Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.– En las profundidades de la selva chiapaneca, donde las montañas guardan secretos ancestrales, el volcán El Chichón –conocido localmente como Chichonal– ha enviado una advertencia silenciada pero inconfundible: 307 sismos en un radio de apenas 20 kilómetros, registrados entre el 1 de julio y el 18 de agosto de este año. Estos temblores, con magnitudes oscilando entre 1.4 y 3.4 en la escala de Richter, no han causado daños materiales ni humanos hasta ahora, pero evocan el fantasma de la catástrofe de 1982, cuando una erupción inesperada sepultó comunidades enteras bajo cenizas ardientes y flujos piroclásticos, cobrando la vida de cerca de 1,900 personas y alterando el clima global.

¿Es este enjambre sísmico una mera vibración tectónica o el preludio de un despertar destructivo? Expertos advierten que, aunque no hay indicios inmediatos de erupción, la vigilancia debe intensificarse en un volcán que sigue latiendo con vida propia.

El Servicio Sismológico Nacional (SSN), dependiente de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ha sido el principal centinela de esta anomalía. Según datos procesados por el Centro de Monitoreo Vulcanológico y Sismológico (CMVS) de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH), estos 307 eventos sísmicos representan un incremento notable en la actividad local, superando con creces los patrones históricos recientes. En comparación, entre diciembre de 2020 y mayo de 2021, se registraron solo 67 sismos en un radio similar, lo que llevó a un análisis multidisciplinario que descartó entonces cualquier vínculo directo con una erupción inminente.

Aquel episodio, sin embargo, sirvió como ensayo para lo que hoy se vive: un volcán activo, catalogado como de "muy alto riesgo" por el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED), que exige monitoreo constante en una región donde más de 100,000 habitantes residen dentro de un radio de 30 kilómetros del cráter.

¿Es normal esta cantidad de sismos?

Los vulcanólogos coinciden en que no. En un volcán estratificado como El Chichón, los enjambres sísmicos pueden ser parte de su dinámica natural, provocados por movimientos de fluidos hidrotermales o ajustes tectónicos en la corteza. Pero 307 eventos en 49 días –un promedio de más de seis por día– excede la "normalidad" observada en décadas pasadas. "Esto no es rutina; es una señal de que algo se agita bajo la superficie", explica la doctora Silvia Ramos Hernández, directora del Centro de Investigación en Gestión de Riesgos y Cambio Climático de la UNICACH, quien lideró una inspección al cráter el 18 de agosto. Durante la visita, el equipo midió temperaturas del lago cratérico entre 35 y 50 grados Celsius, niveles de acidez estables y emisiones de gases consistentes con un sistema hidrotermal activo, pero sin deformaciones del terreno o incrementos en las fumarolas que sugieran magma ascendente.

No obstante, Ramos advierte: "El Chichón es joven y explosivo. Su historia geológica muestra 12 erupciones en los últimos 8,000 años, con ciclos que podrían repetirse". El contexto histórico amplifica la inquietud. En 1982, tras meses de sismos ignorados –reportados por locales como "ruidos de la tierra" y olores a azufre–, el volcán entró en erupción el 28 de marzo, culminando en explosiones plinianas los días 3 y 4 de abril. Aquel cataclismo, con un Índice de Explosividad Volcánica (VEI) de 5, eyectó 1.1 kilómetros cúbicos de magma y 7 millones de toneladas de dióxido de azufre, formando una nube estratosférica que redujo la temperatura global en 0.5 grados Celsius y circundó el planeta.

Los flujos piroclásticos, avalanchas de gas y ceniza a 750 grados Celsius y velocidades de 150 km/h, arrasaron 150 km², destruyendo pueblos como Francisco León y sepultando bajo metros de ceniza regiones de Chiapas, Tabasco y más allá. Daños económicos se estimaron en millones de dólares, con evacuaciones masivas, cierres de aeropuertos y lahars (avalanchas de lodo) que prolongaron la devastación. "Fue diez veces peor que el Monte Santa Elena en 1980", recuerda el geólogo Hugo Delgado Granados del Instituto de Geofísica de la UNAM, quien participó en análisis post-erupción. "Los zoques, guardianes ancestrales de la 'Pyogba Chu’we' –la señora que arde–, lo vieron como un recordatorio del olvido humano".

¿Por qué ahora?

Expertos como Xyoli Pérez Campos, jefa del SSN, atribuyen el incremento a la compleja tectónica de Chiapas, donde convergen placas como la de Cocos y la Norteamericana, sumado a la actividad hidrotermal del volcán. "No es coincidencia con el cambio climático global, pero el derretimiento glacial y variaciones en la presión cortical podrían influir indirectamente", señala un informe reciente sobre actividad volcánica mundial en 2025.

Aunque no hay evidencia directa de magma en ascenso, el enjambre actual podría indicar fracturas en el domo volcánico o inyecciones de fluidos, escenarios que precedieron la erupción de 1982.La vigilancia es permanente y se intensificará. El CENAPRED, en coordinación con la UNAM, UNICACH y Protección Civil de Chiapas, ha desplegado redes sísmicas provisionales, sensores geoquímicos para monitorear gases como CO2 y SO2, y drones para imágenes termográficas y fotogramétricas.

Desde 2004, estaciones sismológicas operan en la zona, y se han actualizado rutas de evacuación y planes de emergencia, incluyendo simulacros con hipótesis de erupción. "Estamos preparados para escenarios peores, pero no alarmamos sin base", afirma Enrique Guevara Ortiz, director del CENAPRED. En julio de 2025, el resumen mensual del SSN reportó 3,501 sismos nacionales, con Chiapas contribuyendo significativamente, pero sin vincularlos aún a una fase pre-eruptiva.

La peligrosidad es innegable

Una erupción similar a 1982 podría generar flujos piroclásticos radiales hasta 8.5 km, lahars por lluvias estacionales y caídas de ceniza que afectarían agricultura, salud respiratoria y economía en Chiapas, Tabasco y estados vecinos. Municipios como Pichucalco, Francisco León y Chapultenango –hogar de comunidades zoques– enfrentarían evacuaciones masivas, con pérdidas estimadas en miles de millones de pesos. "El riesgo es alto porque el volcán es explosivo y la población vulnerable", advierte Delgado Granados. "Pero con monitoreo, podemos mitigar desastres".

En las comunidades cercanas, el eco de 1982 persiste. "La montaña habla, y debemos escucharla", dice un habitante zoque de Pichucalco, recordando leyendas de la "dama que recuerda el olvido". Mientras el SSN actualiza reportes en tiempo real –con sismos menores continuando hasta el 18 de agosto–, las autoridades urgen a la preparación: reforzar viviendas, participar en simulacros y evitar rumores en redes sociales, donde posts alarmistas circulan sin base.

El Chichón no duerme; late. Esta oleada sísmica podría disiparse como en 2021, o escalar hacia lo impredecible. En un país sísmico como México, donde 2025 ya registra picos de actividad volcánica global, la lección es clara: la prevención no es opción, es supervivencia. Mientras los expertos escudriñan las profundidades, Chiapas contiene el aliento, esperando que el guardián de las montañas no despierte con furia renovada.

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