Los cuernavacenses que fueron el lunes a CDMX sudaron la gota gorda, sufrieron, se arrepintieron de sus pecados, juraron no volver a ir cuando haya bloqueos al tránsito vehicular. Diez horas de parálisis forzada resultaron para locos, colapsada a niveles de histeria colectiva esta que es una de las ciudades más grandes y pobladas del planeta. Y ni para dónde pudieran hacerse los capitalinos, tapadas las entradas de carreteras, sitiado el aeropuerto, extendido el caos a Reforma, Santa Fe, Insurgentes y otras zonas de la mancha enorme que desde el aire semejó un estacionamiento gigantesco. ¿Cuántos taxis participaron? El diez por ciento de los 140 mil que se calcula hay en el ex Distrito Federal habrían sido más que suficientes para el gran colapso. Dicho esto, no para darles malas ideas a los taxistas de Cuernavaca que trabajan con permisos del gobierno de Graco Ramírez, y porque en una de esas la Secretaría de Movilidad y Transporte se los cancele de un jalón. Frágil la movilidad y con pocas opciones de circulación, ha sucedido que basta un tapón de dos docenas de personas enfrente del restaurante La Universal para desquiciar la ciudad. Un tema que tiene otra faceta, real, innegable, históricamente desatendida por la autoridad... Eres taxista. A las diez de la mañana ya llevas cuatro horas manejando y hace cinco que te levantaste. Es momento para comer un taco en el puesto callejero. Puedes gastar cincuenta pesos, aparte de los veinte que hace ratito le diste pal’ chesco al agente de tránsito. La cuota es de ley, no fían. A las tres llega la hora de sacar el lonche que te preparó tu señora, pero si no te gusta, de nuevo con la gorda del puesto que te fía. Terminas de comer, conversas con los amigos sobre cualquier cosa: del partido de fútbol que jugaste el domingo y ganaste, del patrón que es ojete y nunca ha querido darte Seguro Social. Y otra vez a “camellar”. Para entonces llevas diez horas manejando, lidiando con las cosas de siempre: el chavo fresa que conduce un carrazo y te mienta la madre porque no te puede rebasar, el bache que sacude tu taxi, el pasajero que te reclama porque manejas como loco, el agente de vialidad que es medio tu amigo, te ve hablando por el celular y te hace la señal de que te va a infraccionar. Dan las cuatro y apenas has sacado para “la cuenta” del patrón y la gasolina, así que te quedan unas cinco horas para que puedas juntar lo tuyo. Vas pensando en “aquellita” cuando te aborda un chamaco. Lo ves que se apoltrona en el asiento trasero: debe tener unos veinte años. Lo que no sabes es que está armado. Te pone la escuadra en la cabeza, ordena que le entregues el dinero, te quita el celular y las llaves del taxi, y antes de dejar tu taxi arranca el radio y se lo lleva. Huye, te orinas de miedo pero nada puedes hacer más que empezar a caminar y conseguir prestado un celular para avisarle a tu patrón que otra vez te asaltaron. Antes hablas al 911. La operadora te pregunta para dónde y en qué se fue el asaltante. Contestas encabronado: “No sé, creo que rumbo a Temixco en un taxi que pasó a recogerlo”. Ya quieres irte a tu a casa pero no puedes; tu mal día no ha terminado aún. Después de telefonearle a tu patrón deberás subir a la Fiscalía para presentar la denuncia, y será hasta la madrugada cuando por fin puedas llegas a tu hogar, dulce hogar. A la mañana siguiente, de nueva cuenta lo mismo. Los ves, no fallan, como siempre apostados en la glorieta de la avenida Palmira, arriba de la cuesta del internado. También en Gobernadores, a pocos metros de la salida al Paso Exprés donde pusieron la estatua de Zapata que, como la de Buenavista, no se ve; en otros puntos de la ciudad y en los andenes del mercado Adolfo López Mateos. Son los policías de tránsito con sus patrullas y motocicletas. Vigilan el tráfico, detectan vehículos sospechosos, hacen su trabajo. Eso parece, pero paran preferentemente a vehículos modestos, de modelos atrasados, carros sedán y camionetas pick up o de pasajeros. Observas a los automovilistas documentos en mano, hablando con los patrulleros y/o motociclistas, alegando, manoteando, discutiendo, suplicando. Nada que sea nuevo, siempre ha sido así. El secreto a voces es aderezado por los ruidos de la ciudad: automovilistas tocando desaforados el claxon, comerciantes ambulantes que venden a gritos en la calle Guerrero, el grupo de taxistas reunido, ufanándose de que cuando quieran y en donde quieran pueden bloquear el tráfico de Cuernavaca, igual que sus colegas de CDMX… (Me leen después).

 

José Manuel Pérez Durán
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