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Los pája­ros gor­din­flo­nes con­tem­plan con una mez­cla de codi­cia y desen­canto cómo la tos­tada men­gua de tamaño poco a poco. Me la voy comiendo dis­traí­da­mente, aco­mo­dado en el aroma intenso del café, mien­tras paso las hojas del perió­dico en el pri­mer repaso al mundo que me espera hoy. Un café de desa­yuno no es un café serio, si no va guar­ne­cido por la prensa del día. Estoy hablando de prensa de ver­dad, del perió­dico en papel que, al pasar cada hoja, huele y man­cha los dedos.

Aca­ri­cio las hojas de papel del perió­dico, y entre el olor y el tizne noto que me des­lizo a la infan­cia como si las hojas for­ma­ran un tobo­gán melan­có­lico y aco­ge­dor, que me depo­sita en aque­llas noches de verano de los años cin­cuenta del siglo pasado, cuando acom­pa­ñaba a mi padre al perió­dico, como lo lla­maba él, o sea, a la redac­ción y los talle­res del Dia­rio Infor­ma­ción de Ali­cante, en la calle Quin­tana.

Se tra­taba de entre­gar algún dibujo, alguna cola­bo­ra­ción soli­ci­tada a última hora para la cró­nica de una corrida de toros o cual­quier otro evento. Mi padre apro­ve­chaba el viaje para char­lar con la gente del perió­dico y “fumarse un ciga­rro” que era una expre­sión muy en boga en aque­lla época, por­que todo el mundo fumaba y todo el mundo hablaba con todo el mundo.

Iba muy ufano por la calle cogido de la mano de mi padre, una mano caliente y grande, una mano que yo sabía que lo podía todo. A mi padre las niñas del ins­ti­tuto feme­nino le apo­da­ban “el Errol Flynn” y se espe­ra­ban por la mañana para verlo entrar. Mi padre era muy guapo.

El perió­dico se adi­vi­naba antes de lle­gar a la misma calle Quin­tana por el ruido y la luz que ema­naba. Era verano, y todos los bal­co­nes de la redac­ción esta­ban abier­tos de par en par, así como las per­sia­nas metá­li­cas de los bajos en donde esta­ban los talle­res.

La redac­ción me pare­cía una ofi­cina grande y desor­de­nada, llena de puer­tas anti­guas y dobles, rema­ta­das por mon­tan­tes de vidrio. Había, muchas mesas vie­jas de madera con máqui­nas de escri­bir enor­mes y mon­to­nes de pape­les por todas par­tes. Estaba poblada por hom­bres, solo hom­bres, con ame­ri­cana o en todo caso en man­gas de camisa. Había pocos telé­fo­nos, no, desde luego, en todas las mesas; en rea­li­dad había pocos telé­fo­nos en gene­ral, y tenían con cua­tro cifras nada más. La ausen­cia de telé­fo­nos la com­pen­sa­ban unas mara­vi­llas incan­sa­bles: los tele­ti­pos. Esos apa­ra­tos me des­per­ta­ban la doble preo­cu­pa­ción de quién con­tro­laba que no se aca­bara el papel, y de que cuánto haría falta tener alma­ce­nado para no sufrir sobre­sal­tos. Los tele­ti­pos pare­cían máqui­nas de escri­bir con vida pro­pia, una vida por cierto rui­dosa y sin­co­pada, impre­vi­si­ble por­que nunca pare­cían estar des­can­sando del todo. Los tele­ti­pos espe­ra­ban a que les die­ras la espalda para empe­zar a escri­bir como locos.

