Era rubia, alta, fuerte, mejor dicho, sólida, una buena jaca como se decía entonces. Borislava no se mostraba desafiante ni asustada. Los desafíos y los sustos los había dejado atrás, en Bosnia, y había rellenado el hueco con esperanza.
Se le había ocurrido venir a España porque los soldados españoles le habían causado buena impresión. Ahora pensaba que quizá demasiado buena.
Había venido a España de estraperlo, ¿cómo si no?, porque lo que allá se medio ofrecía, resultó luego imposible, cuando las misiones militares se retiraron definitivamente.
¿Cómo había terminado confinada en un remolque cerrado a cal y canto, salvo para los que pagaban por soltar lastre rápido y sin más complicaciones? Pasaporte, billetes, dinero, visados, permisos, papeles sin cuerpo ni alma. Modernidad y civilización.
Su relación con el mundo, cuando la dejaban sola, se reducía a una rendija atornillada en las ventanillas abatibles del fondo de la caravana. Al principio se dedicó a tirar por ella papeles con mensajes de socorro, pero ¿quién recoge un papel del suelo, mal chapurreado, y lo lee?
Borislava conocía el fuego real, y la sangre caliente de otro proyectada en la cara. Ni desafío ni susto, sólo esperanza. Si el papel no llamaba la atención, otra cosa lo haría.
Se dedicó a inflar preservativos en cuya tersa superficie del tamaño de un melón escribía con el rotulador de punta gruesa sus mensajes de socorro. Lo desinflaba después, lo sacaba por la rendija, dejando sólo en el interior de la caravana el extremo por el que soplaba, y lo volvía a hinchar. El primer día no ocurrió nada, y temió que fueran los que no quería quienes encontraran los mensajes y todo terminara en una paliza.
Durante la entrevista de acogida, le preguntaron a Borislava, rubia, alta, fuerte, sólida a la postre, sí no tenía miedo de que se le acabaran los condones. No, repuso, mi único temor es que se me acabara la esperanza.
Una serie completa
¿Por qué a algunos británicos no nos gusta Donald Trump?
A Trump le faltan ciertas cualidades que tradicionalmente valoramos. Por ejemplo, no tiene clase ni encanto ni frialdad ni credibilidad ni compasión ni ingenio ni calidez ni sabiduría ni sutileza ni sensibilidad ni conciencia de sí mismo ni humildad ni honor ni gracia; todas cualidades, curiosamente, con las que su predecesor, el señor Obama, fue generosamente bendecido.
Así que, para nosotros, el marcado contraste pone de relieve de manera vergonzosa las limitaciones de Trump.
Además, nos gusta reírnos. Y aunque Trump puede ser risible, nunca ha dicho nada irónico, ingenioso o mínimamente divertido ni una sola vez, jamás. No lo digo retóricamente, lo digo en sentido literal: ni una sola vez, nunca. Y ese hecho resulta especialmente inquietante para la sensibilidad británica: para nosotros, la falta de humor es casi inhumana.
Pero con Trump, eso es un hecho. Ni siquiera parece entender lo que es un chiste: su idea de un chiste es un comentario grosero, un insulto analfabeto, un acto casual de crueldad.
Trump es un troll. Y como todos los trolls, nunca es gracioso ni se ríe; solo cacarea o se burla. Y, lo que es más aterrador, no solo profiere insultos groseros y sin sentido, sino que también piensa en ellos. Su mente es un algoritmo simple, parecido a un robot, de prejuicios mezquinos y maldad instintiva.
Nunca hay una capa subyacente de ironía, complejidad, matices o profundidad. Todo es superficial. Algunos estadounidenses podrían considerar esto como algo refrescante y sincero. Bueno, nosotros no lo creemos. Lo vemos como algo que no tiene mundo interior ni alma.
En Gran Bretaña, tradicionalmente nos ponemos del lado de David, no de Goliat. Todos nuestros héroes son valientes perdedores: Robin Hood, Dick Whittington, Oliver Twist. Trump no es ni valiente ni desvalido. Es todo lo contrario. Ni siquiera es un niño rico mimado ni un gordo y codicioso. Es más bien una babosa blanca y gorda. Un Jabba el Hutt privilegiado.
Y lo peor es que es lo más imperdonable de todo para los británicos: un matón. Esto es, excepto cuando está entre matones; entonces, de repente, se transforma en un compañero llorón.
Hay reglas tácitas para este asunto –las reglas de decencia básica de Queensberry– y él las rompe todas. Golpea hacia abajo –algo que un caballero no debería, no querría, no podría hacer jamás– y cada golpe que lanza es por debajo del cinturón. Le gusta especialmente dar patadas a los vulnerables o a los que no tienen voz –y las patea cuando están en el suelo.
Así que el hecho de que una minoría significativa –quizá un tercio– de los estadounidenses observen lo que hace, escuchen lo que dice y luego piensen... “Sí, parece mi tipo de hombre” es un asunto que genera cierta confusión y no poca angustia para el pueblo británico, dado que: se supone que los estadounidenses son más amables que nosotros, y en su mayoría lo son.
No hace falta tener un ojo especialmente agudo para los detalles para detectar algunos defectos en el hombre. Este último punto es lo que especialmente confunde y consterna a los británicos, y a muchas otras personas también; sus defectos parecen bastante difíciles de pasar por alto.
Después de todo, es imposible leer un solo tuit o escucharlo decir una o dos frases sin mirar fijamente al abismo. Convierte la falta de arte en una forma de arte. Es un Picasso de la mezquindad; un Shakespeare de la mierda. Sus defectos son fractales: incluso sus defectos tienen defectos, y así sucesivamente hasta el infinito.
Dios sabe que siempre ha habido gente estúpida en el mundo, y también mucha gente mala. Pero pocas veces la estupidez ha sido tan mala ni la maldad tan estúpida. Hace que Nixon parezca confiable y que George W. parezca inteligente.
De hecho, si Frankenstein decidiera crear un monstruo compuesto enteramente de defectos humanos, crearía un Trump.
Y un Doctor Frankenstein arrepentido se arrancaría los cabellos y gritaría angustiado: “¡Dios mío, ¿pero qué es lo que he creado?!” Y si ser un idiota fuera un programa de televisión, Trump sería la serie completa.
