Martes. El reloj del hombre que llega a la Plaza El Campanario en la avenida Río Mayo marca las once de la mañana. Ha pasado la hora pico de la entrada a los trabajos y las escuelas. Todo parece estar tranquilo… pero solamente parece. De pronto irrumpen en el lugar dos sujetos armados y lo despojan de cien mil pesos que hace pocos minutos retiró de una sucursal bancaria. El hombre no se resiste al atraco, y hace bien. Después pensará que el dinero es sólo dinero y la vida no retoña. Los delincuentes huyen en una motocicleta robada, lo cual también es típico en estos casos. Una vez pasado el susto, el pobre hombre pensará que hizo lo correcto, pero ello no lo consolará ni le repondrá el dinero que ha perdido. Quedará confirmado como la enésima víctima de la delincuencia y de la ineficacia del gobierno al que le paga impuestos, pero no le da la seguridad que reclama como ciudadano.
Miércoles. Atacado a balazos por resistirse a ser asaltado en el centro de Temixco, Gerónimo es trasladado de urgencia a la clínica del IMSS de Plan de Ayala en Cuernavaca, donde muere horas después. Su esposa declara que poco antes ella y su esposo retiraron 20 mil pesos en el Banamex ubicado al lado del tianguis de los lunes. Que luego fueron a una tienda de pisos y azulejos sobre la avenida Emiliano Zapata, donde dos malhechores les exigieron el dinero, Gerónimo se opuso y uno de los dos criminales le metió tres tiros en el pecho.
Recurrentes, los robos a cuentahabientes datan de años. Son idénticos, como reiterada resulta la incapacidad de la autoridad ante la delincuencia. Cientos, por no decir miles de clientes de bancos acuden a depositar y/o retirar dinero a los bancos. Las imágenes son de personas esperando turno para arrimarse a las cajas, aguardando que su número brille en la pantalla. Las cajeras no se dan a abasto, apenas acaban de atender a un cliente cuando ya se acerca otro. Los empleados bancarios sufren explotación laboral, tienen prohibido organizarse en sindicatos y esto es algo que nunca le ha importado a gobierno alguno.
Variada la pinta de personas, en la fila hay jóvenes y viejos, señoras y señores, empleados y dueños de negocios, clientes habituales que saludan por sus nombres al personal, la típica chica que intenta pasarse de lista pasando directamente a la caja. Gorras y lentes oscuros están prohibidos, también usar el celular. Sin embargo, varios teclean mansajes o checan sus “feices”. Eso parece, pero, ¿qué tal si la muchacha aparentemente inofensiva le está enviando un WhatsApp a su cómplice, avisándole que un señor acaba de retirar una fuerte suma de dinero? Imposible saberlo, pero a lo mejor está describiendo a la víctima en curso, si es hombre o mujer, su edad aproximada, si es alto, chaparro o de estatura regular, cómo está vestido, los colores del pantalón y la camisa, si del banco ha salido solo o acompañado y en qué lleva el dinero, si en uno o los dos bolsillos del pantalón, en portafolios o en un “vaspapú”. Todos los datos para que la banda no falle el golpe. Desprevenido, el señor es interceptado cerca del banco, si caminando va para abordar su automóvil, o seguido cuando ya conduce y parado cuadras adelante. Los asaltantes lo amedrentan con sus armas, le arrebatan el dinero, huyen en una motocicleta con reporte de robo y nada han podido hacer por evitar el atraco los testigos que vieron todo, pues comprensiblemente temen por sus vidas.
En la inseguridad lo único seguro es que los asaltos a cuentahabientes seguirán ocurriendo… (Me leen mañana).
