Las demo­cra­cias no se sos­tie­nen úni­ca­mente en la cele­bra­ción perió­dica de elec­cio­nes, sino en la soli­dez de las ins­ti­tu­cio­nes que orga­ni­zan la vida pública y median la rela­ción entre el poder y la ciu­da­da­nía. Es cierto que el ejer­ci­cio del poder des­gasta, pero no se trata de un fenó­meno reciente ni atri­bui­ble a una sola per­sona o admi­nis­tra­ción; a pesar de ello, gober­nar exige seguir haciendo polí­tica. La apa­tía y el har­tazgo sue­len ser el resul­tado acu­mu­lado de déca­das de pro­me­sas incum­pli­das, impu­ni­dad per­sis­tente, debi­li­dad en la ren­di­ción de cuen­tas y una pro­gre­siva trans­gre­sión de los prin­ci­pios que debe­rían guiar a la polí­tica.

El ejer­ci­cio del poder, por defi­ni­ción, genera des­gaste: gober­nar implica tomar deci­sio­nes difí­ci­les, admi­nis­trar con­flic­tos y enfren­tar expec­ta­ti­vas en oca­sio­nes adver­sas. Sin embargo, esa ten­sión no puede con­ver­tirse en pre­texto para la renun­cia tácita al lide­razgo polí­tico, menos aún en un año pree­lec­to­ral. Con­forme se acer­can las elec­cio­nes inter­me­dias de 2027, la com­pe­ten­cia polí­tica ten­derá a inten­si­fi­carse, des­pla­zando el debate público hacia la con­fron­ta­ción, el disenso mecá­nico y la inme­dia­tez del cál­culo elec­to­ral por encima de la pla­ni­fi­ca­ción estra­té­gica. En este con­texto, el riesgo no es solo la pola­ri­za­ción dis­cur­siva, sino el res­que­bra­ja­miento ins­ti­tu­cio­nal que con­di­ciona la gober­na­bi­li­dad y limita la capa­ci­dad del Estado para cum­plir con sus fun­cio­nes bási­cas. Cuando el lide­razgo se diluye y el poder se reduce a la admi­nis­tra­ción defen­siva del día a día, los acto­res polí­ti­cos y las ins­ti­tu­cio­nes que­dan expues­tas, per­diendo capa­ci­dad de arti­cu­lar inte­re­ses, orde­nar con­flic­tos y cons­truir con­sen­sos.

En un entorno de des­con­fianza ins­ti­tu­cio­nal, el ciu­da­dano duda de la jus­ti­cia, de la auto­ri­dad y de la efi­ca­cia guber­na­men­tal; la auto­ri­dad, a su vez, recela del ciu­da­dano; y la socie­dad se ve atra­pada en una diná­mica de sos­pe­cha mutua que debi­lita los vín­cu­los cívi­cos. Cuando esta des­con­fianza se vuelve estruc­tu­ral, el cum­pli­miento de las reglas deja de per­ci­birse como un deber com­par­tido y la legi­ti­mi­dad demo­crá­tica se ero­siona.

Frente a este esce­na­rio, el reto cen­tral es recons­truir el pacto de corres­pon­sa­bi­li­dad que otorga sen­tido y legi­ti­mi­dad a las ins­ti­tu­cio­nes, tarea inse­pa­ra­ble de un lide­razgo polí­tico dis­puesto a asu­mir cos­tos, expli­car deci­sio­nes y sos­te­ner pro­yec­tos de manera con­junta entre socie­dad y gobierno, más allá de la coyun­tura elec­to­ral, etapa en la que cual­quier tema puede ser per­ci­bido como cos­mé­tica polí­tica, frá­gil y tran­si­to­ria. Recons­truir el pacto demo­crá­tico exige reco­no­cer que la legi­ti­mi­dad no se decreta ni se agota en el res­paldo elec­to­ral: se cons­truye y for­ta­lece de manera coti­diana a par­tir de la capa­ci­dad de resol­ver pro­ble­mas con­cre­tos y man­te­ner cer­ca­nía con la ciu­da­da­nía. Legi­ti­mi­dad y lide­razgo polí­tico son, por tanto, com­po­nen­tes indi­so­lu­bles para una gober­nanza efi­caz. En el caso de las guber­na­tu­ras y pre­si­den­cias muni­ci­pa­les, estos car­gos no pue­den con­ce­birse úni­ca­mente como admi­nis­tra­do­res de recur­sos o eje­cu­to­res de polí­ti­cas públi­cas. Son, o debe­rían asu­mirse ple­na­mente, como líde­res polí­ti­cos en sus terri­to­rios, den­tro del marco nor­ma­tivo, pero sin desen­ten­derse de los ins­ti­tu­tos polí­ti­cos ni de las bases socia­les que los lle­va­ron al poder. Deben con­du­cir­las, arti­cu­lar­las y encau­zar sus deman­das den­tro de mar­cos ins­ti­tu­cio­na­les cla­ros. La neu­tra­li­dad apa­rente o el exceso de “sana dis­tan­cia” en tiem­pos de gol­pe­teo polí­tico y ante­sala elec­to­ral suele tra­du­cirse en vacío de lide­razgo.

For­ta­le­cer la vin­cu­la­ción social es una tarea emi­nen­te­mente inclu­yente que no puede edi­fi­carse igno­rando las bre­chas terri­to­ria­les, las deman­das his­tó­ri­cas de los pue­blos ori­gi­na­rios, la desi­gual­dad de género ni la exclu­sión de sec­to­res juve­ni­les. Cuando vas­tos gru­pos socia­les per­ma­ne­cen al mar­gen, la ins­ti­tu­cio­na­li­dad se vuelve frá­gil y el lide­razgo pierde capa­ci­dad y legi­ti­mi­dad.

México entrará muy pronto al periodo pree­lec­to­ral. El 2026 será un punto de infle­xión: el des­gaste es ine­vi­ta­ble, pero la renun­cia al lide­razgo no lo es. O se recom­pone el vín­culo entre ciu­da­da­nía, ins­ti­tu­cio­nes y con­duc­ción polí­tica, o se pro­fun­di­zará la frag­men­ta­ción que com­pro­me­terá la gober­na­bi­li­dad. No se trata de una con­signa par­ti­dista, sino de una con­di­ción estruc­tu­ral para el desa­rro­llo demo­crá­tico.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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