1 Los espacios públicos dedicados a la cultura son múltiples y diversos. Coinciden en intereses e ideales, pero difieren en lo esencial: lo que aportan en específico a la cadena de valor de la promoción cultural.
Hoy me gustaría proponerle aquí, querido lector, que pensemos en este asuntito, dado que nos prohíben la convivencia codo a codo allá afuera, pero al mismo tiempo la alientan en otro terreno que es el de la esfera pública, con su monstruosa variante posmoderna llamada redes sociales. Allí es donde estamos convidados para pensar, disfrutar y sufrir la cultura en tiempos de covid-19.

2.
Los muchos espacios públicos de la cultura coinciden en que buscan la deliberación colectiva y la libertad de expresión. Además, están hoy aderezados con los tan políticamente correctos inclusión y  multiculturalidad.
Pero no en todos los espacios públicos de la cultura se da la flexibilidad necesaria para darle cabida a los llamados contrapúblicos (Nancy Fraser, 1993, hablando de democracia). Lo contestatario se expresa y escucha más fácilmente en las redes sociales. Allí se arman buenas broncas por deferencias de opinión. Especialmente en Twitter.
La llamada contracultura, o la cultura de la resistencia, se han presentado en cambio, generalmente a toro pasado en los museos. Si quieren sobrevivir, los museos tendrán la obligación de ampliar sus objetos de estudio; incluir la cultura contemporánea. Lo que sucede allá afuera, hoy es prioritario.

3.
Por otro lado, las tecnologías renuevan los ideales del espacio público, pero les falta lo esencial: el objeto palpable. El objeto del deseo. No su frágil imagen.
Las narrativas sobre el arte podrán convivir en las redes sociales, pero sólo podrán actualizarse frente al objeto real. Por eso en las plazas públicas en donde se representa la historia han venido dándose en los últimos tiempos ajusticiamientos simbólicos antes poco vistos. Los memes no son suficientes.
Al entender la historia de manera simplista, aplanada, de manera binaria (blanco-negro; bueno-malo; héroe-villano) nos alejamos de la realidad, que siempre es mucho más compleja.
Prueba de la miopía histórica es lo ocurrido recientemente a las esculturas que representan a Hernán Cortés y Cristóbal Colón. Bronces y monumentos han sido bajados de caballos y pedestales, han sido arrastrados y pintarrajeados en varias ciudades europeas.
Hace unos días le tocó su sarta de trancazos en Bristol, Reino Unido, a Edward Colston, un tipo que fue “negrero” (comerciante de esclavos), y a la escultura de Churchill, que no cantaba mal las rancheras del racismo, lo custodian para que no le toque su turno en la limpieza del terreno de las veneraciones.

4.
En Cuernavaca, ya lo hemos mencionado otras veces, al Cortés de Sebastián Aparicio le tocó su juicio final en el sexenio pasado. De una de las glorietas de la Avenida Teopanzolco, en la Colonia Lomas de Cortés, pasó al deshuesadero municipal. Allí yace, abandonado, maltrecho, abandonado y sin que nadie vele por él, por tratarse de un bien patrimonial, además de un símbolo.

5.
No podemos borrar la historia, pero sí modificar la manera en la que le enseñamos a los que vienen detrás a concebir lo ejemplar y lo heroico.
Hoy en día la expresión pública sobre los monumentos va mucho más  allá del enojo de las feministas que pintarrajean monumentos en la Ciudad de México: incide en la pulsión de modificar el ecosistema. En la urgencia de encontrarle otro sentido a la historia, a la vida en colectividad.
Por eso es aconsejable revisar en esos espacios públicos que son los museos lo que se hace con los acervos. Las narrativas que visibilizamos. Por poner un ejemplo, en la exposición Emiliano (Jardín Borda, diciembre 2019-agosto 2020), se actualizó el discurso del legado zapatista, al mostrar la imagen negativa que también tuvieron el Caudillo y su tropa; se incluyó la perspectiva de género y al presentarse una revisión de la amplia bibliografía que se ha generado sobre el zapatismo a 100 años de distancia de la muerte del General Zapata, se le da al público que no es afecto a los archivos y las bibliotecas, la posibilidad de encontrar más posibilidades de abordaje que la que ofrece el avasallador maniqueísmo. FIN.

Por: María Helena González / helenagonzalezcultura@gmail.com