¿Cuántas casas hay en Cuernavaca en terrenos de ejidales y comunales cuyos propietarios no pagan el impuesto predial? Muchísimas. ¿Y cuántas construcciones en la misma situación? Propiedades que han sido ocultas a la acción fiscal, según el eufemismo de un comunicado del Ayuntamiento que advierte 23 mil 720 casos. Más claramente dicho, una evasión fiscal de varios cientos de millones de pesos, ¿recuperables cuántos habida cuenta la cultura de no pago y no obstante el ofrecimiento de descuentos de años pasados a quienes apoquinen lo correspondiente al año en curso? Dicho llanamente, viviendas totales, ampliaciones, segundos pisos, albercas, etc., detectadas por la Dirección del Catastro.
Pero hay otra situación. Los chillidos de las ratas traspasan las paredes. Son miles, y para que el sol se asome deberán pasar todavía horas. Los roedores deambulan por entre las butacas destartaladas, caminan sobre la alfombra deshilachada, compiten por comida, recorren la sala de abajo y la parte de arriba del cine que hace años permanece abandonado en la calle Ávila Camacho. Un rayito de luz que se cuela por un resquicio de la pared rompe la oscuridad de la madrugada. ¿Asustan ahí? ¿Existen fantasmas en el sitio tétrico? ¿Hay vecinos del rumbo que han escuchado voces del más allá? En Cuernavaca subsisten varias propiedades abandonadas, como esta del cine que se llamaba igual que nuestra ciudad, arriba de la Carolina, y el cinema Las Palmas, al que su dueño le puso el nombre de Gloria Almada, la esposa del gobernador Armando León Bejarano, a una cuadra de la glorieta del Niño Artillero.
Además de estos cines que fueron fundados en el segundo tercio de los setenta y pocos años después dejaron de funcionar, está el predio del que fuera el hotel Xochiquetzal, ruinoso, peligroso, cayéndose materialmente a pedazos, abandonado hace varias décadas. Va de la calle Leyva al boulevard Juárez, bordeando la cuesta de Abasolo, y mide como una hectárea. Desde afuera no se ve la alberca, y si la hay el agua debe ser fétida. Tampoco es visible el jardín, invadida de yerba seca la colina que desciende del área de habitaciones al portón del boulevard. El muro descarapelado por el lado de Leyva revela restos de una construcción de adobe. ¿También ahí hay fantasmas que asustan o sólo es un refugio de vagabundos que se pasan de vivos?
Cuatro décadas atrás, justo en el punto donde termina la avenida Humboldt y arranca la calle Rufino Tamayo hubo una discoteca. “Sandi, se llamó. Su inauguración fue un acontecimiento en la vida nocturna de aquel entonces, adornado el acto del corte del listón por la belleza de la actriz Claudia Islas y concurrido el evento por el jet set tlahuica. Pero “no pegó”, así que poco tiempo después cerró. De aquella casona construida en dos niveles se decía era propiedad de una viejecita que moriría pocos años más tarde. Intestada y aparentemente sin parientes que la heredaran, fue habitada por una amiga de la anciana y su flamante esposo con quien un mal día discutió y le metió un tiro, matándolo. Cayó entonces sobre la quinta del muro alto y la privada empedrada una suerte de leyenda de terror que borró el paso del tiempo. Estuvo abandonada hasta 1994, cuando el Gobierno Estatal la rescató. Hasta el día de hoy, desde la calle se ve aparentemente deshabitada, pero valiosa no por la calidad y la edad de la construcción sino por las dimensiones del terreno y su ubicación. Si de esta quinta no se apoderó la mafia inmobiliaria de abogados transas y notarios corruptos, se encuentra en la lista de casas y terrenos que componen la reserva territorial del Gobierno del Estado. Repito la pregunta que hice en otra entrega: ¿Puede el Ayuntamiento que encabeza José Luis Urióstegui Salgado recuperar para la ciudad las citadas y más propiedades que permanecen olvidadas y darles un uso de beneficio social?... (Me leen después).

José Manuel Pérez Durán/jmperezduran@hotmail.com 


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