La redac­ción era inte­re­sante, pero lo que en rea­li­dad me fas­ci­naba eran los talle­res, incluido el labo­ra­to­rio foto­grá­fico adjunto. Dos de los fotó­gra­fos eran her­ma­nos, unos tra­ba­ja­do­res infa­ti­ga­bles que esta­ban en todas par­tes, que se pare­cían bas­tante y que siem­pre esta­ban jun­tos. Com­par­tían un don espe­cial para ense­ñar. Eran super­vi­vien­tes de los vie­jos tiem­pos de la foto­gra­fía, y a uno de ellos le fal­ta­ban casi por entero tres dedos de una mano; fue con el mag­ne­sio”, me aclaró sin darle más impor­tan­cia. Esta muti­la­ción no le impe­día cam­biar con una rapi­dez increí­ble las bom­bi­lli­tas de un flash grande como una sar­tén de alu­mi­nio. Lo del mag­ne­sio me trans­por­taba a una pelí­cula del oeste en que un fotó­grafo mane­jaba una antor­cha reful­gente y explo­siva para inmor­ta­li­zar en mitad de un fogo­nazo cega­dor, el camino a la reserva de los jefes indios. Siem­pre que foto­gra­fío a alguien, me acuerdo de su ense­ñanza más impor­tante: si haces un retrato y pones la cara en el cen­tro, me decían los her­ma­nos, añá­dele una coro­nita, por­que eso no es un retrato, es una estampa de santo; la cara debe estar situada a dos ter­cios del ancho.

Los talle­res eran en sí mis­mos un espa­cio inmenso lleno de rui­dos, olo­res y calor. Mi padre me adver­tía que no tocara nada, que me man­tu­viera a dis­tan­cia de todo y todos, y que no moles­tara a los que tra­ba­ja­ban. Lo que no quema por calor, lo hace por­que es un ácido, me decía. Casi todo lo que hay es peli­groso para el que no lo conoce. Ahora pienso si tam­bién se refe­ría al mundo exte­rior a los talle­res.

La pri­mera parte de los talle­res tenía un ruido pare­cido al de las máqui­nas de escri­bir, pero mucho más fuerte y com­pli­cado: allí esta­ban las lino­ti­pias que efec­ti­va­mente se pare­cían a máqui­nas de escri­bir, pero más gran­des, con muchí­si­mas teclas, y con un cata­falco a cues­tas, como un órgano de igle­sia que no dejara de rumiar. Los lino­ti­pis­tas iban en man­gas de camisa y algu­nos tenían tam­bién cica­tri­ces de que­ma­du­ras en las manos. Ves, me decía mi padre, se han que­mado y eso que saben mane­jar la máquina; tra­baja con plomo fun­dido y es peli­grosa, tú no toques nada.

Los lino­ti­pis­tas teclea­ban y teclea­ban y de vez en cuando des­ta­pa­ban un depó­sito en la parte de arriba que dejaba esca­par un calor tre­mendo, para meter grá­nu­los de plomo. Los lino­ti­pis­tas repa­sa­ban sin parar las tiras bri­llan­tes de los ren­glo­nes que vomi­taba la máquina, leyendo del revés. Mi padre me decía todo serio que los lino­ti­pis­tas al cabo de los años iban por la vida viendo del revés.

En los talle­res se tra­ba­jaba mucho con el plomo hasta lle­gar a unos cilin­dros hue­cos y bri­llan­tes for­ma­dos por dos par­tes igua­les que se unían sobre los cilin­dros del gran mons­truo que era la rota­tiva. Cada mitad se lla­maba teja, y según mi padre las que sobra­ban se las podían lle­var a casa para los teja­dos, pero pesa­ban mucho y nadie las que­ría. Las tejas se hacían a par­tir de unas pági­nas pla­nas de plomo en las que esta­ban los ren­glo­nes de texto de las lino­ti­pias y los foto­li­tos de las figu­ras. Foto­lito me pare­ció siem­pre una pala­bra extraor­di­na­ria, por­que intuía que saber el nom­bre de las cosas era una forma de poseer­las ya que con unas pocas letras se podía trans­mi­tir una bar­ba­ri­dad de asun­tos.

