En el contexto de la guerra contra el crimen organizado y el virtual estado de sitio en la que la población se encuentra, no son de sorprender los acontecimientos trágicos que marcan este mes. Morelos está en los titulares de periódicos nacionales y notas estelares de noticieros de radio y televisión debido a la intervención fallida de las autoridades para restablecer la seguridad en la entidad.

El control de las policías bajo la estrategia del Mando Coordinado de la Policía Estatal confirma la percepción social de hallarse atrapada en sólo un capítulo más de la inseguridad.

La espiral de sucesos criminales permite la perspectiva histórica que saca lecciones de fracasos, triunfos y derrotas.

Sin perder de vista que Morelos fue la entidad más arrasada y diezmada en su población, debido a la persecución de los sucesivos gobiernos federales en los diez años de la Revolución Mexicana, es pertinente recordar que después de las razzias, reconcentraciones de pueblos y deportaciones de hombres y mujeres hubo un periodo de paz y progreso para los morelenses, entre 1915 y 1916.

A esa etapa se le conoce como “La comuna de Morelos”, y recordándola detectamos que la sociedad morelense actual puede tomar episodio, subrayado el concepto de “reconstrucción del tejido social” que debe convertirse en acciones de la sociedad civil.

Aquella comuna, con batallas y sin ellas desde marzo de 1911 cuando arrancó la revuelta contra las reelecciones de Porfirio Díaz, y tras seis años se repartieron las tierras a los pueblos, liquidaron los latifundios de las haciendas casi por completo y convirtieron a los ingenios en “fábricas nacionales” administradas por sus representantes en beneficio de la población. Después de haber establecido su comuna campesina, las masas de Morelos se dispusieron a defender sus conquistas contra la ocupación militar burguesa.

La comuna hoy. En el libro “La revolución interrumpida”, el historiador Adolfo Gilly denomina así al episodio generado cuando a mediados de 1915 el presidente Venustiano Carranza concentró las fuerzas del ejército federal en el propósito de acabar con Francisco Villa, lo cual dio un respiro al ejército zapatista que lo aprovecho para desarrollar en Morelos la “democracia campesina”. Esto fue a través de la interpretación que los campesinos morelenses hicieron del Plan de Ayala, arrasando los latifundios de las haciendas, por supuesto, sin indemnizaciones.

En el libro mencionado, que es un clásico del tema, se explica que la vieja concepción campesina precapitalista y comunitaria, al traducirla en leyes mediante el Plan de Ayala y otros decretos de la Junta Revolucionaria, tomó una forma anticapitalista. Dicho sistema consistió en expropiar sin pago los ingenios y nacionalizarlos, poniéndolos bajo la administración de los campesinos a través de sus jefes militares, tal como lo hizo el general Emiliano Zapata. En Morelos, la Revolución Mexicana adquirió ese carácter anticapitalista empírico. Pero la utopía duró apenas unos meses, de noviembre de 1915 a julio de 1916, lapso en el que, por cierto, Cuernavaca estuvo abandonada y la capital del estado era de facto el pueblo de Tlaltizapán, por ubicarse ahí el Cuartel General del Ejército Libertador del Sur.

Los enemigos de hoy son la violencia de los grupos de delincuentes, pero también la corrupción de políticos y funcionarios venales que delitos de cuello blanco y de tráfico de influencias con total impunidad. Siguen orondos, campantes… (Me leen después)

Por: José Manuel Pérez Durán

jmperezduran@hotmail.com 

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