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CUERNAVACA, MORELOS.- En el pasado, llegar a Cuernavaca debe haber sido un espectáculo espléndido, el aire limpio permitía ver a lo lejos el tranquilo caserío con sus rojos tejados; en diferentes puntos de la ciudad sobresalían las cúpulas de las iglesias con sus campanarios, destacando la iglesia de la Asunción (hoy Catedral) y grandes laureles de la india, palmeras, guayabos, zapotes, cajinicuiles y otros árboles frutales completaban el paisaje.


Sin embargo, a partir de 1945 la fisonomía de la ciudad comenzó a cambiar, ya que en la esquina de Morelos con Degollado se inició la construcción de un edificio de once pisos, que sería por muchos años el edificio más alto de la ciudad, el Hotel “Casa Latinoamericana”, que cubriría la creciente demanda de servicios turísticos de la época. El terreno en que se construyó, antes de la Revolución, había sido ocupado por la Iglesia Evangelista Presbiteriana y al término del movimiento armado fue un cuartel militar, el cual tuvo que ser demolido para dar paso a dicho hotel.

La compañía La Latinoamericana, Seguros de Vida, S. A., fundada el 30 de abril de 1906 construyó el edificio. Estaba integrada por destacados empresarios mexicanos como: José A. Escandón, Presidente del Consejo; Don Ricardo Irzébal, Gerente General, Miguel S. Macedo, y Teodoro Amerlinck.

“La Latino”, como le llamamos los cuernavacences, fue diseñada y edificada por el Departamento de Ingeniería de esa compañía de Seguros, integrado por importantes arquitectos como Augusto H. Álvarez, Alfonso González Paullada , el ingeniero Eduardo Espinosa y el doctor Leonardo Zeevaert Wiechers, mismos que en 1948 iniciaron la construcción de la Torre Latinoamericana en la esquina de Madero y San Juan de Letrán, en la Ciudad de México.

El Hotel Latinoamericana abrió sus puertas en 1949 y contaba con 52 suites, las más grandes y lujosas se llamaban Miravalle, Poza Azul y Huitzilac, esta última nombrada así porque desde sus ventanas se podía observar dicha población. Asimismo, contaba con amplios jardines, alberca, salón de eventos, billares y dos mesas de boliche, de esas en las que los jugadores tenían que echar un volado para ver a quién le tocaba colocarse detrás del muro de los pinos, pues cuando caían, alguien tenía que levantarlos con las manos y regresar la bola por un canal para que el tirador continuara su juego.
El edificio contaba con dos elevadores, por donde se podía subir a los diferentes pisos, especialmente en la parte alta en donde existía un mirador en el que se podía disfrutar de una magnífica vista de la ciudad. El piso siguiente era para un equipo de transmisión de radio y en el techo se encontraba la antena de la misma estación.

El señor Renato Ménez Ramírez, empleado de ese inmueble desde 1958, me comentó que a este hotel llegaron a hospedarse importantes personalidades del medio artístico como “Cuco” Sánchez, Irma Dorantes, Sara García, Lucha Moreno y José Juan, “Borolas”, “Pompín” y Nacho, Carlos Amador, etc. y en los años setentas se realizaban alegres tardeadas con artistas como José José, Guadalupe y Viola Trigo.
En 1982, el hotel tuvo que cerrar sus puertas debido a problemas financieros y entre 1983 y 1984 se realizó una remodelación para convertirlo en departamentos en condominio de dos y tres recámaras, y se agregó una cancha de tenis y dos de squash. Fue la Inmobiliaria Keops Ribalba Construcciones la que se encargó de dicha remodelación y en 1985 realizó la venta de los primeros departamentos.

Este edificio formó parte del paisaje urbano de Cuernavaca por más de 78 años, desgraciadamente el sismo que sacudió a Morelos de magnitud 7.1 del pasado 19 de septiembre con epicentro en Axochiapan derribó la antena de radio que se ubicaba en la parte superior, llevándose consigo el mirador de la Latinoamericana y los pisos superiores, cayendo éstos sobre una ruta que pasaba por la calle de Santos Degollado, provocando el deceso de un joven. El edificio tuvo que ser evacuado por temor a que se colapsara totalmente y quizás tendrá que ser demolido, con lo que terminará la historia de este emblemático inmueble.

Por: VALENTÍN LÓPEZ G. ARANDA
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