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En los últi­mos años ha comen­zado a cir­cu­lar con fuerza en el debate polí­tico inter­na­cio­nal una idea tan sen­ci­lla como polé­mica: las demo­cra­cias con­tem­po­rá­neas no pade­cen úni­ca­mente un pro­blema de pro­me­sas incum­pli­das, sino una cre­ciente inca­pa­ci­dad para pro­du­cir resul­ta­dos tan­gi­bles. Vivienda, infraes­truc­tura, ener­gía, trans­porte público, ser­vi­cios bási­cos. En dema­sia­dos casos, los gobier­nos anun­cian polí­ti­cas ambi­cio­sas que ter­mi­nan dilui­das entre trá­mi­tes, res­tric­cio­nes pre­su­pues­ta­les o iner­cias ins­ti­tu­cio­na­les.

A par­tir de ese diag­nós­tico, algu­nos ana­lis­tas en Esta­dos Uni­dos, entre ellos Ezra Klein y Derek Thomp­son, han popu­la­ri­zado lo que lla­man la agenda de la abun­dan­cia. Su argu­mento es que buena parte de las frus­tra­cio­nes polí­ti­cas actua­les se explica por una bre­cha entre las expec­ta­ti­vas socia­les y la capa­ci­dad real del Estado para cons­truir, inver­tir y ampliar bie­nes públi­cos. El pro­blema no sería solo cómo dis­tri­buir la riqueza exis­tente, sino cómo gene­rar sufi­ciente oferta de bie­nes esen­cia­les.

Durante déca­das, buena parte del debate pro­gre­sista se ha cen­trado en la redis­tri­bu­ción. La pro­puesta de la abun­dan­cia sugiere un giro: ade­más de repar­tir mejor, es nece­sa­rio pro­du­cir más vivienda acce­si­ble, más ener­gía lim­pia, más infraes­truc­tura estra­té­gica y ser­vi­cios públi­cos capa­ces de sos­te­ner el bie­nes­tar colec­tivo. La idea resulta atrac­tiva por­que conecta con una expe­rien­cia coti­diana. En muchas demo­cra­cias, los ciu­da­da­nos per­ci­ben que las solu­cio­nes tar­dan dema­siado en lle­gar o sim­ple­mente no lle­gan. Pro­yec­tos anun­cia­dos con entu­siasmo ter­mi­nan atra­pa­dos en dis­pu­tas polí­ti­cas o blo­queos admi­nis­tra­ti­vos, y ese con­traste entre expec­ta­tiva y resul­tado ero­siona la con­fianza pública.

Sin embargo, con­ver­tir esta idea en doc­trina polí­tica implica ries­gos. El pri­mero es el des­li­za­miento hacia una lec­tura exce­si­va­mente tec­no­crá­tica de los pro­ble­mas públi­cos. Con fre­cuen­cia, los defen­so­res de la abun­dan­cia atri­bu­yen los obs­tá­cu­los a regu­la­cio­nes exce­si­vas o a buro­cra­cias ine­fi­cien­tes, lo cual es solo par­cial­mente cierto pues la pro­duc­ción de vivienda, infraes­truc­tura o ener­gía no se frena úni­ca­mente por trá­mi­tes; tam­bién inter­vie­nen inte­re­ses eco­nó­mi­cos, estruc­tu­ras de poder, con­flic­tos terri­to­ria­les, pre­sio­nes socia­les y estra­te­gias empre­sa­ria­les que no se pue­den igno­rar, pues equi­val­dría a mirar solo una parte del pro­blema.

Ade­más, la abun­dan­cia mate­rial no garan­tiza por sí misma bie­nes­tar colec­tivo. Una eco­no­mía puede pro­du­cir más bie­nes, más infraes­truc­tura o más ener­gía y, aun así, man­te­ner pro­fun­das desi­gual­da­des o bene­fi­cios con­cen­tra­dos en pocos acto­res. La his­to­ria eco­nó­mica mues­tra que el cre­ci­miento, por sí solo, no ase­gura jus­ti­cia social ni cali­dad de vida com­par­tida.

La segunda ambi­güe­dad tiene que ver con el papel del Estado. Muchos defen­so­res de esta agenda ima­gi­nan un gobierno capaz de impul­sar gran­des pro­yec­tos mien­tras sim­pli­fica reglas y esti­mula la inver­sión pri­vada. En teo­ría se tra­ta­ría de un Estado más efi­caz. En la prác­tica, la fron­tera entre un Estado que coor­dina la pro­duc­ción colec­tiva y uno que sim­ple­mente abre espa­cio al mer­cado puede vol­verse difusa.

Tam­bién existe una ten­sión ambien­tal. La tran­si­ción ener­gé­tica exi­girá gran­des inver­sio­nes en infraes­truc­tura y tec­no­lo­gía, pero la pro­mesa de una abun­dan­cia ili­mi­tada basada exclu­si­va­mente en la inno­va­ción tec­no­ló­gica choca con una rea­li­dad evi­dente: los recur­sos natu­ra­les y los equi­li­brios ambien­ta­les tie­nen lími­tes.

En México, donde amplios sec­to­res enfren­tan défi­cits simul­tá­neos de segu­ri­dad, ser­vi­cios públi­cos e infraes­truc­tura social, la pro­mesa de pro­du­cir más bie­nes esen­cia­les resulta natu­ral­mente atrac­tiva, pero tam­bién enfrenta lími­tes evi­den­tes. Ins­ti­tu­cio­nes frá­gi­les y capa­ci­da­des admi­nis­tra­ti­vas desi­gua­les com­pli­can cual­quier estra­te­gia de expan­sión pro­duc­tiva.

La pro­mesa de la abun­dan­cia siem­pre será seduc­tora, pero el debate de fondo no es si las socie­da­des deben aspi­rar a ella, sino qué tipo de abun­dan­cia se quiere cons­truir, para quién, bajo qué reglas y con qué recur­sos. Por­que pro­du­cir más no nece­sa­ria­mente sig­ni­fica vivir mejor.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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