El Consejo Ciudadano, que desde 2009 ha registrado a las ciudades más violentas, recientemente destacó a Cuernavaca en el catorceavo lugar de la lista de poblaciones donde se cometen más homicidios dolosos, 410 el año pasado. Las otras localidades donde los asesinatos son el pan nuestro de cada día son Colima, Zamora, Ciudad Obregón, Zacatecas, Tijuana, Celaya, Uruapan, Juárez, Acapulco, Irapuato, Cancún, Chihuahua, Morelia, León, Ensenada y San Luis Potosí. Para muestra sólo estos casos consignados por la prensa el Día de la Bandera: Uno: con huellas de violencia y colgado dentro de una finca abandonada, fue localizado el cadáver de un hombre en la carretera Xoxocotla-Tequesquitengo. Dos: en un costado de la carretera Tecajec-Ocuituco, vecinos hallaron un cadáver en avanzado estado de descomposición, al fondo de una barranca. Y tres: una llamada anónima al 911 alertó sobre el hallazgo de un presunto suicida dentro de una finca localizada sobre la carretera Xoxocotla-Tequesquitengo, a la altura del campo Corbeta...
Sin embargo, Morelos no siempre fue así. Los viejos de Cuernavaca añoran tiempos mejores, de eso platican con sus hijos y nietos. Comparado con el ahora, antes prácticamente no sucedía nada. La nota roja refería homicidios por venganzas, “hazañas” de carteristas que “trabajaban” limpiamente, sin tocarle un pelo a los distraídos; “zorreros” sigilosos cargando en las madrugadas la platería extraída de mansiones acaudaladas, pleitos de vecindad, chismes de lavadero. Cualquier nimiedad era “noticia”, así que cuando realmente pasaba algo fuera de lo común era tema de plática durante meses.
Publicados por periódicos de aquella época a lo largo de los setenta, sacudieron a la opinión pública las historias del secuestro de una millonaria estadounidense y el primer gran bancazo en el Banamex de La Selva, ambos a cargo de la guerrilla de Lucio Cabañas, así como los asesinatos de unos mecánicos en Palo Bolero perpetrados por policías judiciales y el homicidio de una secretaria del hotel Casino de la Selva que fue un escándalo. Azorados, por meses los comentarios corrieron de boca en boca en la calle, las casas, mercados, oficinas, fábricas, de modo que al fuereño que los escuchaba y pensaba que acababan de ocurrir los lugareños le aclaraban que “eso” había sucedido hacía semanas…
El tono de la vida En 1966, Cuernavaca tenía, acaso, la cuarta parte de la población que en la actualidad. Hacía poco que los cuernavacenses habíamos disfrutado el último carnaval, realizado en el Jardín de los Héroes y “concesionado” por el gobernador Emilio Rivapalacio Morales al director del periódico “La Voz”, Pepe Gutiérrez (q.e.p.d.). La ciudad respiraba la tranquilidad de las casas con ventanas abiertas de día y de noche, limitada la nota roja a la eventualidad de crímenes pasionales, carteristas de dedos finos y uno que otro hurto callejero, controlada la delincuencia por los policías judiciales y dedicados los municipales, en recorridos pie a tierra o a bordo de la temible “Julia”, a la caza de parejitas fajando en lo oscurito y ebrios sin pudor orinado en la vía pública. La entrada al Parque Chapultepec era gratis, aquel escenario alegre de familias ruidosas haciendo día de campo, parejitas apapachándose entre los árboles, tardeadas domingueras en la explanada de cemento, clavadistas sacando monedas de veinte centavos arrojadas al manantial. Ah, y noches de jueves para el griterío en la Arena Isabel, animando el público a los limpios (Santo, Blue Demon, Rayo de Jalisco), abucheando a los rudos (Karlof Lagarde, El Nazi, Médico Asesino) y domingos de luchadores locales o segundones... “Igualito” que hoy… (Me leen mañana
