Esta mañana acudí a un centro de salud estatal —uno de esos lugares que deberían representar la primera línea de atención médica y humanidad—, y me encontré con una escena que refleja con brutal honestidad el estado actual de nuestro sistema de salud. Eran poco más de las once y media de la mañana cuando llegué. Había pacientes esperando, algunos de pie, otros recargados contra la pared con rostros de cansancio y resignación. Después de veinte minutos, decidí irme. No por impaciencia, sino por indignación, el personal estaba “a media mañana almorzando”, como si el tiempo, el dolor o la urgencia de los demás pudieran ponerse en pausa para coincidir con su descanso.

Ese breve episodio, insignificante en apariencia, es en realidad un síntoma de una enfermedad mucho más profunda: la descomposición estructural del sistema de salud pública en el estado, un sistema que ha sido víctima de la desidia, la corrupción, la falta de supervisión y la pérdida total del sentido del deber público.

Durante años se nos ha prometido una mejora en la atención médica, infraestructura moderna, medicamentos suficientes y personal capacitado. Sin embargo, la realidad dista mucho de esos discursos. Los hospitales y centros de salud carecen de lo más básico, desde jeringas y guantes hasta antibióticos y analgésicos. En algunos municipios, los médicos deben improvisar tratamientos o pedir a los pacientes que compren su propio material, porque el “almacén” lleva meses vacío.

La falta de médicos es otro reflejo del abandono institucional. En las comunidades rurales, los consultorios abren sólo durante unas horas al día o, en el peor de los casos, una vez por semana. Y cuando el personal está presente, muchas veces la atención es lenta, desganada y sin empatía. No se trata únicamente de falta de recursos, sino también de una crisis de compromiso humano. Hay profesionales que han perdido la vocación entre salarios atrasados, jornadas agotadoras y una burocracia que asfixia. Pero también hay quienes simplemente se refugian en la indiferencia, sabiendo que no habrá sanción alguna por su negligencia.

La raíz del problema, al parecer, tiene como base un binomio formado por corrupción y abandono político; y el sistema de salud estatal se ha convertido en un agujero negro presupuestal. Año tras año se anuncian millones destinados a la modernización hospitalaria, pero poco o nada llega a los consultorios. Las obras se detienen, los contratos se inflan y los medicamentos desaparecen misteriosamente entre almacenes y licitaciones. En algunos hospitales, el equipo médico donado por programas federales nunca se utiliza, porque “no hay técnicos” o porque “faltan cables”. Todo se queda en bodegas, mientras los pacientes esperan diagnósticos que podrían salvarles la vida.

Esa corrupción estructural se combina con la falta de supervisión. ¿Quién controla que los médicos cumplan sus horarios? ¿Quién garantiza que los centros de salud funcionen a media mañana, cuando la gente más los necesita? Nadie. El resultado es un sistema donde la irresponsabilidad se normaliza, y el ciudadano enfermo pasa de ser prioridad a ser molestia.

Cada historia de abandono médico tiene rostro y nombre. Hay madres que recorren kilómetros con sus hijos en brazos sólo para encontrar una puerta cerrada. Hay adultos mayores que deben elegir entre comprar sus medicinas o su comida. Y hay personas que mueren esperando atención por enfermedades tratables.  

El caso de quienes se retiran, como yo lo hice hoy, por ver al personal desayunando mientras la fila crece, no es anecdótico, es cotidiano. Ese acto de darse la vuelta y marcharse es, de hecho, un gesto de impotencia. Uno más entre miles que han dejado de creer en el sistema, resignados a buscar soluciones por su cuenta, aunque eso signifique endeudarse o acudir a médicos privados.

Uno de los mayores daños colaterales del deterioro del sistema de salud es la pérdida del sentido humano en la atención. La medicina debería ser un acto de servicio, una extensión de la compasión. Sin embargo, en muchos centros públicos el trato es frío, mecánico y hasta hostil. Se ha perdido la sensibilidad hacia el dolor ajeno, como si la enfermedad fuera una molestia administrativa y no una urgencia vital.

La escena de unos trabajadores comiendo a media mañana, mientras pacientes esperan, no sólo es un problema de disciplina laboral, es una metáfora de cómo el sistema se alimenta de su propia indiferencia, dejando que el ciudadano, el enfermo y el pobre sean quienes paguen la cuenta.

El sistema de salud necesita una transformación urgente, pero no nada más en infraestructura o presupuesto. Se requiere una reforma moral y administrativa profunda. Supervisión real, incentivos para el buen desempeño, castigos para la negligencia, transparencia en el gasto y, sobre todo, una reeducación en valores de servicio público.

La salud no puede seguir tratándose como un trámite. Es un derecho fundamental y su deterioro refleja el grado de deshumanización de un Estado que ha olvidado para qué existe.

El abandono que viví hoy, al retirarme de un centro de salud donde el personal estaba almorzando en pleno horario de atención, es sólo una escena entre miles que ocurren todos los días. Pero cada una de ellas erosiona un poco más la confianza en las instituciones. No es únicamente un problema médico, es un espejo de lo que somos como sociedad, una muestra de cómo el egoísmo y la indiferencia se han vuelto parte del paisaje.

Mientras la gente siga aceptando este tipo de abusos como algo normal, el sistema seguirá podrido. Y lo peor es que no sólo se mueren los pacientes; se muere también la esperanza de tener un Estado que realmente cuide a su gente. ¿No cree usted?

El próximo viernes 8 de noviembre, desde el Met de New York, la ópera “La Boheme”, de Puccini, en el Centro Cultural Teopanzolco, a las 12 del día. Amigos de la música invita y, por lo tanto, es un evento de calidad como siempre. No se la pierda.

 

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