Corrían los años cincuenta, la todavía provinciana ciudad de Cuernavaca se situaba entre las barrancas de Amanalco y la de Analco, y entre El Calvario y Las Palmas, en ese espacio de cuatro calles de ancho por una docena de largo se desarrollaba la vida social, política y económica de la población, ya estaba la nueva colonia El Miraval, y apenas surgían otras y algunos fraccionamientos; los pueblos de Tlaltenango, Chipitlán, San Antón y Acapantzingo quedaban fuera de la mancha urbana. En unas cuadras alrededor del Zócalo había tres cines, dos mercados, los comercios estaban concentrados en calles de Guerrero y Matamoros, varios sanatorios y hospitales en Avenida Morelos; los hoteles, cantinas y restaurantes eran atendidos con amabilidad por migrantes españoles. Los señores de edad usaban elegantes sombreros que de manera cortés se quitaban e inclinaban para saludar a las señoras. Había finas sombrererías como la de Matamoros casi esquina con Arista; boticas y droguerías donde se preparaban las medicinas al momento; alpargaterías, forrajerías como la de La Rinconada que estaba en la trunca calle Lerdo de Tejada -esquina con Comonfort- cuando todavía no tenía salida a la Avenida Morelos, era propiedad de los Sedano una de las familias más antiguas de Cuernavaca, como los Güemes y los Lavín. 

La Flor del Maizal era la mejor pozolería, estaba en un estanquillo de lámina con bancas corridas al frente y a los lados, ubicada a media calle de Zarco entonces empedrada frente a donde ahora está una universidad.

Por todas las calles se veían comerciantes con sus jumentos cargando leña, carbón, leche, pulque, y otros de a pie ofreciendo de puerta en puerta y a gritos productos lácteos, aves de corral, de ornato y canoras; no faltaba el zapatero remendón; el afilador con su organillo; el del bote con ruleta en la tapa colgado al hombro con una cinta de cuero anunciando con un triángulo de percusión sus delgados barquillos de harina y miel, el panadero con su gran canasto a modo de sombrero haciendo equilibrio en su bicicleta con una mano, y en la otra la base de tijera para poner el canasto para despachar, y los domingos el globero. 

Algunas calles del centro, como Galeana al sur de Cuauhtemotzin y Netzahualcóyotl al sur de Motolinía eran todavía de terracería y cuando llovía olían a tierra mojada; la calle de Zarco estaba empedrada, la mayoría estaban más torcidas que ahora por tener origen en veredas prehispánicas, que algunas autoridades se empeñaron en medio alinear. Buena parte de las calles del centro fueron pavimentadas en esa década, y los empedrados que marcaron una época romántica quedaron bajo concreto. 

Acequias -prehispánicas y coloniales- corrían a lo largo de calles bajo las banquetas, todavía llevaban agua cristalina para regar las huertas traseras de las casas. 

De Las Palmas hacia el sur, y la hoy Avenida Palmira eran angostas carreteras rurales; la actual Plan de Ayala era el viejo e intransitable camino a Cuautla. La estación del ferrocarril estaba en su apogeo, en toda la ciudad se escuchaba el silbato del tren que anunciaba su llegada y salida, lo mismo que la fábrica de Textiles y las campanas de Catedral llamando a misa. Desde la madrugada la estación del tren era una romería, a donde llegaba y salía carga de todo tipo, semillas, abarrotes, ganado mayor, menor, de corral, y pasajeros, principalmente de la Ciudad de México, y de cualquier parte del país hasta Iguala y Balsas, y así era diariamente, incluso llegaban vagones con mercancías desde Estados Unidos. 

El cielo de Cuernavaca, esplendorosamente azul era de admirarse, como lo sigue siendo, tres décadas atrás también lo había dicho en sus espléndidas narraciones el diplomático y poeta Miguel Alessio Robles, el paisaje era transparente, se apreciaban las escarpadas montañas de Tepoztlán hasta los volcanes.

Los alumnos de primaria íbamos caminando solos a las escuelas, “La Colón” estaba en calle de Salazar, donde nos daba clases en tercero de primaria el insigne y querido maestro Estanislao Rojas Zúñiga quién todavía amenazaba e imponía orden con la temida y delgada vara de membrillo, él, nos narraba que el túnel que estaba afuera de ese salón era para defensa de los tlahuicas, después usado por  los colonizadores, que pasando por el Palacio de Cortés llegaba a la Plazuela del Zacate y terminaba en la Catedral con diversos ramales entradas y salidas. En la Escuela Evolución nos educaba con mano dura mi entrañable maestro Agustín Güemes Celis, ambos habían sido maestros de mi padre. En aquel entonces los jefes de familia aceptaban los castigos a sus hijos y hasta los ampliaban; ambos mentores eran vecinos en la última calle “de” Guerrero. El maestro Güemes nos decía que esa calle originalmente se le llamó así por los comerciantes del vecino estado que desde el siglo anterior llegaban ahí a vender sus productos, aunque posteriormente se oficializó con el nombre del héroe Independentista. Y que la todavía empedrada calle de “Las Casas” no tenía ese nombre por fray Bartolomé, sino por estar ahí ubicadas las casas de mala nota.

Fueron otros tiempos 

¡Hasta la próxima!

Por: Carlos Lavín Figueroa / carlos_lavin_mx@yahoo.com.mx

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