Chapultepec, Urbanos y Emiliano Zapata.

En 1979-80, los usuarios de Cuernavaca y municipios aledaños estaban hartos de que los permisionarios del transporte urbano subieran las tarifas cada vez que les daba la gana. Entonces como hoy, los transportistas solían amafiarse con funcionarios corruptos.

De pronto convertidos los choferes de taxis y autobuses en concesionarios, empezaron a recorrer las calles con lo primero que tuvieron a la mano: coches a manera de taxis “peseros”, como había en el entonces Distrito Federal, viejos la mayoría, y combis usadas que los usuarios aceptaron de buen talante. Creadas como el Sistema de Transporte Colectivo por el entonces gobernador Lauro Ortega Martínez, sorteada una parte de las concesiones en el desaparecido cine Ocampo (el hoy Teatro de la Ciudad) a choferes de taxis, otra parte a permisionarios de los antiguos autobuses de servicio urbano de pasajeros y una tajada más del pastel a las dirigencias de la CTM y el SNTE que fundaron las rutas obrera y escolar.

Sin embargo, una vez muerto el pulpo camionero poco tardó en ser parido el monstruo rutero, vendidas las concesiones por ex taxistas que no supieron manejar el negocio, acaparadas por flotilleros voraces, distribuido el botín entre presidentes de rutas y revividos los permisos del ex monopolio de Escudero. Pero lo peor: ya no con uno sino con varios interlocutores ante el gobierno y parecidos o iguales vicios, explotados laboralmente los choferes que hasta la fecha cubren jornadas de más de ocho horas sin prestación laboral alguna en un servicio público de tercer mundo padecido por miles de niños y adultos que viajan apiñados en combis y microbuses mayormente de modelos atrasados.

En agosto pasado, los dueños de las “rutas” pretendieron aplicar otro tarifazo a los usuarios, de hasta 15 pesos en lugar de 10. Intentaron meter al ajo a la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, sugiriendo que ésta elaborara un estudio económico que “justificara” el tarifazo. Juzgaron “necesario” el incremento, pero para los concesionarios, no para el pueblo… (Me leen mañana).

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