La propuesta del director de Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobierno, Luis Héctor Herrera López, quizá debió hacerla el obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro: cambiar la sede de la feria de Tlaltenango.

El cierre a los vehículos en la avenida Emiliano Zapata durante los días de la feria evitaría el caos vehicular, como ocurre todos los septiembres. La idea no es mala pero tampoco nueva, sin embargo es hasta ahora que podría convertirse en una propuesta formal. Y la advertencia de Luis Héctor no es novedosa: que mientras los ayudantes municipales no busquen una sede alterna o un espacio donde pudieran hacerla, seguirán “ocasionando (problemas de) tráfico”. Al decir “hacerla” se refiere a la feria, y al señalar “una sede alterna” ¿sugiere la explanada de San Jerónimo, atrás del templo de Nuestra Señora de los Milagros?

El cambio no debe ser sólo de lugar, sino sobre todo por la seguridad de las personas que en los días del festejo suman miles.

Para organizar la reubicación hay tiempo suficiente. El director de Asuntos Religiosos hizo su propuesta el martes, y enseguida fue rechazada por el ayudante municipal de Tlaltenango, Michael Quecho Zarate. El derecho de piso que le pagarán mil comerciantes significa cientos de miles de pesos. Quizá ni el obispo ni el señor Herrera saben de un terrible accidente en las cercanías de Tlaltenango.

Sucedió en los albores de los sesenta cuando a un camión de la línea “Ometochtli” se le “chorrearon” los frenos y se precipitó en la bajada de la avenida Emiliano Zapata. Venía de Tepoztlán y se dirigía a su terminal en la calle Leandro Valle, a pocos metros de donde estaba la estatua de los Niños Héroes.

El autobús sólo detuvo su loca carrera banqueteando, recargándose en un taller mecánico una cuadra abajo de la esquina de Obregón y Ávila Camacho. Murieron muchos pasajeros, y resultó gravemente lesionada una hija del tepozteco Ángel Bocanegra, quien formó parte del Escuadrón 201 que fue a la Segunda Guerra Mundial.

De lo malo lo bueno fue que no se había instalado el tianguis, pues no eran días de feria. Sin embargo, hubo voces aconsejando el cambio de lugar de los puestos de barbacoa y chucherías que se instalan sobre la dicha avenida, y que la feria fuera trasladada a la pequeña explanada de San Jerónimo. La leyenda de Tlaltenango también ha sido borrada por el tiempo.

Los viejos de Cuernavaca contaban que una tarde del último día de mayo –mes de las flores–, cargando una bien guarnecida caja o arcón de madera se presentaron dos muchachos que al parecer provenían de Acapulco. Al amanecer los jóvenes se prepararon para marcharse, pidiendo a doña Agustina les cuidara el arcón en tanto resolvían un asunto en un pueblo cercano. Pasaron varios días y doña Agustina estaba muy intrigada, pues los dos jóvenes no regresaban, de modo que decidió guardar el baúl y esperar el regreso de sus dueños. Una de esas noches, la posadera pasó por la habitación y escuchó una música muy suave, despertó a sus hijos e hijas y todos la oyeron.

Poco después notaron un resplandor y aspiraron un perfume de sándalo que salía de la misteriosa caja. Pasados tres meses de la llegada del baúl, de una u otra manera los vecinos se enteraron del portento. Entre dudas y temores, la mayoría del pueblo y la misma doña Agustina acordaron notificar del extraño caso de la caja abandonada que exudaba música, luz y aromas florales.

En aquel tiempo estaba al frente de la orden franciscana del monasterio y templo de la Asunción de María (hoy Catedral de Cuernavaca) Fray Pedro de Arana, quien buscó al alcalde mayor de Cuernavaca para que juntos verificaran los hechos que les reportaron los habitantes de Tlaltenango.

Pueblerinos, autoridades civiles y eclesiásticas llegaron a la casa de doña Agustina, ocuparon la pieza donde se encontraba el para entonces ya famoso arcón, cerraron puertas y ventanas… y se verificó de nueva cuenta el portento de música, luz y aromas florales brotando de la caja. Fray Pedro de Arana se sintió designado por el cielo para abrir el arcón.

La expectativa crecía entre los concurrentes, y grande fue la maravilla al abrirlo y mostrarse su contenido que resultó ser la imagen de la Virgen María, a la cual de inmediato se le nombró De los Milagros por el magnífico despliegue de portentos que precedió a su aparición... (Me leen el lunes).

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