Sí, ya sé que el tema de moda es la tal Wendy y la Casa de los Babosos. Qué se le va a hacer, es lo que hay; es el testimonio bizarro que confirma la decadencia irremediable de la televisión. Yo sólo lamento que no haya una buena historia detrás; que los medios sigan vendiéndonos contenido chatarra sin ningún tipo de inspiración y que algunas libertades, tan difíciles de conseguir, se prostituyan como mercancía. Nada que ver con otro tipo de historias más interesantes, por ejemplo la mía. Ustedes juzguen: De jovencito me enamoré de la Bella Holly. Desde entonces me gustaba mucho el cine y el glamour de las muñecas de Hollywood con su oropel soberbio de la fábrica de sueños que consumíamos ávidamente en aquellos años cándidos. Holly era la estrella del espectáculo.

El de la pantalla y, sobre todo, el del sala repleta de chamacos que asistíamos a la cita amorosa con una trapecista hermosa y fuera de serie. No sé cuántas veces vi la película, pero la obsesión por Holly era un acicate para mi imaginación, aunque tristemente no para mis hormonas. En las noches pensaba dónde estaría ella, qué estaría haciendo y dónde dormiría; cómo serían sus mañanas, sus ratos de diversión, los pasatiempos y las travesuras de su intimidad; a qué horas comería, qué comería y con quién; en qué momento ensayaría sus rutinas de muñeca de cajita musical y sus acrobacias de luminaria del trapecio. Cómo sería su relación con Dios; a qué santo se encomendaría en cada función. El Espectáculo más Grande del Mundo, la estupenda película que protagonizó Charlton Heston y Betty Hutton -como la espectacular Holly-, estuvo mucho tiempo en cartelera. Su trama sobre los dramas de la vida en un circo ofrecía una mirada diferente sobre los héroes del espectáculo y sus contradicciones.

Lo perfecto como ilusión de un universo envidiable, parte de un mundo fantástico para la mayoría de la gente como nosotros, simples mortales. Lo imperfecto en el roce arrogante de la cotidianidad entre artistas, la mala voluntad, el celo profesional, las luchas del ego, la preparación exhaustiva de las funciones, las giras agotadoras y el peligro de muerte acechando en las acrobacias. La paradoja era digna del mundillo circense y del cine: la vida real es un ensayo doloroso con escasos aplausos y glamur. La función es la culminación de un idilio con la vida que soñamos. Aunque en la película se rompe el encanto en la fragilidad de esos seres excepcionales, la moraleja es clara: sólo con fantasía aspiramos a lo perfecto. De todas las veces que vi la historia siempre salí del cine un poco más enamorado de Holly. Me parecía espectacular, invencible. Holly acróbata elegante; Holly insólita e inmortal, Holly hermosa y digna. Holly etérea y mía.

Me obsesioné con ella de tal manera que fui siguiendo el tour de la película por diferentes ciudades. Para mí era una certeza que ella estaría ahí. Por eso decidí buscar cómo ganar dinero para unirme a la gira del Espectáculo Más Grande del Mundo por las ciudades cercanas a la mía. Llegué hasta el DF. Me subía a cantar a los autobuses urbanos y, aunque a veces recolectaba poco, logré juntar suficiente dinero para iniciar mi camino tras Holly. Algunos trayectos los hice de raid, con traileros, otros de polizón en el tren y algunos más en autobuses de tercera. Así, sin conocer las ciudades, preguntando llegaba al cine y veía las tres funciones de la película. Muchas veces me quedé dormido del cansancio por tanto trajín de los viajes. Sólo tenía 13 años pero estaba muy hecho a la calle, así que no me asustó viajar solo y dormir en parques públicos. Vivía con mi abuela, pero le dije que iría a pasar unos días con mi mamá en Veracruz y ella me creyó.

