A inicios del siglo XX, mientras el gobierno de Porfirio Díaz promovía el desarrollo económico, la modernización urbana y la apertura comercial de México, un antiguo enemigo resurgió en el Pacífico mexicano: la peste bubónica. Esta enfermedad, conocida por haber diezmado a Europa en el siglo XIV durante la llamada “Peste Negra”, apareció en el puerto de Mazatlán, Sinaloa, en 1903, poniendo a prueba la capacidad sanitaria de un país en plena transformación.

Un enemigo invisible 

La peste bubónica llegó al continente americano a través del comercio marítimo internacional, en un contexto donde Mazatlán era un puerto clave en la conexión entre México y Asia. Se cree que el brote fue introducido por marineros o mercancías infectadas procedentes de Hong Kong o San Francisco, ciudades que también enfrentaban brotes en ese periodo.

A los pocos días, las autoridades locales notaron síntomas inusuales en los pacientes: fiebre alta, inflamación de los ganglios linfáticos (bubones), y una rápida tasa de mortalidad. Alarmados por la gravedad de la enfermedad, se dio aviso inmediato al gobierno federal en la Ciudad de México.

Una respuesta sanitaria 

Porfirio Díaz delegó la atención de la emergencia al Consejo Superior de Salubridad, encabezado por el doctor Eduardo Liceaga, uno de los médicos más destacados de la época. Con formación científica y experiencia internacional, Liceaga aplicó medidas que para el México de principios del siglo XX eran revolucionarias:

  1. -Aislamiento inmediato del puerto de Mazatlán: Se canceló la entrada y salida de barcos, personas y mercancías.
  2. -Cordones sanitarios en las rutas terrestres, impidiendo la expansión del brote a otras regiones del país.
  3. -Desinfección masiva de casas, calles y edificios públicos con sustancias como creolina y cal viva.
  4. I-ncineración de pertenencias de los infectados, incluidos muebles, ropas y colchones.
  5. -Uso de médicos y enfermeros especializados, algunos provenientes de la Ciudad de México.
  6. -Campañas informativas, que explicaban a la población cómo se contagiaba la enfermedad y qué medidas tomar.

Gracias a esta acción rápida y coordinada, el brote fue contenido en menos de seis meses, evitando su propagación a otros puertos importantes como Manzanillo, Acapulco o Veracruz. Aunque la epidemia cobró cerca de 300 vidas, la cifra fue mucho menor de lo que podría haber sido sin intervención sanitaria.

El manejo de la peste bubónica por parte del gobierno porfirista fue reconocido por organizaciones internacionales de salud como un ejemplo de modernización institucional.

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