A pesar del esfuerzo que la titular del ejecutivo ha hecho en el último año, su trabajo constante, su equipo no acaba de embonar bien en la politica local. En el estado, en este momento, debemos darnos cuenta de que hablar de elecciones ya no es sólo hablar de urnas, partidos o campañas. Es hablar de miedo, cansancio social y desconfianza. El proceso electoral que se aproxima se dará en un contexto en el que la ciudadanía no espera milagros, pero sí exige como algo básico vivir sin violencia y con un mínimo de certidumbre institucional. Ése es el gran telón de fondo de las próximas elecciones: un estado que llega políticamente desgastado y socialmente fracturado. Durante años, Morelos ha sido ejemplo de cómo la inseguridad puede volverse parte de la cotidianidad. Homicidios, extorsiones, desapariciones y feminicidios dejaron de ser noticia extraordinaria para convertirse en estadística recurrente. El problema es que, cuando la violencia se normaliza, también se normaliza la incapacidad del Estado para garantizar lo elemental. Tenemos que tomar en cuenta que el ciudadano promedio no analiza coaliciones ni estrategias legislativas; evalúa si puede abrir su negocio sin pagar cuota, si sus hijos llegan seguros a casa o si la policía aparece cuando se le necesita. En Morelos, en demasiadas veces, la respuesta es no. A esto se suma una economía que no despega. Pese a su ubicación estratégica, el estado no ha logrado traducir su cercanía con la Ciudad de México en desarrollo sostenido. La informalidad predomina, los salarios son bajos y la pobreza sigue siendo una realidad para una parte significativa de la población. Cuando el dinero no alcanza y el miedo sobra, el sufragio se convierte en voto de castigo. El gobierno estatal llegó con una amplia alianza que le permitió ganar, pero que hoy muestra fisuras evidentes. Gobernar con muchos aliados suele ser más difícil que ganar con ellos. Las disputas internas, el reparto de candidaturas y las agendas encontradas han generado un ambiente político tenso, que se refleja en el día a día de la administración pública. La pregunta no es sólo quién ganará las elecciones, sino quién podrá gobernar después. La gobernabilidad en Morelos está en riesgo no por falta de leyes, sino por falta de consensos reales. Los municipios, muchos de ellos financieramente asfixiados, operan sin coordinación efectiva con el gobierno estatal. El Congreso local, en lugar de ser un espacio de acuerdos, suele convertirse en escenario de confrontación. Y la ciudadanía observa, cada vez más distante. En este contexto, la violencia política es una advertencia seria. Cuando candidatos son amenazados o asesinados, el mensaje es claro: la democracia está siendo disputada por fuerzas que no aparecen en las boletas. Esto no sólo inhibe la participación, sino que contamina la legitimidad de cualquier resultado electoral. Si el proceso electoral no logra desarrollarse en condiciones mínimas de seguridad y equidad, el gobierno que surja enfrentará el problema mayor de mandar sin autoridad moral suficiente.

¿Existe riesgo de alternancia? Sí, y no es menor. Morelos es un estado electoralmente volátil. Aquí no existen fidelidades eternas. El voto cambia rápido cuando la realidad no mejora. La oposición, aunque fragmentada, puede encontrar una oportunidad si logra capitalizar el hartazgo social y presentarse como una opción creíble, algo que hasta ahora no ha logrado del todo. Pero también hay otro escenario, que el oficialismo conserve el poder, pero con menor margen, menos cohesión y mayor presión social. Eso tampoco garantiza estabilidad. El verdadero desafío para quien gobierne en Morelos a partir del próximo año será reconstruir la confianza, una tarea mucho más compleja que ganar una elección. Sin resultados visibles en seguridad, empleo y servicios, ningún discurso será suficiente. La ciudadanía ya no quiere promesas; quiere evidencias. No exige perfección, exige dirección. No pide héroes, pide instituciones que funcionen.

En Morelos, las eleccio nes serán un termómetro del hartazgo social, pero la gobernabilidad será la prueba definitiva. Si no se entiende el mensaje, el estado corre el riesgo de entrar en un ciclo aún más profundo de confrontación, parálisis y violencia. Y, entonces, ya no estaremos hablando sólo de elecciones, sino de una crisis de Estado a escala local. ¿No cree usted?

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