Esa gira cambió mi vida, pero eso sólo lo pude entender varios años después. En medio hubo mucha hambre, desprecio y soledad. Hoy lo valoro porque gracias a eso descubrí mi verdadero yo, aunque fueron varios años del peor destierro: el de la autoaceptación. También fueron años de preguntas sin responder. ¿Quién le explica a un jovencito ese conflicto con el espejo y las dudas sobre el ser? Hoy es fácil ser todo lo que uno quiera, pero antes había muchos prejuicios, intolerancia y poca información. Eso sí, antes como hoy, todo mundo juzga pero nadie da un consejo o ayuda a conseguir para comer. Desde entonces aprendí que lo que más hay en el mundo son malos ejemplos y de ellos me valí para sobrevivir. Muy joven dejé mi casa y me labré un camino propio. Mi abuela me despreció cuando supo de mis ‘malos pasos’; mi mamá fue comprensiva y me dio algunas recomendaciones (a ser discreto sobre todo), pero se lavó las manos. Ella ya tenía su vida hecha y otros hijos que atender. No la juzgo, sé que su vida tampoco fue nada fácil. Mi hermano mayor se burló de mí. -Siempre sospeché que ibas a ser joto-, me dijo el muy cabrón. Dos amigos del barrio me madrearon y se encargaron de volverme famoso y repudiado. Por eso me fui de la casa y de esa ciudad de gente espantada y tomé el ejemplo de Holly de luchar contra la adversidad. Ella es lo único realmente cierto en mi vida. Por ella me puse ese nombre artístico que me dio tantas satisfacciones. Me regresé al DF y anduve probando oficios, todos indignos y mal pagados, hasta que un día la suerte me vomitó, -como la ballenas a Jonás- en la redacción de un periódico local donde me dieron la oportunidad de ser aprendiz de reportero de la fuente policiaca. Claro, primero fui office boy, mandadero y chalán de todos. Trabajé muy duro. A los 23 años decidí probar suerte con algo que me latía mucho desde siempre y que en una ciudad tan grande, con tantas libertades y espacios para poder ser, era muy fácil de lograr. Hice debutar a mi personaje de la Bella Holly en un antro que tenía show travesti. Recuerdo que el día que debuté las compañeras estuvieron moliendo con ideas para mi nombre. Una me sugirió Priscilla, pues en esos años estaba de moda la película de Hugo Weaving; otra propuso Salomé, que es muy manoseado en el medio; una más me quiso endilgar Bárbara, que porque según ella yo era una Barbie… las mandé al cuerno a todas.

Yo ya había decidido que desde esa noche sería Holly. Fue hermosa mi primera llamada a escena -aunque yo estaba hecho un manojo de nervios-: ¡A la pista Holly, la bella del trapecio!, anunció el maestro de ceremonias que se equivocó con el nombre, y ahí voy yo con mi espectacular vestuario de terciopelo azul y hermosa pedrería, descendiendo lentamente de un trapecio con la luz de los reflectores siguiéndome, creando entre el público una tensión mágica que nunca voy a olvidar. Digo, la idea era hacer una representación digna y circense en toda forma, por Holly, por mí y por el inicio de mi carrera. Esa noche canté con tanta pasión que los aplausos y las propinas de los clientes fueron muy generosos. Mis compañeras se pusieron de envidiosas a pitorrearse de mi show: ¡El espectáculo más chafa del mundo!, gritaban histéricas en el camerino pero yo bien que escuchaba. Qué culpa tenía yo de que ellas sólo hicieran el ridículo con su fonomímica cursi y los vestidos corrientes que no disimulaban las panzas cheleras. Yo siempre he cantado bonito y respeto mucho a mi público por eso invierto en la producción de cada una de mis temporadas. Estudié actuación, canto y rutinas de acrobacia pues el personaje de Holly lo requiere. Ella fue mi amuleto y me dio una vida plena ejerciendo mi yo más puro. Fueron muchos años, muchos shows, muchas acrobacias de las buenas y las no tan buenas, pero fui y soy muy feliz. A quien alguna vez me preguntó si me hubiera gustado ser mujer, le contesté que no. Que me acepto como soy, que mi corazón y mi alma son femeninos y con eso me basta. La felicidad también es un asunto de valentía y sobre todo clase. Hay que ser muy hombre para entenderlo. Hoy ya estoy retirado, tengo 62 años, muy poco glamour y ya nada que ofrecerle a mis fans adorados. Me agoté por ellos. Es lo que Holly habría hecho, pero lo que yo hago por ella es honrarla hasta mi muerte. No tengo derecho a arrastrar su bello legado con mi cuerpo deforme y macerado o mi voz gastada y tan de hombre. Estoy en esa fase de la película en la que sólo puedo ver el ensayo y aportar mis consejos y recuerdos si a alguien le sirven. Espero el final, los créditos y el aplauso del público. Agradezco este tiempo que permite tantas libertades, pero a la vez reprocho la simpleza de algunos espíritus que hacen fama basada en las vulgaridades y el exhibicionismo. Como esa tal Wendy que trae loco a medio mundo con su reality de porquería. Afortunadamente, para las millones de Wendys famosas, vulgares e intrascendentes que ahora pululan, hay sólo una Bella Holly. Y soy yo.

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