Los foto­li­tos eran unas plan­chi­tas de metal que se sumer­gían en unas ban­de­jas osci­lan­tes con un ácido que ter­mi­naba por libe­rar la ima­gen foto­gra­fiada. Mi padre me repe­tía que debía ale­jarme de las ban­de­jas.

Con­forme avan­zaba la noche el ritmo de los movi­mien­tos se ace­le­raba y tenía que poner un espe­cial cui­dado en no moles­tar a nadie.

La apo­teo­sis final lle­gaba cuando la gran máquina, la rota­tiva, se ponía en mar­cha e inun­daba la nave de un furor sonoro y caden­cioso como el de una loco­mo­tora, en tanto que los gran­des rollos de papel blanco adel­ga­za­ban con­vir­tién­dose en una ancha cinta impresa que cir­cu­laba a una velo­ci­dad tre­menda. No te acer­ques tanto, comen­taba mi padre, si te engan­cha la máquina, sal­drás esti­rado como una cal­co­ma­nía en treinta o cua­renta perió­di­cos de mañana.

Todo con­cluía al ver salir los dia­rios ya com­ple­tos como los nai­pes esca­lo­na­dos de una gran baraja en blanco y negro.

Por eso tengo que leer el perió­dico en papel; por­que los dedos ampu­ta­dos, las que­ma­du­ras de las manos, los ciga­rri­tos en la puerta de talle­res en la calle Quin­tana de Ali­cante, el calor, los olo­res, el fra­gor de la rota­tiva y el tiz­nado negro de los dedos no pue­den ser borra­dos por el tiempo, aun­que hayan pasado muchos años.

Para ter­mi­nar, aña­diré un último deta­lle: la prensa del desa­yuno ha de ser de mi pro­pie­dad. Si el perió­dico es de la cafe­te­ría, me aso­ma­ría a un mar pro­ce­loso y lamen­ta­ble. He pre­sen­ciado exi­gir a cajas des­tem­pla­das la entrega del perió­dico por el exce­sivo tiempo que algún parro­quiano lo había aca­pa­rado; o cru­ces de mira­das de odio afri­cano por la felo­nía de haber relle­nado el cru­ci­grama del perió­dico del local. Ver a adul­tos res­pe­ta­bles corriendo hacia la barra para hacerse con el perió­dico en pugna con otro can­di­dato, sólo me des­pierta ver­güenza ajena.

Desa­yuno siem­pre, siem­pre, en cafe­te­ría y leyendo un ejem­plar de la prensa dia­ria que adquiero de camino a la cafe­te­ría. Ello me auto­riza a man­charlo, arru­garlo y a escri­bir sobre él sin tasa ni medida.

Como no somos muy dis­tin­tos del perro de Pav­lov, que sali­vaba al oír una cam­pana, cuando aspiro el aroma de un buen café ins­tin­ti­va­mente muevo los dedos como bus­cando en el aire las hojas de un perió­dico ima­gi­na­rio o puede que la mano de mi padre. Somos seres de leja­nías y recuer­dos.

Cuando aspiro el aroma de un buen café ins­tin­ti­va­mente muevo los dedos como bus­cando en el aire las hojas de un perió­dico ima­gi­na­rio o puede que la mano de mi padre...”

Poe­mí­ni­mos

 

En la fra­gi­li­dad de tu noche, de estre­llas rotas y refle­jos ago­re­ros, veo tu cons­te­la­ción y quiero alcan­zarla con mis dedos de niño.

Y por esa velei­dad del ins­tinto me hago fuerte al encon­tar tu luz.

En la ine­lu­di­ble con­fron­ta­ción del día a día, el hijo vence al padre y lo supera con amor pero sin pie­dad.

A ambos el tiempo los redi­mirá.

No es que se odia­ran, sólo que como padre e hijo veían en su amor un sino griego.

‘Quiobo, me llamo Pedro Páramo y soy un padre irres­pon­sa­ble. Vine a Comala por­que me dije­ron que acá me encon­tra­ría con mi hijo’...

Sobre el autor

JLimon
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