En Cocoyoc la gente que habita los costados de la carretera le insiste al alcalde Agustín Alonso Mendoza: “¡ponga topes!”. Lo exigen incluso de mala manera, y tienen razón, ya que cruzar obligadamente la carretera expone a chicos y grandes a ser atropellados. Pero en lo que no tienen razón es en exigir la solución al edil Alonso, cuando la carretera es estatal, no municipal, y consecuentemente el mantenimiento y las obras complementarias que se vayan necesitando son responsabilidad del Gobierno del Estado, no del Ayuntamiento de Yautepec. El tema sería de una simpleza tal que no significaría noticia, pero sí cuando se trata de una vía de comunicación que usan miles de personas, que atraviesa una extensa parte del territorio estatal, llega más allá del kilómetro 88, ya en las cercanías del estado de México, y topa hasta Amecameca, cerca de las faldas del Popocatépetl.
Otra cosa es que los topes han estado ligados a la carrera política de Alonso. Y que de manera irónica precisamente unos topes lo habrían llevado al cargo de presidente municipal de Yautepec. Por curiosa, me parece que vale la pena reescribir esta historia:
Mediados de los ochenta. “El camión del gobernador”, le llamaba la gente al autobús en el que se desplazaba Lauro Ortega Martínez por todo el Estado. Parado junto a él, iba el capitán Moisés Maislín Leal, director de la Policía Preventiva Estatal, atento a las indicaciones de don Lauro. De pronto el armatoste paró a pocos metros de los arcos de piedra en la entrada del pueblo de San Carlos. “¿Qué pasa?”, inquirió un tanto sorprendido el Gobernador que ese día vestía un traje azul cielo, fresco, de tela propia para el calor permanentemente veraniego de Morelos, así como el cinturón abrochado arriba de la cintura, camisa blanca corbata ancha y corta. Alertado por el walkie talkie, Maislín le informó a don Lauro que un grupo de lugareños tenía bloqueada la carretera. Los que íbamos en el autobús –funcionarios, reporteros, fotógrafos– alcanzamos a ver a un puñado de mujeres y hombres que se notaban enojados. Habituado a tomar al toro por los cuernos, Ortega bajó del vehículo y encaró a los manifestantes. Estaban encabezados por el ayudante municipal, un joven del que luego sabríamos se llamaba Agustín Alonso Mendoza. Querían unos “topes” justo abajo de los arcos de la ex hacienda. Alonso le explicó al viejo político que los dichosos topes servirían para que frenaran los autos particulares, camiones de pasajeros y de carga, y no siguieran atropellando a la gente que cruzaba la carretera. Ortega accedió de buen talante y le dijo a Agustín que de inmediato ordenaría que construyeran “sus topes”, los lugareños aplaudieron y retiraron el bloqueo. Fue una obra pequeña por cuanto al monto de la inversión, pero útil para cientos de personas, y la reacción de don Lauro una muestra de la sensibilidad social que lo caracterizó. Además, ya he dicho que las obras que hizo Ortega trascendieron su tiempo, como la ampliación a cuatro carriles de la carretera del Cañón de Lobos, construido hace casi cuatro décadas el tramo que se desliza por el lecho del Cañón de Lobos, toca la entrada a Cuernavaca y llega hasta Cuautla. También el aeropuerto de Tetlama, y numerosas obras que transformaron colonias populares, destacadamente La Joya del clan Urióstegui… (Me leen mañana).
Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
