Durante muchos años la discusión fue si la vocación del estado de Morelos era turística o agrícola. Industrial decían que no, modesta aquí esta actividad comparada con la de Monterrey o el ex Distrito Federal, contadas con los dedos de la mano las fábricas instaladas en CIVAC y más atractivas las facilidades para la inversión privada en otras entidades. El minifundio tampoco hizo agrícola a Morelos, fértil la tierra pero pequeña la superficie cultivable. Y turística sí, pero hoy día no como hace al menos hace dos décadas, ahuyentados por los visitantes por el recrudecimiento de la violencia del crimen. De acuerdo al reporte del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad, diciembre totalizó 67 homicidios, la mayoría en Cuernavaca (15), Cuautla, Ayala, Emiliano Zapata, Jiutepec, Jojulta, Yautepec y Zacatepec. Lo cual tiene relación con que será el cabildo el que determine si el Ayuntamiento de Cuernavaca irá o no con el esquema policíaco del Mando Coordinado, o lo que viene a ser lo mismo, el recientemente llamado Mando Único. Basado en la autonomía constitucional del municipio y ratificada así la posición del alcalde Antonio Villalobos Adán, contrasta con la del comisionado de Seguridad Pública, José Antonio Ortiz Guarneros, quien insiste en que por decreto todos los municipios estarán bajo el mando coordinado estatal. La seguridad, pues, es el tema que preocupa a la sociedad y ocupa a los políticos, resaltado por el secretario de Gobierno, Pablo Ojeda Castro, y el  delegado federal para los Programas de Bienestar Social, Hugo Eric Flores Cervantes, el hecho de que a mediados de enero ya habían sido detenidas 748 personas por cometer diversos ilícitos, recuperados 68 vehículos y aseguradas 38 armas de fuego… No a los forasteros sino a las generaciones viejas de cuernavacenses este asunto da para la comparación, la nostalgia y hasta la rabia por el paraíso que perdieron. En el Jardín Juárez pusieron mesas y sombrillas. Al fondo se aprecian el kiosco y la banda de música tocando. Dos chicas que disfrutan las bebidas llevadas por un mesero de la refresquería suspenden la charla vana cuando son llamadas porque se les puede ir el camión. Es un autobús de la Flecha Roja con una señorita amable que hace de sobrecargo. Estacionado en la acera del Palacio de Cortés, visibles por segundos el Laurel de la India de enfrente y en el costado sur la estatua del Morelotes, al pasar el armatoste al lado de La Universal la cámara enfoca al fotógrafo que ofrece a los turistas la foto en el caballito apostado en la esquina oeste del Jardín de los Héroes, y al descender el camión azul por el boulevard Juárez enfila hacia el sur. Poco antes, el letrero en caracteres góticos de “Cuernavaca, 82 mil habitantes” había indicado la entrada a la Ciudad de la Eterna Primavera a los viajeros que animosos se dirigen al puerto de Acapulco. Lo harán siguiendo la ruta Taxco, por la carretera federal, obligada la parada en la población platera antes de continuar al puerto hasta llegar a la terminal ubicada en la avenida costera, muy cerca del Malecón. La película que ofrece postales de hace 58 años se llama “Vacaciones en Acapulco”, una historia cursi de amor con Antonio Aguilar, Ariadna Welter, Fernando Casanova, Rafael Bertrand, Mapita Cortés, Fernando Luján, Oscar Ortiz de Pinedo, Sonia Furió y otras estrellas de la época. Era el Cuernavaca de 1961, existentes ya las refresquerías del Jardín Juárez, el después extinto Laurel de la India del Palacio de Cortés y el Jardín de los Héroes, es decir, la actual Plaza de Armas. Bella la nuestra entre las ciudades más bonitas del planeta, envidiadas su clima y vegetación, lugar de residencia de famosos, referente de turismo mundial, relajada y sobre todo segura. Obligada la comparación, poco que ver con el Cuernavaca de hoy. Cerrado a fines de los setenta el circuito vehicular del Zócalo, desde entonces los carros dejaron de dar vueltas a aquel Jardín de los Héroes mientras el Juárez casi perdió el encanto de las serenatas de jueves y domingos. No ambulante sino semifijo, el comercio acabó apoderado del corazón de la ciudad y, extendidos los vendedores callejeros a gran parte del primer cuadro, paulatinamente el centro histórico se vino despoblando. Mucha es la gente que “huyó” del centro, convertidos los edificios de departamentos habitacionales en oficinas privadas y públicas, deshabitadas las casonas que ocuparon familias de apellidos famosos, rentadas o vendidas para comercios y despachos de servicios profesionales... (Me leen después).

 

Por: José Manuel Pérez Durán

jmperezduran@hotmail.com


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