El 2025 fue un año de defi­ni­cio­nes para México, mar­cado por una agenda nacio­nal que avanzó entre algu­nos cam­bios favo­ra­bles y ten­sio­nes per­sis­ten­tes deri­va­das de la sobre­rreac­ción polí­tica. Todo ello ocu­rrió en un con­texto inter­na­cio­nal con­vulso, comen­zando por la rela­ción bila­te­ral con nues­tro prin­ci­pal socio comer­cial, que en rei­te­ra­das oca­sio­nes obligó a reca­li­brar el rumbo más por coyun­tura que por pla­nea­ción estra­té­gica. La polí­tica estuvo en el cen­tro de la agenda pública, no siem­pre para impo­ner orden, sino para admi­nis­trar iner­cias, con­flic­tos y expec­ta­ti­vas acu­mu­la­das.

En el plano interno, el país tran­sitó el año con una narra­tiva pública domi­nada por la con­ti­nui­dad. La nueva admi­nis­tra­ción fede­ral buscó con­so­li­darse mediante la imple­men­ta­ción de su agenda de desa­rro­llo de largo plazo, en par­ti­cu­lar a tra­vés del Plan Nacio­nal de Desa­rro­llo 2025-2030, mien­tras enfren­taba un entorno eco­nó­mico desa­fiante. El equi­li­brio entre cre­ci­miento, bie­nes­tar social y esta­bi­li­dad fis­cal fue una cons­tante, en medio de un cre­ci­miento mode­rado, cer­cano al estan­ca­miento, frente a pre­sio­nes infla­cio­na­rias. A ello se suma­ron el debate sobre el sala­rio mínimo, la inver­sión pro­duc­tiva y la nece­si­dad de for­ta­le­cer la eco­no­mía mediante infraes­truc­tura y polí­ti­cas socia­les orien­ta­das al empleo, la salud, la segu­ri­dad y en gene­ral, el bie­nes­tar social.

La polí­tica ener­gé­tica, más allá de los deba­tes téc­ni­cos, se vivió como un asunto de iden­ti­dad. La defensa del con­trol esta­tal fue inter­pre­tada por algu­nos sec­to­res como garan­tía de sobe­ra­nía y, por otros, como una resis­ten­cia al cam­bio. En el ámbito social, la dis­cu­sión dejó de cen­trarse en mode­los ener­gé­ti­cos para con­ver­tirse en una dis­puta sim­bó­lica entre pasado y futuro, entre pro­tec­ción y moder­ni­za­ción. La ausen­cia de defi­ni­cio­nes cla­ras no solo impactó al sec­tor pro­duc­tivo; tam­bién reforzó la per­cep­ción de que las deci­sio­nes estra­té­gi­cas con­ti­núan atra­pa­das en lógi­cas polí­ti­cas de corto plazo.

El nears­ho­ring se man­tuvo en el dis­curso público más como pro­mesa que como una rea­li­dad ple­na­mente ate­rri­zada. Su mate­ria­li­za­ción fue desi­gual: en algu­nas regio­nes generó expec­ta­ti­vas de empleo y desa­rro­llo, mien­tras que en otras ape­nas se per­ci­bió como un con­cepto lejano, ajeno a la vida coti­diana, bre­cha que difi­culta tra­du­cir las opor­tu­ni­da­des macroe­co­nó­mi­cas en bie­nes­tar tan­gi­ble y pro­fun­diza la des­co­ne­xión entre polí­tica eco­nó­mica y polí­tica social.

En mate­ria de segu­ri­dad, 2025 man­tuvo una cons­tante que ya no sor­prende, pero que sigue pesando sig­ni­fi­ca­ti­va­mente en la vida dia­ria. La per­cep­ción social estuvo mar­cada por la nor­ma­li­za­ción de la vio­len­cia y por una ciu­da­da­nía que adapta ruti­nas y deci­sio­nes a un entorno de riesgo per­sis­tente. Al mismo tiempo, la polí­tica pública ha bus­cado no solo admi­nis­trar el pro­blema, sino aten­der algu­nas de sus cau­sas estruc­tu­ra­les, con avan­ces que han sido reco­no­ci­dos incluso a nivel inter­na­cio­nal en uno de los temas más sen­si­bles de la agenda nacio­nal.

En cuanto a inno­va­ción y digi­ta­li­za­ción, el año mos­tró avan­ces rele­van­tes, aun­que aún insu­fi­cien­tes para cerrar bre­chas, pues amplios sec­to­res con­ti­núan enfren­tando limi­ta­cio­nes de acceso, for­ma­ción y opor­tu­ni­da­des; rea­li­dad que impacta espe­cial­mente a las juven­tu­des, para quie­nes la movi­li­dad social no puede ni debe que­dar con­fi­nada a la retó­rica del futuro.

En el terreno polí­tico, 2025 fue un año de rea­co­mo­dos sin gran­des rup­tu­ras, pero con seña­les cla­ras de des­gaste en la con­ver­sa­ción pública. La pola­ri­za­ción con­ti­nuó siendo un recurso efi­caz para movi­li­zar volun­ta­des, aun­que cada vez menos fun­cio­nal para cons­truir acuer­dos. La polí­tica se vivió más como con­fron­ta­ción narra­tiva que como espa­cio de deli­be­ra­ción colec­tiva, ali­men­tando una esfera pública reac­tiva y con escasa voca­ción pro­po­si­tiva.

El balance del año deja amplios már­ge­nes de opor­tu­ni­dad. México no enfrenta una cri­sis inme­diata, pero sí una acu­mu­la­ción de pen­dien­tes que no admite com­pla­cen­cia. La esta­bi­li­dad polí­tica ha con­te­nido ten­sio­nes, pero nece­sita tras­cen­der hacia la reso­lu­ción de pro­ble­mas de fondo. De cara a 2026, el desa­fío no será solo eco­nó­mico; será, ante todo, polí­tico. Recu­pe­rar la capa­ci­dad de deci­sión estra­té­gica, reco­nec­tar los temas de la agenda nacio­nal con el pro­greso social y trans­for­mar el con­flicto en motor de acuer­dos será clave para evi­tar que la iner­cia ter­mine impo­nién­dose al rumbo.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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