Rebasado por un deportivo de ocho cilindros, te acuerdas de la antigua definición del cafre: el conductor que va tan rápido como si lo hubiesen mandado a chingar a su madre y tuviera prisa por cumplir el encargo. Sonríes, y la señora que pasa junto a ti y te ve de reojo debe juzgarte loco. Pero manejar por el Paso Exprés es cosa seria. Cualquier día de entre semana a media mañana hay poco tráfico, así que puedes acelerar pero no pasar de ochenta por hora. Piensas que nunca falta un cafre que ponga en peligro a los conductores prudentes, como intentas ser tú. Ir al volante por el otrora llamado libramiento de la autopista no es, de ninguna manera, una delicia: constituye una experiencia tensa, se necesita ir muy alerta, estar consciente de que en cualquier momento puedes volcar o chocar en los tramos donde los coches patinan, o estrellarte contra un vehículo que salga o se meta de pronto en la Barona u otra de las colonias donde los señalamientos están casi ocultos. Por esa, por otras causas, que no hay acotamientos y que los pocos que dejaron en algunos costados son demasiado estrechos, es que en el Paso Exprés han menudeado los accidentes. Suceden tiro por viaje, de día y de noche, con saldos de heridos y a veces de difuntos, temibles los tráileres que circulan a velocidades de vértigo lo mismo en el carril de baja que de alta, abriéndose paso entre el tumulto de conductores tan apanicados como si fueran en la montaña rusa. Por eso y mucho más que ha sucedido y seguirá ocurriendo es que no cesan los reproches de cuernavacenses y turistas, insistentes y hasta furiosos pero estrellados en la indiferencia de autoridades locales y federales. O la simulación en la apuesta oficial del olvido, de decir y no hacer en el paso del tiempo para que llegue la amnesia. A estas alturas, ¿alguien recuerda el13 de junio de 2016? Titulado el comentario de este espacio “Paso Mortal”, el entonces director general de la Coordinación Estatal de Protección Civil, Francisco Javier Bermúdez Alarcón hizo una promesa a sabiendas de que no la cumpliría. Alardeó: si la Secretaría de Comunicaciones y Transportes no colocaba mayores medidas de seguridad para evitar accidentes en el Paso Express, los trabajos de esta obra serían suspendidos de forma temporal e incluso definitiva. Lo declaró así luego de que un día antes falleciera un hombre, arrastrado y prensado por un tráiler el Chevy en el que se desplazaba cerca de la colonia Antonio Barona. Sólo tres días después, un tráiler proveniente de la Ciudad de México se estampó contra el muro de contención que sostiene la columna de un puente paralelo a Lomas de Cortés. Por fortuna golpeado solamente, el trailero justificó que no pudo maniobrar para evitar el frentazo, pues no existía (o no hay aún) señalamiento alguno que alertara sobre la existencia de la columna o la división de carriles. Históricamente, el Paso Exprés ha sido la obra pública más renombrada de Cuernavaca, pero no por bien hecha sino todo lo contrario. Ni la autopista del entonces De Efe a nuestra ciudad fue tan mentada en la década de los cincuenta, cuando era construida.  ¿Qué sucedería si esta vialidad fuera corregida de manera total, absoluta, sin dejar detalle alguno al azar, cerrada temporalmente a la circulación de vehículos hasta que fueran corregidos el tamaño y los pisos de carriles? Dejaría de ser el Paso Mortal, los automotores de servicio particular y público cruzarían la ciudad por las avenidas Domingo Diez, Gobernadores, Obregón, Morelos y Teopanzolco; ciertamente se recrudecería el problema de la movilidad pero la modificación del viejo libramiento de la autopista, que fue construido en la década de los sesenta, salvaría docenas de vidas. ¿Es posible? Sí, quizá trasladando la administración del Paso Express al Gobierno del Estado, como ha sugerido el secretario de Obras Públicas, Fidel Gimenez Valdes. O mejor aún, solicitándolo de manera directa al presidente Andrés Manuel López Obrador, quien de nada sirve que esté al tanto de que el gobierno anterior hizo esta obra con las patas si no pone el remedio… Y si de acciones de gobierno hablamos, este ejemplo: las calles iluminadas dan la sensación de seguridad, todo lo contrario de las que se hallan oscuras como bocas de lobo. Ponerlo así resulta una perogrullada, pero es verdad. En Jiutepec, el alcalde Rafael Reyes Reyes está poniendo al tiro el sistema de alumbrado público, sustituidas ya mil de las 14 mil luminarias que serán cambiadas entre julio y diciembre en el marco del programa Jiutepec por la Paz que, vista la inseguridad que priva en casi todo Morelos, debería copiar el Gobierno del Estado… (Me leen mañana).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com