El enrejamiento comenzó por allá de mediados de los ochenta. Fue en la avenida Plan de Ayala donde por las noches las vinaterías mostraron las primeras rejas, para protegerse de los rateros que les arrebataban la venta del día y alguna botella “para celebrar”. Siguieron las farmacias de guardia nocturna, las tiendas de barrio y otros tipos de comercio con manejo de efectivo. La delincuencia empezaba a salirse de control, y la policía a mostrarse incapaz, cuando no cómplice, para contenerla. Así que muchos residentes de zonas residenciales siguieron el ejemplo, enrejándose, convirtiendo a Cuernavaca en una jaula como prisión. Lo mismo ocurrió en Cuautla, Cuernavaca, Jiutepec, Temixco, Jojutla… y la gente que en la década de los setenta habíamos vivido con las ventanas y las puertas abiertas exclamamos: ¡a dónde hemos llegado!

Ni en nuestra peor pesadilla imaginamos lo que vendría, que el siglo XXI llegaría con la guadaña en ristre del crimen organizado, sorprendidos los cuernavacenses el día que amaneció un racimo de cadáveres colgando del puente del libramiento de la autopista, y a poco vueltos comunes los cuerpos de ejecutados tirados en cualquier lugar por ajustes de cuentas entre bandas rivales. Y luego los secuestros, las extorsiones por “derecho de piso” y la emigración de familias víctimas de la delincuencia.

Pueblos otrora tranquilos como Ocotepec, donde los usos y costumbres de la policía de rondas habían mantenido a raya a los delincuentes, empezaron a tornarse peligrosos, y comunidades como Jojutla, la de la antigua costumbre de señoras y señores que por la noche conversaban sentados en las sillas sacadas a la banqueta, degeneraron en pueblos hechos rehén del crimen donde hasta hoy las personas de buen vivir procuran no salir en la noche ni a la esquina. Los malos triunfaron, perdieron los buenos, los pillos sobre poblaron las cárceles y muchas personas sopesaron la posibilidad de defenderse por sí mismas. Lo hicieron en alguna comunidad de Temoac y en colonias de Cuautla, organizados en comités de vigilancia que buscaron ser capacitados por la Comisión Nacional de Seguridad en acciones de prevención contra la delincuencia. No se trató de policías comunitarios imitadores de los cuerpos vecinales de la Costa Chica de Guerrero que, armados, en un momento dado lograron que los índices delictivos descendieran hasta el 60 por ciento. De inicio tampoco fue el caso de Cuautla y otros pueblos de la zona oriente, donde grupos de hombres desarmados reportaban sospechosos a la policía.

Compleja por múltiples razones (desempleo, pobreza, pérdida de valores morales, descomposición social…), el problema de la inseguridad no fue resuelto por el protagonismo de seudo activistas sociales, y la implantación del mando único de la Policía Estatal tampoco trajo la tranquilidad perdida a ciudades y pueblos. Para entonces hacía años que se había perdido el viejo modelo del policía de barrio, al que revivir hoy no parece una mala idea. Pero, ¿saben en el Gobierno del Estado cómo era el policía de barrio? Era el guardián pagado y organizado por el gobierno asignado a puntos específicos, el gendarme comisionado al mismo lugar que acababa siendo parte del paisaje. Conocía al vecindario y los vecinos a él, así que le era fácil reaccionar ante la intromisión de extraños y evitar asaltos callejeros y robos a domicilios. En la noche checaba que los candados y chapas de los negocios estuvieran perfectamente cerrados, regañaba a los chamacos que se les hacía tarde jugando en la cuadra, sacaba de lo oscurito a las parejas de novios y hacía sonar su silbato cada tanto mientras la gente dormía a pierna suelta con las ventanas abiertas... (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán

jmperezduran@hotmail.com 

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