El pasado viernes, en un acto en el que se desbordó el afecto en el día de la amistad, con un lleno total se llevó la presentación del libro sobre Hans Peter Doster escrito por su querida esposa, mi querida amiga Lulú Doster.
La presentación corrió a cargo del escritor Rubén Pizano Diez, el sobrino de Lulú, Héctor Gómez Tantes, este servidor suyo y, desde luego, la autora Lulú Doster.
Muchos conceptos serios y extraordinarios se expresaron sobre Hans, un hombre excepcional a quien muchos aprendimos a querer y respetar.
Por mi parte, señalé lo siguiente:
Este es un libro de amor, de homenaje a mi amigo Hans Peter Doster; hombre excepcional que logró con el esfuerzo conjunto de su esposa desarrollar empresas extraordinarias, no sólo por su tamaño, sino por la calidad de administración y apoyo social, por su compromiso con mis paisanos, ya que les ha dado a muchos morelenses una vida digna y llena de satisfacciones.
Hablar de Hans es hablar de un hombre singular, de una eterna sonrisa, valentía, innovación, inteligencia y una voluntad férrea; por ello conquistó el corazón de los mexicanos, de muchos de los que aquí estamos presentes.
Desde niño tuvo un gran orgullo su convicción de que no existía oficio más hermoso en el mundo que trabajar en combinación con la naturaleza, sembrando y cosechando para los demás y así lo hizo durante toda su vida.
Nacido en la hermosa provincia alemana de Stuttgart, le tocó vivir de muy joven el horror de la guerra; al ver devastado su país consiguió una beca y salió a estudiar a América, en un viaje por mar hasta llegar a New York.
Fue alumno de la Universidad de Lyndsay en California, donde vivió con una familia estadounidense con la misma formación moral y religiosa, lo que lo integró de manera total con ella y, más adelante y después de haber conseguido diferentes trabajos para ayudarse con más recursos que los de su beca, hasta que se recibió de Licenciado en Economía.
Decidió que necesitaba aprender español, y por carretera viajó a México, donde se inscribió en la UNAM en el curso de verano, pero lo que él descubrió fue que México era una tierra de oportunidades; así, siendo un hombre al que no se le cerraba el mundo, consiguió trabajo primero de maestro en el Colegio Alemán y después en aquella época en la recientemente inaugurada planta de automotores de la Mercedes Benz, en donde fue su jefe de refacciones.
Su arduo y constante trabajo con el compromiso de su propia conciencia, lo hicieron ganar el respeto de sus paisanos que dirigían la empresa y de los que venían de su país a supervisarla; así, un día fue invitado a una reunión con uno de ellos, donde conoció a quien sería su aliada más eficiente, su amor y su gran compañera, nuestra querida Lulú, la misma que desde el primer día le robó el corazón.
Así se inició no sólo un noviazgo que terminó en matrimonio, sino se formó una dupla de seres humanos entregados al trabajo, a la labor social y al servicio de la naturaleza.
Y aquí en las propias palabras de Lulú, el porqué de ese extraordinario éxito como pareja: “El amor es muy bonito (…) después de la luna de miel, cuando Hans y yo nos integramos a la vida cotidiana y enfrentamos la necesidad de entablar por fin un conocimiento más profundo del uno acerca del otro, descubriendo las facetas de carácter que no habíamos notado en nuestro periodo prenupcial.
Se tropieza con hábitos arraigados a los que es preciso acostumbrarse; a rutinas con las que no se contaba y hay que ajustar las propias; a modo de reaccionar ante situaciones diversas, en las que hay diferencias hasta por motivos por idiosincrasias distintas”.
Sólo así se forma una equipo que triunfa de manera contundente, la inteligencia de dos seres humanos con antecedentes totalmente distintos, pero ambos con principios semejantes, éticos y morales, que lograron salir adelante en forma determinante y les costó trabajo, sí, pero desde que se casaron se dedicaron a formar un buen futuro.
Hans logró rápidamente que tuvieran un negocio propio y ambos trabajaron desde ese momento de manera conjunta; la sensibilidad e inteligencia les permitió ir poco a poco avanzando, hasta llegar a ser los proveedores más importantes de refacciones de varias marcas de vehículos automotores; crearon diferentes empresas en la que los dos valientes lucharon con amor y esfuerzo; recorrieron el mundo juntos y al mismo tiempo nunca dejaron de trabajar.
La mente de Hans era la de un verdadero innovador, prueba de ello es que sin pensarlo como un negocio en un principio, al comprar junto con sus familiares la primera casa de descanso en los días de asueto, la ocuparon para empezar a sembrar.
Más adelante, y de manera fortuita, le ofrecieron las 25 primeras hectáreas de Tetecalita, que compró de inmediato y, gracias a la ayuda de los habitantes de la población, las convirtió poco a poco en un vergel.
Primero sembró limones y después, aprovechando que ya traía la vena de hombre de campo, al no dársele adecuadamente la cosecha, siguió experimentando hasta lograr formar un verdadero imperio de la floricultura.
Su seriedad y honestidad le valieron siempre para conseguir que sus paisanos le dieran toda su confianza, por lo que hizo extraordinarios negocios.
Hans fue un verdadero empresario con visión y compromiso social, por lo que podemos decir que, además de un hombre trabajador, él fue un hombre feliz.
Si realmente fue un hombre siempre serio, su sonrisa y bonhomía permitían acercarse a él de manera diáfana; lo conocí en una plática que me invitaron a darles a los miembros de los Rotarios de Tabachines; ahí él me invitó a visitarlo en su casa para presentarme a su Lulu, como él la llamaba, y así se inició una extraordinaria amistad en medio de pláticas y anécdotas; salimos muchísimas veces, fuimos al teatro, al ballet, a los conciertos y disfrutamos en un ambiente de amistad en largas sobremesas, así como en algunas noches o tardes bohemias en las que compartimos el pan, la sal y el vino.
Cantábamos y disfrutábamos de la hermosa música mexicana, su amabilidad y siempre buena disposición lo hacían muy fácil de querer, era un hombre siempre preocupado por nuestro país, su segunda patria, por eso estoy convencido de que fue el alemán más mexicano.
Fue siempre un apóstol de la amistad y logró el cariño de muchos que -me consta- lo procuraban, nunca dejó de trabajar, ni de estar pendiente de su negocio ni de su pareja, fue un gran amigo al que una falla cardiaca se llevó, después de haber construido un imperio.
Recordar a Hans, su sonrisa, su impecable presencia, es recordar el ejemplo de un hombre que, con base en sus principios, inteligencia, su valentía y su incomparable intuición, a base de esfuerzo creó uno de los más bellos ejemplos de desarrollo en nuestro estado, el que todos hemos disfrutado: el maravilloso imperio de El Barón de los Geranios.
Por: Teodoro Lavín León / totolavin@outlook.com
