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La men­tira se ha con­ver­tido, para des­gra­cia de nues­tra vida pública, en una de las herra­mien­tas más uti­li­za­das de la polí­tica. No es un fenó­meno exclu­sivo de México ni de More­los; ocu­rre en muchas par­tes del mundo. Sin embargo, eso no la hace menos preo­cu­pante. Al con­tra­rio, debe­ría obli­gar­nos a refle­xio­nar sobre el enorme costo que tiene para una socie­dad cuando la ver­dad deja de ser un valor y es sus­ti­tuida por el dis­curso con­ve­niente.

¿Por qué la men­tira? ¿Por qué se ha vuelto tan fácil ofre­cer una ver­sión de los hechos que poco tiene que ver con la rea­li­dad? ¿Por qué quie­nes ejer­cen el poder pare­cen pen­sar que los ciu­da­da­nos acep­ta­rán cual­quier expli­ca­ción, por con­tra­dic­to­ria que resulte? Son pre­gun­tas que millo­nes de mexi­ca­nos se hacen todos los días.

Basta obser­var la rea­li­dad coti­diana. Los ciu­da­da­nos des­pier­tan con noti­cias de hechos vio­len­tos, acci­den­tes, desa­pa­ri­cio­nes y pro­ble­mas de segu­ri­dad. En More­los, como en muchas otras enti­da­des, la per­cep­ción de inse­gu­ri­dad forma parte de la vida dia­ria.

Las fami­lias escu­chan de nue­vos homi­ci­dios, de robos y de hechos que gene­ran preo­cu­pa­ción. Sin embargo, con fre­cuen­cia el dis­curso ofi­cial pre­senta un pano­rama muy dis­tinto, como si las cifras y la expe­rien­cia coti­diana habla­ran de dos esta­dos com­ple­ta­mente dife­ren­tes.

Ese con­traste es pre­ci­sa­mente el ori­gen de la des­con­fianza. No se trata úni­ca­mente de dis­cu­tir por­cen­ta­jes o esta­dís­ti­cas. Los datos son impor­tan­tes, desde luego, pero aún más impor­tante es la cre­di­bi­li­dad. Cuando una auto­ri­dad afirma que todo mejora mien­tras la pobla­ción per­cibe lo con­tra­rio, el pro­blema deja de ser sola­mente la inse­gu­ri­dad y se con­vierte tam­bién en una cri­sis de con­fianza.

Los gobier­nos tie­nen la obli­ga­ción de infor­mar con cla­ri­dad, incluso cuando las noti­cias no son bue­nas. Gober­nar no sig­ni­fica ocul­tar pro­ble­mas ni pre­sen­tar una rea­li­dad maqui­llada. Sig­ni­fica reco­no­cer las difi­cul­ta­des, expli­car qué está ocu­rriendo y, sobre todo, ofre­cer solu­cio­nes. La ciu­da­da­nía es mucho más madura de lo que algu­nos creen. Puede com­pren­der que exis­ten desa­fíos com­ple­jos, pero difí­cil­mente per­do­nará sen­tirse enga­ñada.

La men­tira pro­duce un efecto devas­ta­dor: rompe el vín­culo entre gober­nan­tes y gober­na­dos. Una vez per­dida la con­fianza, cual­quier anun­cio ofi­cial comienza a ser reci­bido con escep­ti­cismo. Aun­que pos­te­rior­mente exista infor­ma­ción ver­da­dera, el daño ya está hecho por­que la duda se ins­tala como una reac­ción natu­ral.

Desde hace siglos, pen­sa­do­res como Nico­lás Maquia­velo fue­ron inter­pre­ta­dos como defen­so­res de la idea de que el fin jus­ti­fica los medios. Esa lec­tura ha ser­vido para que muchos polí­ti­cos crean que cual­quier recurso es válido con tal de con­ser­var el poder. Sin embargo, una demo­cra­cia moderna no puede sos­te­nerse sobre ese prin­ci­pio. La legi­ti­mi­dad de un gobierno depende tanto de sus resul­ta­dos como de su capa­ci­dad para hablar con hones­ti­dad a los ciu­da­da­nos.

Nin­guna estra­te­gia de comu­ni­ca­ción puede ocul­tar inde­fi­ni­da­mente la rea­li­dad. No se puede tapar el sol con un dedo. Las calles, las colo­nias, los comer­cios y las fami­lias viven dia­ria­mente las con­se­cuen­cias de las deci­sio­nes públi­cas. Esa expe­rien­cia pesa mucho más que cual­quier cam­paña publi­ci­ta­ria o cual­quier dis­curso cui­da­do­sa­mente ela­bo­rado.

En More­los cono­ce­mos bien esa sen­sa­ción. Cuando la rea­li­dad con­tra­dice el men­saje ofi­cial, la dis­tan­cia entre gobierno y socie­dad crece. Y esa dis­tan­cia ter­mina afec­tando todo: la par­ti­ci­pa­ción ciu­da­dana, la con­fianza en las ins­ti­tu­cio­nes y hasta la espe­ranza de que las cosas pue­dan mejo­rar.

La polí­tica es una acti­vi­dad noble cuando se ejerce con res­pon­sa­bi­li­dad. Es el ins­tru­mento mediante el cual una socie­dad orga­niza su pre­sente y cons­truye su futuro. Pero pierde su esen­cia cuando sus­ti­tuye la ver­dad por la pro­pa­ganda y la infor­ma­ción por el maqui­llaje de los hechos.

Los ciu­da­da­nos no nece­si­tan gobier­nos per­fec­tos. Nece­si­tan gobier­nos sin­ce­ros. Nadie espera que desa­pa­rez­can todos los pro­ble­mas de un día para otro. Lo que sí se espera es que exista trans­pa­ren­cia para reco­no­cer­los y volun­tad para enfren­tar­los. La ver­dad puede ser incó­moda, incluso dolo­rosa, pero siem­pre será un mejor punto de par­tida que cual­quier men­tira.

Quizá ha lle­gado el momento de recu­pe­rar el valor de la hones­ti­dad en la vida pública. De exi­gir que las cifras refle­jen la rea­li­dad, que los dis­cur­sos corres­pon­dan a los hechos y que la comu­ni­ca­ción guber­na­men­tal deje de ser un ejer­ci­cio de con­ven­ci­miento para con­ver­tirse en un ver­da­dero ejer­ci­cio de ren­di­ción de cuen­tas.

Por­que una socie­dad infor­mada puede par­ti­ci­par, exi­gir y cola­bo­rar. Una socie­dad enga­ñada sola­mente acu­mula frus­tra­ción, enojo y desen­canto. Y cuando la men­tira se con­vierte en cos­tum­bre, la demo­cra­cia comienza a debi­li­tarse. Por eso, más allá de par­ti­dos o ideo­lo­gías, la ver­dad debe­ría vol­ver a ser el prin­ci­pal com­pro­miso de quie­nes aspi­ran a gober­nar. Sin ella, la polí­tica deja de ser­vir a los ciu­da­da­nos y ter­mina sir­vién­dose úni­ca­mente a sí misma. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Sobre el autor

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TEODORO LAVÍN LEÓN
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