Cuando nació Feliciana nació también un retoño, regalo del sol de otoño para las flores humanas; almita de flor hermana que germinó un corazón, jardín de rara estación en metáfora festiva: vocación de Siempreviva inspirando una misión. Perfección de vida nueva nacida en el suelo viejo, premonición del espejo en la savia que se abreva; mal tiempo para ser Eva y soñar un propio edén, sino de sombra y desdén en el lecho de hojas secas, muñequita sin muñecas que dormía en el terraplén.
Los duendes del limonero colectan ramos de azahar y cada día sin faltar los ponen en el ‘cunero’, al ver los lindos luceros con los que ve Feliciana felices saltan, cual ranas, mirando el hermoso ceño y le vigilan el sueño colgados en la ventana.
La luz de cada estación compensa la oscuridad, le puso luz a la edad de duda en el corazón; bullicio de la razón atormentando la infancia, temporal, intolerancia, contra el jardín incipiente, lucha de un alma valiente por conservar su fragancia.
Destiempo de la cosecha en las escarchas del frío, dolor de establo vacío y del hambre insatisfecha; el surco que se barbecha para apostarle al futuro, penitencia de pan duro y semillas de esperanza, vigilia de la confianza en el Dios que es amor puro. Rezo de vida inocente hincada sobre la tierra, florecita de la sierra que bendice su simiente; corazoncito valiente que sueña con un jardín, la floración del jazmín, el azahar de limoneros, la risa de los claveros violeta, azul y carmín. Un jardín de bendiciones con yerbas medicinales, también especies frutales para sortear privaciones; providenciales raciones de tlanepa y flor de izote, mandarinas, tejocotes, cebollas y jitomate, guanabanas, aguacate, platanitos y chayotes. Orégano, ajo, pimienta, frijoles, habas, maíz, y para ‘abrir’ la nariz una plantita de menta; helechos y suculentas, albahacar y valeriana, yerbabuena y mejorana manzanilla, ruda, anís... la providencia feliz del jardín de Feliciana.
El deseo crece en el alma como crecen las plantitas, así la niña bonita lo toma todo con calma; la pobreza que se empalma en el estómago seco no logra domar el eco de soñar con un edén, por lo pronto el terraplén otorga, humilde, su hueco.
Erosión del albedrío que juega en la tierra seca, pajarito que se enteca de tanto que pasa frío; ilusión y desvarío idealizando un hogar, la sangre que se ha de amar en la herida de la muerte, entender la dura suerte de ya no poder llorar. Imaginar que la tierra se llena de nueva vida en la corona florida que por el alma se entierra; la voluntad que se aferra en conservar la ilusión, vivir en cada estación con los piecitos desnudos y acostumbrarse a ese nudo que aprieta en el corazón. Persistir en el anhelo de un jardín benevolente proveedor equivalente de delicias y consuelo; lugar para ver el cielo y el orden que el Padre quiso, aspirar el suave hechizo que emana del cafetal, gozar el placer venial del ave del paraíso.
Darle grano a las gallinas y sus pollitos pichones, concederle a los ratones su trampa de golosinas; el agua a las golondrinas y huéspedes voladores, a los tlacuaches traidores, piedad y frutos de mirto y al cándido chupamirto la potestad de las flores. Abastecer los caminos por donde pasa la arriera, mirar la marcha guerrera y su fervor peregrino; reflexionar en el sino de trabajar con esmero y ver el designio austero de una pequeña existencia que busca la trascendencia cuidando de su hormiguero.
Premiar al perro Macario con gorditas de manteca así su pancita seca gozará lo extraordinario; del gatito perdulario, cazador empedernido, habrá que estar prevenido y no cace los cocuyos o en ese gustito suyo va a ser un gato encendido. Que lleguen los cocuyitos de corazón generoso, su latido luminoso es un regalo bonito; en el jardín exquisito hay un banquete nocturno, armadillos taciturnos se alimentan de frutillas, cacomixtles a hurtadillas gozando del noble turno.
Que ningún animalito se quede sin el sustento, que proveer alimento se nos convierta en un rito; que nadie pague el delito de no tener qué comer; que nadie tenga que ver la inanición de un hermano... que en el jardín soberano todo vuelve a florecer. La temporada estival renueva la floración y un joven gran corazón enfrenta su temporal; tiempo de sangre pluvial y tormentas en el pecho, tiempo de ser ese lecho para volverse jardín... agua tocando un jazmín y placer insatisfecho.
Agua tocando la flor y su pequeña raíz, temblor del ‘miedo feliz’ en la promesa de amor; visión de un tiempo mejor en el anhelo inocente el tiempo de ser valiente para iniciar un jardín... cumplir el sagrado fin de preparar la simiente. Entregarse a la costumbre de ser para florecer, arrinconar el placer en noches de mansedumbre; conocer la incertidumbre del estío y de la tormenta, el hambre que se reinventa en los ojos de los hijos, inaugurar escondrijos en el alma que revienta.
Padecer la mano dura que el hortelano levanta como dueño de las plantas y de la fruta madura; excavar la sepultura de los retoños perdidos, llorar por el sinsentido de un jardín de vida muerta, y acariciar la reyerta contra ese Dios del olvido. Caminar en la rutina viendo la vida de lejos, hacer los zapatos viejos de tanto andar la cocina; acumular medicinas para su ser moribundo y recordar el segundo en que ella supo, por fin, que si tuviera un jardín valdría la pena este mundo.
Se llenaría de parvadas de insectos y pajaritos, dejaría salir los gritos de su pasión silenciada; presenciaría la alborada reposando su placer, aprendería a proteger las flores de su albedrío y a los nahuales del río les gritaría: ¡Soy mujer! Amaría su soledad caminando entre las flores, aliviaría sus dolores con té de luna y bondad; gozaría la libertad jugando con otra voz, escucharía hablar a Dios en la amorosa paloma y sonreiría con la broma de asimilar un adiós. Estar en paz con la vida y la muerte que refleja su cuerpo de niña vieja, y un alma llena de heridas; entender la despedida como oración en el huerto, ser una rama de injerto, una vida en transición, dejar llegar la estación a su jardín casi muerto.
Esperar la compasión que pueda dar el otoño, la piedad por el retoño nacido en esa estación; exclamar la maldición por la llaga que no sana, el doloroso mañana y el hueco en el terraplén que borra el hermoso edén con que soñó Feliciana. Llorar el otoño frío que la devuelve a la cuna, volver a mirar la luna perdida en el desvarío; el horizonte sombrío negándole la esperanza, la rabia de la mudanza, el miedo que paraliza, la duda que se eterniza, el cuerpo que no descansa. Suplicio de un alma pura que sólo añoró un jardín, corazón de serafín enfrentando la tortura; la muerte y su desmesura tentando la dignidad... ¡Renace en tu soledad como flor de la mañana! ¡Dios te cuide, Feliciana, que se haga tu voluntad
