Si algo caracteriza a la política mexicana —y a la morelense en particular— no es sólo la corrupción, la improvisación o el discurso vacío. Es algo más profundo y peligroso: la heterogeneidad permanente del poder, un sistema donde las decisiones se diluyen, las responsabilidades se fragmentan y, al final, nadie parece ser el autor real de los problemas ni de las soluciones. En Morelos se vive a diario con gobiernos que cambian de color, discursos que prometen ruptura, pero prácticas que se repiten. La pregunta clave no es qué está mal, sino por qué nunca se puede señalar con claridad quién hace las cosas y quién debe rendir cuentas. En teoría, la diversidad política debería ser saludable. Diferentes partidos, corrientes, liderazgos y niveles de gobierno tendrían que generar contrapesos. En la práctica ocurre lo contrario: El gobierno estatal culpa a la federación o a los municipios. Los municipios alegan falta de recursos y atribuciones. Los congresos negocian cuotas, no soluciones. El resultado es un sistema donde el poder está repartido, pero la responsabilidad no. En Morelos, por ejemplo, los problemas de seguridad, desarrollo económico o infraestructura rara vez tienen un “autor político” claro. Cada actor participa un poco, pero nadie controla todo, y por lo tanto nadie responde por el fracaso. La política como archipiélago, no como sistema La política morelense funciona como un archipiélago de intereses, no como un proyecto común con: Grupos locales con control territorial. Caciques reciclados en nuevos partidos. Funcionarios que responden más a alianzas personales que a instituciones. Partidos que ganan elecciones pero no gobiernan realmente. Esto genera gobiernos heterogéneos por diseño, donde cada área jala para su lado. El secretario no responde al gobernador, el alcalde no controla su cabildo y los diputados legislan para su siguiente candidatura, no para el estado. Así, las decisiones se toman, pero nadie las defiende públicamente cuando fracasan. Una de las grandes trampas del discurso político es fingir que el poder está concentrado. En realidad, en Morelos el poder está disperso, y eso lo vuelve opaco. Mandan los acuerdos informales. Las lealtades heredadas. Los intereses económicos locales. Las presiones criminales (aunque nadie quiera decirlo). Las decisiones federales que bajan sin diagnóstico local. Pero como ninguno de estos actores aparece en el organigrama oficial, el ciudadano sólo ve a funcionarios que dicen “eso no me toca”. La diversidad política se ha convertido en la coartada perfecta y se alega, cuando algo falla: “Es que el Congreso es de otro partido”. “Es que el municipio no coopera”. “Es que la federación recortó recursos”. “Es que la administración anterior dejó un desastre”. Todo es cierto… y al mismo tiempo todo es insuficiente. Porque gobernar no es tener condiciones ideales, es asumir decisiones incluso en escenarios adversos. Pero en la política morelense, la heterogeneidad se usa para justificar la parálisis, no para explicar la complejidad. El gran perdedor de este modelo es el ciudadano que no sabe: A quién exigirle seguridad. Quién es responsable del desempleo. Quién decidió una obra mal hecha. Quién permitió el deterioro institucional. La política se vuelve un ruido constante, un conflicto eterno entre actores que se acusan entre sí, mientras los problemas reales —violencia, pobreza, falta de oportunidades— siguen intactos. Si bien la gobernadora recorre el estado de un lado para otro sin descanso, pero el equipo está más pendiente de lambisconearle que de solucionar la problemática estatal.

La política mexicana y morelense no es caótica por accidente. Es estructuralmente heterogénea porque así reduce el costo de gobernar mal. Cuando todos participan un poco, nadie carga con el fracaso completo. Creo que es indispensable que exista, claridad en las atribuciones, voluntad de asumir costos políticos del equipo, para que los ciudadanos exijan nombres, soluciones claras y precisas, no discursos. Porque si no seguiremos atrapados en un sistema don de las cosas pasan, pero nadie las hace. Y cuando nadie hace las cosas, nadie las corrige. ¿No cree usted?

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