Ir al contenido principal

Cada vez que un gobierno pro­pone regu­lar el con­te­nido de los medios de comu­ni­ca­ción o ampliar su capa­ci­dad de inter­ven­ción sobre las redes socia­les, la socie­dad tiene la obli­ga­ción de dete­nerse a ana­li­zar con sere­ni­dad, pero tam­bién con fir­meza, las impli­ca­cio­nes de esa deci­sión. No se trata de defen­der exce­sos ni de jus­ti­fi­car la difu­sión de infor­ma­ción falsa. Se trata de pro­te­ger el más básico de los dere­chos fun­da­men­ta­les de cual­quier demo­cra­cia: la liber­tad de expre­sión y el dere­cho de la ciu­da­da­nía a estar infor­mada.

La his­to­ria demues­tra que los gobier­nos siem­pre encuen­tran bue­nas razo­nes para jus­ti­fi­car mayo­res con­tro­les. Hablan de com­ba­tir la desin­for­ma­ción, de evi­tar cam­pa­ñas de odio o de pro­te­ger a la pobla­ción. Sin embargo, la línea que separa la regu­la­ción de la cen­sura suele ser muy del­gada. Cuando el poder polí­tico adquiere la facul­tad de deci­dir qué puede decirse y qué no, el riesgo de abuso es evi­dente.

Los medios de comu­ni­ca­ción, con todos sus acier­tos y erro­res, cum­plen una fun­ción indis­pen­sa­ble. Infor­man, cues­tio­nan, inves­ti­gan y sir­ven como un con­tra­peso frente al ejer­ci­cio del poder. Lo mismo ocu­rre con las redes socia­les, que hoy repre­sen­tan un espa­cio donde millo­nes de ciu­da­da­nos expre­san opi­nio­nes, denun­cian irre­gu­la­ri­da­des y par­ti­ci­pan en el debate público. Limi­tar esos espa­cios sig­ni­fica redu­cir la capa­ci­dad de la socie­dad para vigi­lar a quie­nes gobier­nan.

Si real­mente existe preo­cu­pa­ción por la cali­dad de la infor­ma­ción pública, el pri­mer paso debe­ría ser for­ta­le­cer la trans­pa­ren­cia desde el pro­pio gobierno. La infor­ma­ción ofi­cial debe ser clara, veri­fi­ca­ble y com­pleta. Los fun­cio­na­rios tie­nen la res­pon­sa­bi­li­dad de hablar con pre­ci­sión, evi­tando decla­ra­cio­nes ambi­guas que gene­ran incer­ti­dum­bre y con­fu­sión.

Un ejem­plo reciente es la forma en que el Secre­ta­rio de Finan­zas se ha refe­rido al tema de las pen­sio­nes, seña­lando que las deci­sio­nes depen­de­rán de “lo que digan los líde­res”. Las pre­gun­tas son ine­vi­ta­bles: ¿Cuá­les líde­res? ¿Quié­nes los reco­no­cen? ¿A quién repre­sen­tan? En asun­tos que afec­tan los dere­chos de miles de tra­ba­ja­do­res y jubi­la­dos no caben las gene­ra­li­da­des ni las fra­ses impre­ci­sas. La ciu­da­da­nía merece nom­bres, repre­sen­ta­cio­nes cla­ras y expli­ca­cio­nes com­ple­tas. Hablar en abs­tracto puede ser una estra­te­gia polí­tica con­ve­niente, pero no con­tri­buye a cons­truir con­fianza. Por el con­tra­rio, ali­menta la sos­pe­cha y deja espa­cio para inter­pre­ta­cio­nes que podrían evi­tarse con infor­ma­ción pun­tual y veri­fi­ca­ble. La trans­pa­ren­cia comienza por lla­mar a las cosas por su nom­bre.

Resulta para­dó­jico que se pre­tenda regu­lar con mayor seve­ri­dad lo que publi­can perio­dis­tas, ana­lis­tas y ciu­da­da­nos, mien­tras los pro­pios fun­cio­na­rios con­ti­núan rea­li­zando decla­ra­cio­nes que muchas veces care­cen de datos sufi­cien­tes, con­texto o pre­ci­sión. La exi­gen­cia de res­pon­sa­bi­li­dad debe ser para todos, empe­zando por quie­nes ejer­cen el poder público. Una demo­cra­cia sólida no teme a las pre­gun­tas incó­mo­das ni a las crí­ti­cas. Las acepta por­que entiende que el debate abierto for­ta­lece a las ins­ti­tu­cio­nes. Inten­tar con­tro­lar el flujo de infor­ma­ción rara vez pro­duce gobier­nos más efi­ca­ces; gene­ral­mente pro­duce ciu­da­da­nos más des­con­fia­dos.

El dere­cho a la infor­ma­ción no per­te­nece a los medios de comu­ni­ca­ción, sino a la socie­dad. Es el ciu­da­dano quien tiene dere­cho a cono­cer dis­tin­tas ver­sio­nes de los hechos, a con­tras­tar opi­nio­nes y a for­mar su pro­pio cri­te­rio. Nadie debe­ría deci­dir por él qué puede leer, escu­char o com­par­tir.

La mejor res­puesta frente a la desin­for­ma­ción no es la cen­sura, sino más infor­ma­ción, más trans­pa­ren­cia y mayor ren­di­ción de cuen­tas. Los gobier­nos demo­crá­ti­cos deben con­ven­cer con argu­men­tos, no impo­ner silen­cios mediante regu­la­cio­nes que pue­dan con­ver­tirse en ins­tru­men­tos de con­trol polí­tico.

Defen­der la liber­tad de expre­sión no sig­ni­fica estar de acuerdo con todo lo que se publica. Sig­ni­fica reco­no­cer que una socie­dad libre nece­sita voces diver­sas, incluso aque­llas que inco­mo­dan al poder. Por­que cuando comienza a limi­tarse el dere­cho de unos a expre­sarse, tarde o tem­prano el dere­cho de todos ter­mina estando en riesgo. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Añadir Diario de Morelos como fuente preferida de Google de forma gratuita.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora

Sobre el autor

picture-3220-1599055680.jpg
TEODORO LAVÍN LEÓN
Ver biografía