La magia con­siste en que los veci­nos sobre­vi­van sin ser víc­ti­mas de la vio­len­cia.

Jiu­te­pec está a punto de alcan­zar un reco­no­ci­miento que, sin duda, mar­cará un antes y un des­pués en su his­to­ria reciente.

No por la con­ser­va­ción de su patri­mo­nio, mucho menos por la tran­qui­li­dad de su gente, sino por haber per­fec­cio­nado un modelo único de rea­lismo urbano: el muni­ci­pio será decla­rado “Pue­blo de Magia”.

Aquí, la magia no está en los colo­res de las facha­das, sino en la capa­ci­dad casi sobre­na­tu­ral de los ciu­da­da­nos para lle­gar con vida a casa.

Cada bache es una trampa encan­tada; cada calle sin pavi­men­tar, una expe­rien­cia inmer­siva que pone a prueba la sus­pen­sión del vehí­culo y la pacien­cia del con­duc­tor.

Ade­más, Jiu­te­pec es el des­tino per­fecto para el turismo de aven­tura, donde esqui­var crá­te­res y moto­ci­cle­tas sos­pe­cho­sas forma parte del pai­saje coti­diano.

El ayun­ta­miento tam­bién pre­sume de darle a sus habi­tan­tes dosis gra­tui­tas y dia­rias de adre­na­lina. Asal­tos a plena luz del día y ata­ques arma­dos son parte de las atrac­cio­nes (para los delin­cuen­tes, claro).

Colo­nias ente­ras que apren­den a vivir entre patru­lla­jes espo­rá­di­cos y pro­me­sas ofi­cia­les reci­cla­das.

Mien­tras otros Pue­blos Mági­cos pre­su­men arte­sa­nías y tra­di­cio­nes, Jiu­te­pec des­taca por su fol­klore moderno: calles que pare­cen saca­das de los crá­te­res de la Luna, alum­brado inter­mi­tente como si fuera de antro y una segu­ri­dad pública que apa­rece y desa­pa­rece como acto de ilu­sio­nismo.

Todo esto, claro, bajo el dis­curso ins­ti­tu­cio­nal que insiste en que “se está tra­ba­jando”, aun­que los resul­ta­dos sigan siendo invi­si­bles para el ciu­da­dano común.

Así, Jiu­te­pec avanza firme hacia su decla­ra­to­ria sim­bó­lica. No será un pue­blo mágico por lo que ofrece, sino por lo que obliga a sopor­tar. Un lugar donde la magia con­siste en sobre­vi­vir, lle­gar al des­tino y repe­tir el hechizo al día siguiente. Por­que en Jiu­te­pec, la fan­ta­sía no es vivir bien, sino lograrlo.

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